FEROCES CRÍTICAS a Letizia Ortiz y Felipe por la NUEVA PROHIBICIÓN y POLÉMICA DECISIÓN por Sofía.

El arranque del nuevo año ha vuelto a situar a la Casa Real en el centro de la polémica. Esta vez no por un gesto institucional, ni por un discurso, ni siquiera por una controversia política directa, sino por una ausencia que muchos consideran tan significativa como ruidosa: la de la infanta Sofía en el primer gran acto oficial del calendario, la tradicional Pascua Militar del 6 de enero.
Un detalle que, lejos de pasar desapercibido, ha desatado un intenso debate social, mediático y digital sobre el papel que los Reyes están construyendo para su hija menor y sobre el modelo de monarquía que Felipe VI y la reina Letizia dicen querer impulsar.
La agenda oficial difundida por Casa Real fue clara. En la Pascua Militar estarán presentes el rey, la reina y la princesa Leonor.
Sofía no aparece. No es una omisión menor. Se trata del primer acto institucional relevante del año, uno de los más simbólicos del calendario y, además, un evento que tradicionalmente refuerza la imagen de continuidad del Estado y de la Corona como jefatura suprema de las Fuerzas Armadas.
Precisamente por eso, la ausencia de la infanta ha generado sorpresa, incomodidad y, en algunos sectores, un profundo malestar.
Desde hace tiempo, la figura de Sofía despierta una simpatía especial entre buena parte de la opinión pública.
Su perfil más discreto, su naturalidad y la sensación de que ocupa un segundo plano forzado han hecho que muchos ciudadanos la perciban como la “gran olvidada” de la familia real.
Esta percepción no surge de la nada. Se ha ido construyendo con el paso de los años, a base de ausencias reiteradas, escasa visibilidad institucional y decisiones estratégicas que siempre parecen favorecer el protagonismo exclusivo de Leonor.
La Pascua Militar no es un acto cualquiera. Marca simbólicamente el inicio del curso institucional de la Corona y del Gobierno.
Es una ceremonia de alto contenido castrense, sí, pero también político e histórico. La presencia de la princesa heredera es lógica y coherente con su formación militar.
Sin embargo, la exclusión total de Sofía plantea preguntas incómodas. ¿Se la está apartando deliberadamente del foco institucional? ¿Se busca evitar cualquier sombra que pueda restar protagonismo a Leonor? ¿O estamos ante una estrategia de fondo para definir un papel secundario, casi decorativo, para la segunda en la línea de sucesión?
Casa Real ha explicado en otras ocasiones que Sofía está centrada en su formación académica y que su prioridad es completar sus estudios universitarios en Portugal.
Esta versión oficial se apoya en un argumento que, sobre el papel, parece razonable: proteger su desarrollo personal y garantizarle una vida lo más normal posible.
Pero esa explicación empieza a resquebrajarse cuando se analizan los hechos con calma.
Portugal fue elegido, según se filtró entonces, precisamente por su cercanía a España, lo que permitiría a la infanta desplazarse con facilidad para asistir a actos institucionales relevantes. Hoy, ese argumento pierde fuerza.
El debate se intensifica cuando se recuerda que Sofía ya ha cumplido la mayoría de edad.
Muchos ciudadanos esperaban que, a partir de ese momento, su presencia institucional aumentara progresivamente, al menos en los actos más importantes.
No se trataba de convertirla en protagonista, sino de integrarla con naturalidad en una imagen de unidad familiar que la propia Casa Real ha defendido como uno de los pilares de la “nueva monarquía”. Sin embargo, la realidad va por otro camino.
La comparación con el pasado es inevitable. Durante décadas, Juan Carlos I y la reina Sofía ofrecieron una imagen de cercanía y accesibilidad que hoy muchos echan de menos.
No se trataba solo de presencia física, sino de una sensación de conexión con la ciudadanía.
Felipe VI y Letizia han prometido modernizar la institución, hacerla más transparente y adaptarla a los nuevos tiempos.
Pero decisiones como esta alimentan la idea contraria: una monarquía cada vez más cerrada, calculada al milímetro y distante.
La controversia no se limita al plano emocional. También tiene una dimensión institucional de peso.
Sofía es la segunda en la línea de sucesión. Aunque no esté destinada a reinar en condiciones normales, la Constitución es clara: si algo le ocurriera a la princesa Leonor, ella sería la futura reina de España.
Este simple hecho convierte su formación y su preparación en un asunto de Estado.
Y aquí surge otra gran pregunta que divide opiniones: ¿debería recibir formación militar? ¿Debería participar en actos castrenses como la Pascua Militar?
Mientras Leonor avanza en su formación en los tres ejércitos, Sofía queda al margen de cualquier preparación de este tipo.
Hay quien defiende esta diferencia como una elección lógica y adaptada a los tiempos.
Otros, en cambio, la consideran una incongruencia peligrosa. Si Sofía puede llegar a ser jefa suprema de las Fuerzas Armadas en un escenario extremo, ¿no debería al menos familiarizarse con ese ámbito? No se trata de convertirla en militar, sino de ofrecerle las herramientas básicas para asumir, llegado el caso, un rol para el que hoy no parece prepararse.
La incoherencia se acentúa cuando se recuerda que Sofía ha acudido durante años al desfile del 12 de octubre, otro acto de fuerte carga militar.
Si el objetivo es desvincularla del mundo castrense, ¿por qué mantener esa presencia? Y si, por el contrario, se acepta que forme parte de esos eventos, ¿por qué excluirla de la Pascua Militar? La falta de un criterio claro es lo que más desconcierta y alimenta las críticas.
A todo esto se suma el desgaste de la imagen de unidad familiar. Felipe y Letizia han insistido en que quieren presentar a sus hijas como un equipo, como dos jóvenes unidas que representan el futuro de la Corona.
Pero esa imagen se diluye cuando una aparece de forma constante y la otra desaparece de los actos clave. La unidad no se proclama, se construye. Y cada ausencia injustificada erosiona ese relato.
En redes sociales, el debate es intenso. Muchos usuarios expresan su frustración y su sensación de que Sofía está siendo relegada injustamente.
Otros apuntan directamente a la reina Letizia, a quien acusan de controlar en exceso la imagen pública de la familia y de no tolerar protagonismos que no estén estrictamente medidos.
Son opiniones, sí, pero reflejan un clima de desconfianza que no debería ignorarse.
La Casa Real atraviesa un momento delicado. Aunque la figura de Felipe VI mantiene niveles de aprobación razonables, la institución en su conjunto sigue bajo una lupa constante.
Cada decisión, cada gesto, cada ausencia se analiza al detalle. En ese contexto, apartar a Sofía del primer acto institucional del año no es un simple ajuste de agenda: es un mensaje. Y los mensajes, en política y en monarquía, importan.
La pregunta de fondo es clara: ¿qué papel quiere la Corona para la infanta Sofía? ¿El de una figura secundaria, casi invisible, o el de un apoyo institucional real, preparado y visible? Mantenerla en un limbo permanente no parece una estrategia sostenible a largo plazo.
Ni para la institución, ni para la percepción ciudadana, ni para la propia Sofía, que crece bajo el peso de decisiones que no controla.
La polémica de la Pascua Militar no se apagará fácilmente. Al contrario, es probable que marque el tono del debate monárquico en los próximos meses.
Porque no habla solo de una ausencia, sino de un modelo de futuro. De cómo se gestiona la sucesión, de cómo se construye la confianza y de hasta qué punto la Corona escucha —o ignora— a la sociedad a la que dice servir.
Quizá aún haya margen para rectificar, para explicar con claridad, para integrar a Sofía de una forma coherente y respetuosa con su papel constitucional.
Pero el silencio y la reiteración de decisiones incomprendidas solo alimentan la sensación de desconexión.
Y en una institución que vive, en gran medida, de la legitimidad simbólica, esa desconexión puede resultar mucho más peligrosa que cualquier crítica puntual.
La reacción ciudadana es una señal. Ignorarla sería un error. Porque la monarquía del siglo XXI no se sostiene solo con protocolos, sino con empatía, coherencia y una narrativa creíble.
Y hoy, para muchos, la historia que se está contando sobre la infanta Sofía no termina de cuadrar.
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