Menuda Jeta!” Marc Giró CRITICA duramente al independentismo y lo compara con la ultraderecha.

 

 

 

 

 

La ironía volvió a ser anoche la herramienta principal de Mar Giró para poner frente al espejo a una parte de la sociedad española que rara vez se reconoce en su propio reflejo.

 

El estreno de su nuevo Late Show no fue un simple monólogo de entretenimiento, sino una disección afilada del momento político y cultural que atraviesa el país.

 

Con humor, pero también con una claridad incómoda, el presentador catalán conectó puntos que muchos prefieren mantener separados: el nacionalismo español más radical y el independentismo catalán que ha girado hacia posiciones ultras.

 

 

Desde los primeros minutos, Giró marcó el tono. No habló desde la equidistancia ni desde la corrección calculada.

 

Habló desde la sorna, desde esa ironía que no busca agradar, sino incomodar. Su tesis fue tan simple como demoledora: los discursos que durante años parecían irreconciliables hoy empiezan a encontrarse en un terreno común que ya no tiene que ver ni con España ni con Cataluña, sino con el poder, el negocio político y la exclusión del otro.

 

 

El presentador puso palabras a una sensación que muchos espectadores llevan tiempo percibiendo, pero que pocas veces se verbaliza en prime time. Durante años, los bloques se definieron por la confrontación identitaria.

 

 

Unos gritaban “España” como si les fuera la vida en ello. Otros elevaban “Cataluña” a una categoría casi mística.

 

Ambos bandos se necesitaban mutuamente para existir. El adversario daba sentido al discurso propio. Sin enemigo, no había relato.

 

 

Pero algo ha cambiado. Giró lo explicó con una frase que resonó en redes sociales durante horas: ahora resulta que están a partir un piñón.

 

La exageración humorística escondía una verdad incómoda.

 

Parte del nacionalismo español más duro ya no ve con tan malos ojos a ciertos independentistas catalanes, siempre y cuando compartan una misma visión del mundo: ultraderecha, rechazo a la inmigración, miedo al diferente y una idea de la nación entendida como trinchera.

 

 

El monólogo apuntó directamente a esa convergencia silenciosa.

 

No es una alianza formal, ni un pacto firmado, pero sí una coincidencia ideológica cada vez más evidente.

 

Cuando la identidad territorial deja de ser rentable electoralmente, se sustituye por otro pegamento más eficaz: el racismo, la exclusión y la búsqueda constante de un enemigo común que no sea “los nuestros”.

 

 

Giró fue más allá del análisis político y llevó el discurso al terreno emocional. Confesó, con humor y honestidad, cómo durante años se sintió fuera de lugar.

 

Ni suficientemente catalán para unos, ni suficientemente español para otros.

 

Esa sensación de no dar la talla identitaria es compartida por millones de personas que viven su identidad de forma natural, sin necesidad de gritarla ni convertirla en arma arrojadiza.

 

 

El presentador verbalizó una pregunta que muchos se han hecho en silencio: ¿qué me pasa a mí, que no siento esa pasión desbordada? ¿Soy menos por no vivir la identidad como una religión? La respuesta que se dio a sí mismo fue contundente y liberadora: no.

 

El problema no estaba en él, sino en la impostura de quienes convertían el nacionalismo en un espectáculo permanente.

 

 

Aquí es donde el monólogo dejó de ser solo sátira y se convirtió en una crítica profunda al uso político de las emociones.

 

Giró definió ese proceso con una palabra que conectó de inmediato: no era nacionalismo, era truanismo.

 

Una forma de entender la política como un negocio personal, un chiringuito donde la bandera es solo un decorado y el objetivo real es el poder.

 

 

La frase no fue gratuita. Durante la última década, tanto en Cataluña como en el resto de España, se han sucedido ejemplos de líderes que elevaron el conflicto identitario mientras gestionaban mal, prometían imposibles o tapaban contradicciones internas.

 

El choque permanente distrae, polariza y fideliza, pero también oculta intereses menos nobles.

 

 

Giró señaló que, cuando el odio mutuo dejó de ser rentable, se buscó un nuevo adversario.

 

Ya no eran los catalanes contra los españoles o viceversa. Ahora el enemigo es “el resto”.

 

Los migrantes, las minorías, los que no encajan en una idea estrecha de nación.

 

La humanidad, en palabras del presentador, se convierte en el nuevo objetivo a batir.

 

 

Este giro no es exclusivo de España. Forma parte de una tendencia global documentada por numerosos estudios y analistas políticos.

 

Cuando los discursos identitarios clásicos se agotan, la ultraderecha amplía el foco del conflicto.

 

El “nosotros contra ellos” se redefine para seguir generando miedo y cohesión interna.

 

Giró lo expuso sin academicismos, pero con una lucidez que conecta con informes y análisis publicados por medios y organismos internacionales.

 

 

El monólogo también funcionó como advertencia. Si hoy la inmigración es el eje del discurso, mañana será otra cosa.

 

Cuando deje de dar réditos electorales, se buscará una nueva bulla, un nuevo conflicto con el que seguir engañando a la audiencia.

 

La lógica es siempre la misma: mantener a la gente enfadada, asustada o indignada para evitar que mire hacia arriba.

 

 

En ese sentido, el programa no solo apeló al espectador como ciudadano, sino como consumidor de discursos.

 

Giró invitó, sin decirlo explícitamente, a desconfiar de los mensajes simples, de las soluciones mágicas y de quienes prometen identidades puras en un mundo complejo.

 

La risa fue el vehículo, pero el destino era la reflexión.

 

 

La reacción en redes sociales confirmó que el mensaje tocó un nervio sensible. Hubo aplausos, críticas y debates encendidos.

 

Algunos se sintieron interpelados, otros atacados. Esa polarización es, en sí misma, una prueba del acierto del enfoque.

 

El humor incómodo no busca consenso, busca preguntas.

 

 

Desde una perspectiva mediática, el arranque del Late Show de Mar Giró demuestra que aún hay espacio en la televisión pública para contenidos que vayan más allá del entretenimiento vacío.

 

En un contexto de saturación informativa y titulares diseñados para provocar clics, un monólogo así ofrece algo distinto: pausa, ironía y profundidad.

 

 

También plantea una cuestión clave sobre el papel de los comunicadores. Giró no se posiciona como neutral, pero tampoco como militante.

 

Su arma es la observación crítica y la capacidad de señalar contradicciones sin caer en el sermón.

 

Esa combinación conecta especialmente con una audiencia cansada de discursos rígidos y trincheras ideológicas.

 

 

El valor práctico del mensaje es claro. Invita a revisar a quién se apoya, por qué y con qué consecuencias.

 

Invita a no confundir la defensa legítima de una identidad cultural con el uso oportunista de esa identidad para excluir, dividir o enriquecerse políticamente. Invita, en definitiva, a no delegar el pensamiento crítico.

 

 

En un momento en el que el debate público se mueve entre el grito y el silencio, la ironía se convierte en un acto casi subversivo.

 

Reírse del poder, de sus relatos y de sus contradicciones es una forma de resistencia. Mar Giró lo sabe y lo utiliza con precisión quirúrgica.

 

 

Lo que ocurrió anoche en el Late Show no fue solo un monólogo. Fue un diagnóstico del presente y, al mismo tiempo, una advertencia sobre el futuro.

 

Si aceptamos sin cuestionar los relatos que nos venden, seguiremos cambiando de enemigo cada vez que convenga.

 

Si, en cambio, nos detenemos a pensar, quizá dejemos de ser espectadores pasivos del chiringuito ajeno.

 

 

La pregunta final no es si Giró exagera o provoca. La pregunta es por qué lo que dice incomoda tanto.

 

Y esa incomodidad, precisamente, es la prueba de que el espejo funciona.