Consenso demoledor al aparecer Juanma Moreno disfrazado de Baltasar en la cabalgata de Sevilla: “Una provocación”.
No le va a hacer ni pizca de gracia.

Cada 5 de enero, la cabalgata de los Reyes Magos se convierte en uno de los rituales colectivos más poderosos del calendario español.
Es una cita marcada en rojo para millones de niños y familias, una tarde en la que las calles se llenan de luces, música, caramelos y una emoción difícil de explicar con palabras.
Gaspar, Melchor y Baltasar no solo reparten dulces: encarnan la ilusión, la esperanza y la promesa de que, al menos por unas horas, la fantasía puede imponerse a la rutina.
En ciudades como Sevilla, esta tradición adquiere una dimensión especial. No es solo una cabalgata más, es un acontecimiento mediático, cultural y social que moviliza a miles de personas y concentra la atención de todo el país.
Por eso, cualquier detalle se amplifica, cualquier gesto se analiza y cualquier decisión puede convertirse en debate nacional.
Este año, sin embargo, la magia quedó parcialmente eclipsada por una polémica que nadie pasó por alto.
La aparición del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, encarnando al Rey Baltasar, con el rostro pintado de negro, desplazó el foco informativo de los niños a la política.
Lo que debía ser una imagen pensada para transmitir cercanía institucional y compromiso con la tradición acabó generando una oleada de críticas, reproches y discusiones que dominaron las redes sociales durante horas.
Moreno Bonilla no tardó en compartir su experiencia en su perfil oficial de X. “Que la ilusión, la magia y la esperanza lleguen a todos los hogares de Andalucía. Un honor.
Felices por ver que la emoción abarrota las calles de Sevilla”, escribió, acompañando el mensaje con una imagen en la que aparecía caracterizado como Baltasar junto a Melchor y Gaspar.
El tono del mensaje buscaba reforzar la idea de unidad y celebración, pero la reacción pública fue muy distinta a la esperada.
En cuestión de minutos, el debate estalló. Para una parte de la ciudadanía, la imagen del presidente maquillado de negro en pleno 2026 no era una simple tradición, sino un gesto cargado de connotaciones históricas y raciales que ya no tienen cabida en una sociedad que se dice diversa e inclusiva.
El término “blackface” comenzó a repetirse con fuerza, asociado a una práctica que en otros países ha sido ampliamente cuestionada y desterrada del ámbito público.
Una de las críticas más contundentes llegó desde el ámbito político. Juan Antonio Delgado, guardia civil y diputado andaluz de Podemos, fue claro en su mensaje.
Denunció que el gesto normalizaba una representación racista y colonial, y subrayó que no podía justificarse ni como humor ni como tradición.
“En pleno 2026, que un presidente autonómico salga así normaliza un gesto racista y colonial.
No es humor ni tradición, es falta de respeto y legitimación del racismo”, escribió, recibiendo en pocas horas cientos de apoyos y reacciones.
Sus palabras conectaron con un sentimiento que ya se estaba extendiendo entre muchos usuarios: la idea de que las tradiciones no son inmutables y que deben revisarse a la luz de los valores actuales.
Para este sector, el problema no era la cabalgata ni el personaje de Baltasar, sino la insistencia en recurrir a un maquillaje racial cuando existen alternativas respetuosas y coherentes con la realidad social del siglo XXI.
El debate se intensificó aún más con la intervención de Pablo Echenique, físico y exdiputado al Parlamento Europeo por Podemos.
Fiel a su estilo directo, no solo criticó el blackface, sino que vinculó la escena con la gestión política del presidente andaluz.
Según Echenique, la elección no era inocente, sino una maniobra para desviar la atención de problemas estructurales como la sanidad pública.
“Ha decidido hacer el imbécil disfrazándose de Baltasar —con una miaja de racismo, por cierto— para que se hable de esto y así se te olvide que está destrozando la sanidad pública andaluza mientras regala dinero a los ricos”, escribió, generando una nueva ola de reacciones.
La crítica no se quedó ahí. Esperanza Gómez, miembro del Consejo de Coordinación de Sumar y diputada en el Parlamento andaluz, puso el foco en las prioridades del Gobierno autonómico.
Su mensaje fue compartido por muchos como un resumen del malestar social acumulado.
“Sanidad colapsada, dependencia olvidada, vivienda imposible, pero Moreno Bonilla tiene tiempo para disfraces.
Prioridades de un gobierno que vive de la propaganda”, afirmó, conectando la polémica simbólica con problemas muy reales que afectan a miles de familias andaluzas.
A medida que avanzaban las horas, la conversación se volvió más amplia y compleja.
Ya no se trataba solo del maquillaje, sino del uso de un acto infantil y profundamente emocional como la cabalgata para proyectar una imagen política.
Para algunos, la presencia del presidente era un gesto de cercanía. Para otros, una instrumentalización de la ilusión de los niños con fines propagandísticos.
El Partido Popular de Andalucía tampoco escapó al foco. Desde su cuenta oficial, el PP andaluz publicó un mensaje de apoyo a Juanma Moreno celebrando que “su Majestad el Rey Baltasar comienza a repartir ilusión entre los más pequeños en la cabalgata de Sevilla”.
Lejos de calmar las aguas, el tuit avivó aún más la polémica. Muchos usuarios interpretaron el mensaje como una falta de sensibilidad ante las críticas y una defensa cerrada del gesto sin reflexión alguna.
Las respuestas no tardaron en llegar. Una de las más compartidas fue la del usuario @ABSCR2, que ironizó con dureza: “En 2026 pintarle la cara a Moreno Bonilla para que haga de negro solo podía ser idea de los seguidores de Corina Machado”.
El comentario, cargado de sarcasmo, resumía el clima de hartazgo y desconfianza hacia determinadas decisiones políticas.
Mientras tanto, en las calles de Sevilla, la cabalgata seguía su curso. Los niños recogían caramelos, las familias aplaudían y la música acompañaba el desfile.
Para muchos pequeños, la polémica era invisible; para ellos, Baltasar seguía siendo Baltasar.
Sin embargo, el eco de la discusión en redes sociales evidenció una brecha cada vez más difícil de ignorar entre la tradición y la conciencia social contemporánea.
Este episodio reabre un debate que no es nuevo, pero que cada año gana más peso: ¿hasta qué punto las tradiciones pueden mantenerse intactas cuando chocan con valores actuales como la igualdad y el respeto cultural? ¿Es suficiente escudarse en “siempre se ha hecho así” o es necesario adaptar los símbolos para no perpetuar estereotipos dañinos?
En otros puntos de España, muchas cabalgatas han optado en los últimos años por alternativas como la participación de personas racializadas para encarnar a Baltasar sin necesidad de maquillaje.
Estas decisiones, lejos de restar magia, han sido bien recibidas por amplios sectores de la sociedad.
Para los críticos de lo ocurrido en Sevilla, el caso de Moreno Bonilla representa una oportunidad perdida para avanzar en esa dirección.
Al mismo tiempo, la polémica pone sobre la mesa una cuestión incómoda para el poder político: la ciudadanía ya no separa los gestos simbólicos de la gestión diaria.
La imagen del presidente disfrazado se analiza junto a las listas de espera en hospitales, los problemas de acceso a la vivienda o la situación de la dependencia. Todo forma parte de un mismo relato público.
Desde una perspectiva comunicativa, el episodio demuestra cómo un solo gesto puede eclipsar el mensaje que se pretende transmitir.
La intención declarada de repartir ilusión quedó diluida en un debate sobre racismo, propaganda y prioridades políticas.
En términos de imagen, el coste ha sido alto, especialmente entre sectores jóvenes y sensibilizados con las cuestiones de diversidad.
La cabalgata de los Reyes Magos seguirá siendo, sin duda, uno de los momentos más esperados del año.
Pero lo ocurrido en Sevilla deja una enseñanza clara: las tradiciones no viven aisladas de su contexto histórico y social.
Cada decisión, cada representación, envía un mensaje, quiera o no quien la protagoniza.
Para muchos ciudadanos, la polémica no va de prohibir ni de cancelar, sino de reflexionar.
De preguntarse qué valores se quieren transmitir a los niños que hoy miran con los ojos llenos de ilusión y que mañana serán adultos críticos.
De entender que la magia no se pierde cuando se adapta, sino cuando se ignora la realidad de quienes la observan.
Al final, lo que queda es una conversación abierta que va más allá de un disfraz o una cabalgata concreta.
Es el reflejo de una sociedad que exige coherencia, sensibilidad y responsabilidad a quienes ocupan cargos públicos, incluso —o especialmente— cuando participan en los actos más simbólicos y emocionales.
Y es, también, una llamada a repensar cómo se construye la ilusión colectiva en un país diverso, plural y en constante cambio.
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