GÉNOVA EN SHOCK “FILTRAN VIDEO QUE HUNDE A FEIJÓO Y AZNAR” RIDÍCULO INTERNACIONAL DEL PP.

 

 

Bajo el ruido ensordecedor que ha provocado la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y la posterior detención de Nicolás Maduro, la política española ha vuelto a mirarse en un espejo incómodo.

 

No es un reflejo nuevo, pero sí uno especialmente nítido: la dificultad de sostener un discurso coherente cuando la realidad internacional avanza a una velocidad que deja obsoletos los marcos ideológicos tradicionales.

 

En ese contexto, el Partido Popular ha quedado atrapado en una secuencia de acontecimientos que ha expuesto sus contradicciones, sus apuestas fallidas y una evidente falta de sintonía con lo que finalmente ha decidido Washington.

 

 

Durante días, la dirección del PP había apostado de forma clara por María Corina Machado como figura central de una hipotética transición democrática en Venezuela.

 

No era una posición improvisada. Génova llevaba meses alineando su discurso con el de sectores conservadores internacionales que presentaban a Machado como el símbolo de la resistencia democrática frente al chavismo.

 

Alberto Núñez Feijóo había reforzado esa línea con mensajes públicos, declaraciones solemnes y, finalmente, con una carta a la militancia en la que se insistía en que Machado debía liderar el futuro político del país sudamericano.

 

El problema llegó cuando la realidad se desvió del guion.

 

 

Donald Trump, en su comparecencia desde Florida, rompió en segundos el relato que el PP había construido con tanto esmero.

 

Sus palabras fueron directas, casi brutales en su sencillez: María Corina Machado es “una mujer muy agradable”, pero no cuenta “ni con el apoyo ni con el respeto popular”.

 

La frase cayó como una losa en Génova. No solo desautorizaba la apuesta del Partido Popular, sino que evidenciaba algo más profundo: la política exterior de Estados Unidos no estaba guiada por los mismos criterios morales que el PP decía defender, sino por intereses estratégicos muy concretos.

 

 

Ahí empezó el verdadero problema para los populares. Porque durante horas habían celebrado la intervención estadounidense como una “liberación” de Venezuela, agradeciendo explícitamente a Trump su actuación.

 

Feijóo lo hizo en su cuenta de X, hablando de dictadura, de transición democrática y de un futuro sin represión.

 

Pero el propio Trump, apenas unas horas después, dejó claro que su hoja de ruta no pasaba ni por Machado ni por Edmundo González, sino por una negociación pragmática con figuras del chavismo, como Delcy Rodríguez, a quien señaló como pieza clave para una transición controlada.

 

 

La contradicción era imposible de disimular. El PP se encontraba en la extraña posición de aplaudir una intervención militar extranjera y, al mismo tiempo, criticar el resultado político que esa misma intervención había producido.

 

Un ejercicio de funambulismo discursivo que no tardó en ser señalado por analistas, periodistas y adversarios políticos.

 

Mientras tanto, Génova emitía comunicados y Feijóo escribía cartas intentando mantener una línea que ya no se sostenía sobre hechos, sino sobre deseos.

 

 

Desde el Partido Popular se optó por una estrategia conocida: situarse frontalmente contra el Gobierno de España.

 

La carta de Feijóo cargaba duramente contra Pedro Sánchez, acusándolo de colocarse “en el lado incorrecto de la historia” por no respaldar de forma explícita la operación estadounidense y por insistir en el respeto al derecho internacional.

 

En el discurso popular, esa apelación al derecho internacional se convertía en una muestra de tibieza, casi de complicidad con el régimen de Maduro. Sin embargo, fuera de España, la lectura era muy distinta.

 

 

En amplios sectores políticos y mediáticos europeos, la postura de Sánchez fue interpretada como una defensa clara de dos principios básicos: la legalidad internacional y el rechazo a cualquier forma de tutelaje colonial.

 

El presidente del Gobierno español dejó claro que no reconocería un nuevo Ejecutivo venezolano impuesto desde fuera y que cualquier transición debía respetar la soberanía del país.

 

Una posición que, lejos de aislar a España, la situó en una corriente mayoritaria dentro de la Unión Europea, donde el recuerdo de intervenciones fallidas en terceros países sigue muy presente.

 

 

La incomodidad del PP se hizo aún más evidente cuando voces internas y externas comenzaron a señalar el contraste entre su postura actual y su propio pasado.

 

Las imágenes de José María Aznar abrazándose con Hugo Chávez a finales de los años noventa y principios de los dos mil reaparecieron con fuerza.

 

No eran imágenes anecdóticas. Mostraban a un presidente del Gobierno español que no solo mantenía relaciones cordiales con Chávez, sino que lo llamaba públicamente “mi amigo”, incluso después de que el líder venezolano hubiera sido acusado de autoritarismo y tras un intento de golpe de Estado en 2002.

 

 

Ese pasado pesa. Y pesa especialmente cuando el PP intenta construir un relato de coherencia moral en política exterior.

 

Porque la historia demuestra que las relaciones entre España y Venezuela han estado marcadas más por intereses estratégicos y económicos que por una defensa constante y uniforme de la democracia.

 

Recordarlo no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de entender por qué hoy muchos observadores perciben el discurso popular como oportunista y reactivo.

 

Mientras tanto, el foco mediático también se desplazó hacia otro episodio revelador: la intervención de Isabel Díaz Ayuso en “Espejo Público”.

 

Bajo el paraguas informativo de la detención de Maduro, la presidenta de la Comunidad de Madrid intentó articular un discurso contundente sobre Venezuela, calificándola de “narcoestado” y citando informes de organismos internacionales.

 

Sin embargo, la escena terminó volviéndose viral por motivos muy distintos a los que Ayuso hubiera deseado.

 

 

Las redes sociales se llenaron de comentarios críticos al apreciar cómo la presidenta parecía leer un guion y cómo se descomponía cuando Susanna Griso le formulaba preguntas que se salían de ese texto preparado.

 

El momento simbolizó, para muchos, la fragilidad de un discurso que funciona en monólogo, pero se derrumba cuando entra en contacto con la complejidad real de la política internacional.

 

No se trataba solo de un traspié televisivo, sino de una metáfora más amplia de la dificultad del PP para sostener una narrativa sólida sobre Venezuela.

 

 

En paralelo, Trump dejaba pistas claras sobre sus verdaderas prioridades. En su discurso, mencionó en numerosas ocasiones el petróleo y los recursos energéticos venezolanos, mientras la palabra “democracia” brillaba por su ausencia.

 

El mensaje era transparente: la intervención no respondía a un imperativo moral, sino a una lógica de intereses.

 

Una lógica que choca frontalmente con el relato idealista que el PP había intentado vender a su electorado.

 

 

Este choque entre discurso y realidad ha generado un profundo desconcierto en la derecha española.

 

Analistas como Jesús Maraña o David Álvaro lo han expresado con claridad: Feijóo y su equipo esperaban un escenario en el que María Corina Machado emergiera como líder indiscutida, avalada por Estados Unidos.

 

En su lugar, se han encontrado con un Trump imprevisible, que actúa según sus propios cálculos y que no siente ninguna obligación de respetar las apuestas de sus aliados europeos.

 

 

La comparación con otras derechas europeas tampoco favorece al PP. Marine Le Pen, por ejemplo, condenó de forma explícita la intervención estadounidense por considerarla una vulneración de la soberanía nacional.

 

Una postura clara, discutible pero coherente. En contraste, el PP ha optado por un discurso ambiguo, celebrando la caída de Maduro pero rechazando el camino elegido para gestionar el futuro del país.

 

 

Todo esto deja una sensación difícil de ignorar: el Partido Popular ha quedado descolocado, sin una brújula clara en política internacional.

 

Su intento de capitalizar el descontento con el chavismo se ha visto frustrado por una realidad mucho más compleja, donde los actores globales no juegan según las reglas que Génova había imaginado.

 

Y, en ese escenario, el Gobierno de Pedro Sánchez ha logrado proyectar una imagen de coherencia y liderazgo europeo que incomoda profundamente a la oposición.

 

 

Más allá del debate partidista, lo ocurrido invita a una reflexión más amplia. Venezuela no es solo un tablero donde se proyectan las batallas internas de la política española.

 

Es un país con una población que lleva años sufriendo una crisis económica, social y humanitaria devastadora.

 

Reducir su futuro a un arma arrojadiza en el debate nacional no solo empobrece el análisis, sino que deshumaniza un conflicto que merece ser tratado con rigor y responsabilidad.

 

 

El episodio deja una lección clara para quien quiera escucharla. En un mundo marcado por la incertidumbre y por líderes imprevisibles, los discursos simples y los alineamientos automáticos suelen acabar estrellándose contra la realidad.

 

La política exterior exige prudencia, memoria histórica y una comprensión profunda de los intereses en juego.

 

De lo contrario, el riesgo no es solo quedar en evidencia, sino perder credibilidad ante socios y ciudadanos.

 

 

Hoy, el PP intenta recomponer su relato, aferrándose a cartas, comunicados y declaraciones que buscan cerrar una grieta que sigue abierta.

 

Pero las palabras de Trump, las imágenes del pasado y las reacciones en redes sociales han dejado una huella difícil de borrar.

 

La pregunta ya no es solo qué posición adopta el Partido Popular sobre Venezuela, sino si es capaz de construir una política internacional propia, coherente y adaptada a un mundo que ya no admite atajos retóricos.

 

 

En ese desafío se juega algo más que una batalla coyuntural. Se juega la capacidad de una fuerza política para entender el presente sin negar su pasado y para hablar de democracia sin olvidar que, en política internacional, los hechos siempre terminan imponiéndose a los deseos.