Varios colaboradores se sublevan a Nacho Abad y él se revuelve como nunca: “Echadme, me voy a la cárcel”.

 

 

Nacho Abad ha sido señalado por parte de su mesa de colaboradores en ‘En boca de todos’ por su patinazo al referirse a una denunciante de acoso sexual.

 

 

 

La tensión se podía cortar en el plató. No era uno de esos debates encendidos habituales en la televisión matinal. Era algo más incómodo, más personal. Una palabra. Un matiz. Un término que cambió por completo el rumbo de la tertulia y dejó a Nacho Abad en el centro de la polémica.

 

Todo ocurrió en directo en En boca de todos, el espacio de actualidad de Cuatro. El programa analizaba dos casos judiciales de enorme sensibilidad: por un lado, la denuncia por presunta violación contra el DAO de la Policía Nacional; por otro, la denuncia por acoso sexual presentada contra el alcalde de Móstoles, Manuel Bautista, del Partido Popular.

 

La conversación ya venía cargada. María José Pintor, colaboradora habitual del espacio, lanzó una advertencia clara: “No puede haber víctimas de primera y de segunda.

Estamos con las víctimas en todos los casos”. Su mensaje apuntaba directamente a la necesidad de coherencia en el tratamiento mediático y político de las denuncias.

 

Pero el tono cambió cuando intervino Antonio Naranjo. El tertuliano cuestionó la comparación entre ambos casos: “Lo que no puede ser es que compares a una persona violada con una señora que tiene un problema laboral”. Sus palabras encendieron la mesa.

 

Pintor replicó de inmediato que la denuncia presentada en Móstoles no era por “violencia laboral”, sino por “acoso sexual”. La diferencia no es menor desde el punto de vista jurídico ni social. La tensión subía por segundos.

 

Fue entonces cuando Nacho Abad intervino para intentar contextualizar su postura. Y ahí llegó el momento que desató el conflicto.

“Yo he tenido aquí al abogado de la tipa de Móstoles, la concejala de Móstoles…”, dijo en directo.

 

El silencio fue inmediato. Desde el otro lado de la mesa, una voz le frenó en seco: “No la llames tipa”.

 

La corrección no fue en tono jocoso. Fue directa. Contundente. El término “tipa” —aunque coloquial— puede resultar despectivo dependiendo del contexto. En un debate sobre una denuncia por acoso sexual, la sensibilidad se multiplica.

 

Abad rectificó rápidamente: “Perdón, concejala”. Pero el ambiente ya estaba enrarecido. Visiblemente molesto, añadió: “Echadme, condenadme, me voy a la cárcel, coño. ¿No tenéis lapsus vosotros nunca?”.

 

Lejos de apagarse, la discusión derivó hacia otro punto delicado: el uso del término “víctima”. Desde la mesa le insistieron: “Perdona, concejala y víctima”. Abad respondió con firmeza: “No, no es víctima. Es denunciante, es afectada, pero no es víctima”.

 

La distinción no es baladí. En el plano jurídico, el término “víctima” puede utilizarse desde el momento de la denuncia en determinados contextos legales, aunque la presunción de inocencia sigue vigente hasta sentencia firme. Sin embargo, en el debate público, la palabra carga con implicaciones simbólicas profundas.

 

Abad buscó respaldo en Naranjo: “¿Una mujer es víctima solo por el hecho de denunciar?”. La respuesta del tertuliano fue incendiaria: “Según la ley vigente sí, otra cosa es que la ley vigente sea una mamarrachada…”.

 

Esa frase elevó aún más la temperatura del debate. Una colaboradora reaccionó escandalizada: “¿Pero cómo puedes decir esas cosas? Si luego tú no eres así”.

 

La escena reflejaba algo más que una discrepancia puntual. Mostraba las grietas que aparecen cuando se cruzan tres ejes especialmente sensibles: política, justicia y violencia sexual.

 

En España, el tratamiento mediático de denuncias por acoso o agresión sexual ha cambiado sustancialmente en los últimos años. La legislación, especialmente tras reformas impulsadas en la última década, ha reforzado el reconocimiento de derechos de las denunciantes y ha puesto el foco en la protección integral. Al mismo tiempo, el debate sobre la presunción de inocencia y el uso de determinados términos sigue generando controversia.

 

El caso de Móstoles añade además un componente político. Manuel Bautista, alcalde del Partido Popular, ha negado las acusaciones. Como en cualquier procedimiento judicial en curso, corresponde a los tribunales determinar los hechos. Pero en el plató, la discusión no giraba sobre pruebas, sino sobre lenguaje.

 

El lenguaje importa. Y en televisión en directo, cada palabra pesa.

 

Abad, visiblemente irritado, denunció sentirse sometido a un “linchamiento” por un lapsus que ya había corregido. “Si queréis echar a Antonio y que no hable… Si me vais a castigar porque he dicho tipa, que es un deje que tengo, que ya me he disculpado… perfecto”, espetó.

 

El presentador incluso lanzó un órdago a la mesa: “Si queréis que Antonio no hable porque no os gusta su opinión, lo echo del plató. ¿Queréis que lo eche del plató? Pues entonces no lo interrumpáis”.

 

El momento dejó varias lecturas. La primera, la fragilidad del equilibrio en debates televisivos donde confluyen opiniones muy polarizadas. La segunda, la importancia del matiz cuando se habla de personas implicadas en procesos judiciales sensibles. Y la tercera, el papel del presentador como moderador y, a la vez, parte activa del debate.

 

No es la primera vez que En boca de todos vive un rifirrafe intenso. El formato apuesta por la confrontación de posturas como parte de su ADN. Sin embargo, cuando el debate se desplaza del fondo al lenguaje empleado, la percepción pública puede cambiar rápidamente.

 

En redes sociales, el fragmento comenzó a circular pocas horas después. Algunos defendían a Abad argumentando que se trató de un lapsus sin intención despectiva.

 

Otros consideraban que el término no era apropiado en un contexto de denuncia por acoso sexual. Como suele ocurrir, la conversación digital amplificó la división.

 

Más allá de posicionamientos, el episodio subraya un reto recurrente en el periodismo televisivo contemporáneo: cómo abordar denuncias en curso con rigor, respeto y equilibrio, evitando tanto la descalificación automática como la banalización.

 

El término “denunciante” no equivale jurídicamente a “víctima” hasta que exista una resolución firme, pero en el debate público la frontera no siempre es clara. Esa tensión semántica fue el verdadero núcleo del enfrentamiento.

 

La escena terminó con Abad retomando la tertulia, aunque sin ocultar su malestar. El programa continuó, pero el eco del momento siguió resonando fuera del plató.

 

En una era en la que cada segundo en directo puede convertirse en viral, la televisión ya no termina cuando se apagan los focos. Continúa en redes, en titulares digitales y en conversaciones ciudadanas.

 

Y en ese nuevo ecosistema mediático, una sola palabra puede marcar la diferencia entre un debate duro y una polémica nacional.