El Gran Wyoming, fiel a su estilo, deja esta comparación sobre Isabel Díaz Ayuso que va a hacer ruido.

 

El Gran Wyoming analizó en ‘El Intermedio’ la intervención de Ayuso pidiendo la dimisión de Puente y Sánchez por el accidente de Adamuz.

 

 

Hay días en los que la política española parece funcionar por impulsos, casi por automatismos. Basta una tragedia, una crisis o un titular incómodo para que los mismos nombres, los mismos gestos y los mismos discursos se repitan como si alguien hubiese pulsado un botón invisible.

Este lunes 26 de enero fue uno de esos días. Y, como tantas otras veces, Isabel Díaz Ayuso volvió a colocarse en el centro del foco.

No por una medida concreta, ni por un anuncio de gestión, sino por algo que ya se ha convertido en marca de la casa: pedir dimisiones en cadena, empezando siempre por la del presidente del Gobierno.

 

El escenario no podía ser más previsible. Un desayuno informativo organizado por el Partido Popular en Madrid, micrófonos atentos, cámaras encendidas y un clima político marcado por el impacto emocional del trágico accidente ferroviario de Adamuz.

Mientras desde Andalucía Juanma Moreno Bonilla optaba por una imagen de colaboración institucional, trabajando codo con codo con Pedro Sánchez y el ministro de Transportes, Óscar Puente, la presidenta madrileña eligió otro camino. El de siempre. El del choque frontal.

 

Ayuso no se quedó corta. Exigió la dimisión inmediata de Óscar Puente, pero también fue un paso más allá y señaló directamente a Pedro Sánchez como el verdadero responsable de todo.

En su discurso, el ministro aparecía como una figura secundaria, casi un fusible, mientras el presidente del Gobierno era presentado como el origen de todos los males.

Una narrativa ya conocida, repetida hasta la saciedad, pero que en un contexto de tragedia adquiere un tono especialmente áspero.

 

Sus palabras fueron duras. Según Ayuso, los años de Óscar Puente al frente del Ministerio de Transportes solo habrían servido para “proponer ocurrencias, insultar gravemente cada día” y, lo más grave, “mentir” incluso en mitad de una tragedia.

No se quedó ahí. Aseguró que existía información veraz que contradecía al ministro y citó a empresas públicas como Adif y Renfe para reforzar su acusación. El mensaje estaba claro: incompetencia, desinformación y falta de respeto.

 

Pero el verdadero giro llegó cuando Ayuso apuntó directamente a Sánchez. En su relato, el presidente no solo delega responsabilidades, sino que se esconde detrás de sus ministros.

Le acusó de haber cambiado varias veces a los responsables del ministerio, de haber puesto al frente a personas envueltas en escándalos y de ser, en última instancia, el responsable político de todo lo ocurrido. Una acusación global, sin matices, diseñada para impactar más que para explicar.

 

Estas declaraciones no tardaron en llegar a El Intermedio, donde El Gran Wyoming las diseccionó con su habitual mezcla de ironía, sarcasmo y análisis político.

Para el presentador de laSexta, lo ocurrido no era una sorpresa, sino casi un experimento de laboratorio. Wyoming recurrió a un concepto clásico de la psicología para explicarlo: el reflejo condicionado.

 

Según su lectura, Ayuso está tan acostumbrada a pedir la dimisión de Pedro Sánchez que ya no necesita pensar. Es un acto automático.

Da igual el contexto, la causa o el momento. Si algo va mal, la respuesta es siempre la misma. Wyoming lo llevó al terreno del humor negro: si fallan los trenes, Sánchez dimisión; si pierde el Real Madrid, Sánchez dimisión; si mueren personas en residencias, Sánchez dimisión; si hay una pandemia, Sánchez dimisión… aunque ahí, apuntó con sorna, hubo un “matiz”: Sánchez dimisión y mi novio comisión.

 

La carcajada en plató no ocultaba el fondo del mensaje. Para Wyoming, esta estrategia no responde a un análisis serio de responsabilidades, sino a una repetición mecánica de consignas.

Una forma de hacer oposición basada más en el ruido que en la propuesta. Más en el gesto que en el contenido.

 

El presentador fue aún más lejos cuando analizó otro de los momentos del discurso de Ayuso: su advertencia al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero.

Un “vienen curvas” lanzado al aire, sin concreción, sin datos, sin explicación. Para Wyoming, Ayuso es una “digna alumna de Miguel Ángel Rodríguez”, su jefe de gabinete y uno de los grandes estrategas de la comunicación agresiva en el PP madrileño. Solo le faltó, ironizó, rematar con un “Zapatero va pa’lante”.

 

El análisis no se quedó en la broma. Wyoming señaló algo que muchos espectadores llevan tiempo percibiendo: estas advertencias ambiguas rara vez se traducen en algo concreto.

Se lanzan para generar expectativa, para instalar la sospecha, pero pocas veces se materializan. Y, aun así, se repiten. Una y otra vez.

 

De hecho, el presentador fue especialmente mordaz al comparar a Ayuso con los mayas. Según él, la diferencia es clara: mientras los mayas predecían el fin del mundo cada cierto tiempo, Ayuso predice el fin de algún socialista todas las semanas.

Una frase que resume, en clave humorística, la saturación que produce un discurso basado permanentemente en el apocalipsis político.

 

El desayuno informativo también fue el escenario de otro momento revelador. Hasta allí acudió Andrea Ropero, reportera de El Intermedio, con la intención de preguntar a los dirigentes del PP sobre la gestión del Gobierno tras el accidente de Adamuz.

La mayoría aceptó responder. Con matices, con evasivas o con críticas, pero respondieron. Todos menos una. Isabel Díaz Ayuso.

 

Cuando Ropero le preguntó directamente a qué se refería con su advertencia sobre Zapatero, la presidenta madrileña se negó a contestar.

Se limitó a decir que ya había ofrecido una rueda de prensa. Un gesto que, más allá de lo anecdótico, volvió a evidenciar una forma muy concreta de relacionarse con la prensa: hablar cuando se controla el marco, esquivar cuando hay repreguntas.

 

Quien sí atendió a la reportera fue José Antonio Monago, senador del PP. Ropero le planteó una comparación incómoda: si es mejor una gestión de catástrofes como la de Carlos Mazón con la DANA o la de Óscar Puente tras el accidente ferroviario.

La respuesta de Monago fue clara y alineada con el discurso de su partido. Según él, Mazón dimitió, algo que Puente no ha hecho.

Para el senador, el ministro ha cambiado de versión y debería asumir responsabilidades por el fallecimiento de casi 50 personas. Incluso llegó a acusarle de haber mentido “ante toda España”.

 

Estas palabras se suman a una estrategia política evidente: elevar la presión al máximo nivel, personalizar la tragedia y convertir la gestión en un campo de batalla permanente.

Todo ello mientras la investigación sobre las causas del accidente sigue abierta y los expertos trabajan para esclarecer lo ocurrido.

 

Ahí es donde surge la gran pregunta que sobrevuela todo este debate. ¿Es este el momento de pedir dimisiones a golpe de titular? ¿O debería primar la prudencia, el respeto a las víctimas y el tiempo necesario para conocer los hechos? La diferencia de actitudes entre Moreno Bonilla y Ayuso no es casual. Responde a dos formas muy distintas de entender la política y, sobre todo, la comunicación en tiempos de crisis.

 

Mientras unos optan por la cooperación institucional y el perfil bajo, otros apuestan por el choque constante y la confrontación sin pausa.

El problema es que, cuando se cruza la línea de la tragedia, el desgaste no siempre se reparte como se espera. A veces, el exceso de ruido acaba volviéndose contra quien lo genera.

 

El Intermedio, con Wyoming al frente, no solo hace humor. También actúa como un termómetro social. Y este lunes, el termómetro marcó saturación.

Saturación de consignas repetidas, de dimisiones exigidas en automático y de advertencias grandilocuentes que nunca terminan de concretarse.

 

La política española atraviesa un momento de alta tensión. Cada palabra cuenta. Cada gesto se amplifica. Y cada intervención pública puede sumar o restar credibilidad.

En ese contexto, la figura de Isabel Díaz Ayuso sigue polarizando como pocas. Para sus seguidores, es una líder valiente que dice lo que otros callan. Para sus detractores, un altavoz permanente de confrontación que trivializa incluso las tragedias más graves.

 

Lo que parece claro es que el “Sánchez dimisión” se ha convertido en un reflejo automático, casi en un eslogan que se activa ante cualquier circunstancia.

Y como bien apuntó Wyoming, cuando todo se explica con la misma frase, el mensaje pierde fuerza. Porque no todo vale. Y no todo momento es igual.

 

Mientras tanto, las víctimas del accidente de Adamuz siguen esperando respuestas. Respuestas técnicas, serias, alejadas del ruido político.

Y la ciudadanía observa, cada vez con más distancia, cómo el debate se convierte en un espectáculo donde lo importante no siempre es lo que ocurrió, sino quién grita más fuerte.