Karmele Marchante destroza al PP de Feijóo: “Es reducto de corruptos, psicópatas, mentirosos y ladrones”.

 

 

Unos días después de su reaparición televisiva, Karmele Marchante ha criticado durísimamente a Feijóo tras su comparecencia sobre la DANA.

 

 

 

 

La mañana del lunes 2 de febrero amaneció en el Congreso de los Diputados con un ambiente espeso, cargado de una tensión que no se veía, pero se respiraba. No era una sesión cualquiera.

 

No era una comparecencia más de esas que pasan sin dejar huella entre titulares rutinarios y declaraciones previsibles.

 

Era una cita marcada en rojo por las víctimas, por la oposición, por los propios partidos y por una ciudadanía que, meses después de la tragedia, sigue buscando respuestas que no llegan.

 

Alberto Núñez Feijóo comparecía ante la comisión de investigación de la DANA que asoló Valencia en octubre de 2024 y dejó 230 muertos. Y desde el primer minuto quedó claro que lo que iba a suceder no sería olvidable.

 

Había expectativas, pero también cansancio. Cansancio de escuchar versiones cruzadas, de ver cómo las responsabilidades se diluyen, de sentir que el dolor se convierte en un arma política o, peor aún, en una pelota que nadie quiere recoger.

 

En ese contexto, cada palabra pesaba más de lo habitual. Cada gesto, cada silencio, cada intento de esquivar una pregunta resonaba con fuerza. Y eso fue, precisamente, lo que muchos percibieron: un ejercicio constante de evasión.

 

Feijóo habló, pero sin entrar. Respondió, pero sin asumir. Señaló, pero siempre hacia otro lado. Sacó a relucir el terrorismo de ETA en un contexto que nada tenía que ver, mencionó el reciente accidente ferroviario de Adamuz, insistió una y otra vez en que la responsabilidad recaía exclusivamente en Carlos Mazón, entonces presidente de la Generalitat Valenciana.

 

El mensaje era claro: yo no tengo nada que ver con esto. “Debería exigirles responsabilidades a otro político, no a mí”, vino a decir. Pero esa frase, lejos de cerrar el debate, lo abrió aún más.

 

Porque la comisión no estaba ahí para escuchar excusas, sino para arrojar luz. Y cuando alguien que lidera el principal partido de la oposición se presenta sin conocer siquiera qué es el CECOPI o cuáles son sus funciones, la sensación de desconexión se vuelve casi insultante.

 

Más aún cuando, según señalaron varios medios, incurrió en afirmaciones que no se ajustaban a la realidad.

 

No fue él el primer político en contactar con Mazón tras la tragedia, como aseguró. Antes lo hizo Teresa Ribera, vicepresidenta tercera del Gobierno. Detalles, dirán algunos. Pero en una tragedia de esta magnitud, los detalles importan. Y mucho.

 

La reacción no tardó en llegar. Las víctimas de la DANA, que llevan meses reclamando verdad y justicia, expresaron su indignación.

 

Para ellas, no se trataba de un debate partidista, sino de una herida abierta. Cada comparecencia es una oportunidad para avanzar o para retroceder. Y aquel día, muchos sintieron que se había dado un paso atrás.

 

A esa indignación se sumaron partidos de la oposición valenciana, colectivos ciudadanos y, como suele ocurrir en estos tiempos, numerosas voces conocidas que utilizaron las redes sociales como altavoz.

 

 

Entre todas ellas, una destacó por su dureza y por la claridad de su mensaje. Karmele Marchante, periodista, comunicadora y figura mediática con una larga trayectoria, no se mordió la lengua.

 

Acababa de regresar a la televisión tras una década alejada de los focos, pero su voz seguía siendo reconocible.

 

Y esta vez no habló desde un plató, sino desde su cuenta de X, con palabras que no dejaban lugar a interpretaciones suaves.

 

“El señor Feijóo ha mentido esta mañana en su comparecencia. ¡Ni una verdad!”, escribió.

 

Y no se quedó ahí. Enlazó directamente esas supuestas mentiras con las de Carlos Mazón y amplió el foco hasta el conjunto del Partido Popular. Su definición fue demoledora, sin filtros, sin matices:

 

“El PP es el reducto donde se esconden los corruptos, los psicópatas, los mentirosos, los tergiversadores y los ladrones. Es un agujero negro lleno de telarañas”.

 

 

Las palabras corrieron como la pólvora. Compartidas, criticadas, aplaudidas, rechazadas. Porque Karmele Marchante no deja indiferente. Nunca lo ha hecho.

 

Su trayectoria está marcada por posicionamientos claros, por una ideología definida, por un compromiso que ella misma ha reivindicado en numerosas ocasiones.

 

Feminista, de izquierdas, abolicionista de la prostitución, crítica con las divisiones internas del propio feminismo. Todo eso forma parte de su discurso público desde hace años.

 

En entrevistas pasadas, como la concedida a Público, ya había expresado su dolor al ver un movimiento feminista fracturado por luchas internas, por la ley trans, por disputas de poder entre partidos.

 

Se definía entonces como “feminista radical” y llamaba a la unidad frente a lo que considera el enemigo común: el patriarcado.

 

Esa coherencia ideológica, compartida o no, es la que muchos reconocen en sus intervenciones. No improvisa. No busca agradar. Dice lo que piensa, aun sabiendo que generará rechazo.

 

Y quizá por eso su ataque al PP resonó con tanta fuerza en este contexto. Porque no se trataba solo de una crítica a una comparecencia concreta, sino de una enmienda a la totalidad.

 

Un grito que conectaba la gestión de la DANA, las supuestas mentiras, la falta de asunción de responsabilidades, con una forma de hacer política que, según ella, está podrida desde dentro.

 

Para algunos, una exageración inadmisible. Para otros, una verdad incómoda que alguien tenía que decir en voz alta.

 

El debate que se abrió va más allá de Feijóo y de Karmele Marchante. Habla de cómo se gestionan las tragedias en España, de cómo la política se entrelaza con el dolor, de cómo las comparecencias oficiales a veces parecen más diseñadas para proteger carreras que para reparar daños.

 

Habla también del papel de las figuras mediáticas, de su capacidad para amplificar malestares que, de otro modo, quedarían confinados a comunicados fríos o a sesiones parlamentarias seguidas por pocos.

 

La comisión de investigación de la DANA no es un trámite. Es, o debería ser, un espacio para esclarecer fallos, para aprender, para evitar que algo así vuelva a ocurrir.

 

Cuando ese espacio se convierte en un escenario de evasivas, la frustración es inevitable. Y cuando la frustración se acumula, estalla en forma de mensajes como el de Karmele Marchante. Mensajes que no buscan consenso, sino sacudir conciencias.

 

 

Hay quienes critican ese tono, lo consideran excesivo, injusto, incluso peligroso. Y hay quienes lo ven como la consecuencia lógica de años de impunidad percibida, de responsabilidades que nunca llegan a concretarse.

 

Ambas lecturas conviven en una sociedad cada vez más polarizada, donde cada palabra se analiza desde trincheras ideológicas.

 

Lo cierto es que, más allá del ruido, queda una pregunta flotando en el aire: ¿qué esperan las víctimas? No esperan insultos, ni tuits virales, ni guerras partidistas. Esperan verdad.

 

Esperan que alguien diga “fallamos”. Esperan que se asuman errores y se expliquen decisiones. Esperan, en definitiva, que el dolor no sea en vano. Cada comparecencia que esquiva esas expectativas añade una capa más de desconfianza.

 

La intervención de Feijóo y la reacción de Karmele Marchante son dos caras de una misma moneda.

 

Una moneda marcada por la desafección, por la sensación de que la política va por un lado y la realidad por otro.

 

Mientras unos hablan de competencias y organigramas, otros recuerdan nombres, rostros, historias truncadas por el agua. Y en ese choque, el lenguaje se endurece.

 

Quizá por eso este episodio ha calado tanto. Porque no es solo una noticia más. Es un síntoma. Un reflejo de un país que sigue sin cerrar heridas, que discute más sobre quién debe responder que sobre cómo evitar la próxima tragedia. Un país donde las palabras pesan, pero a veces llegan tarde.

 

 

Queda en manos de cada lector decidir con quién conecta más: con la prudencia calculada de un líder político o con la furia verbal de una periodista desencantada.

 

Pero lo que resulta difícil negar es que el debate está abierto y que no se cerrará con una comparecencia ni con un tuit. Exige memoria, exige responsabilidad y exige, sobre todo, no mirar hacia otro lado.

 

 

Porque cuando el agua arrasa pueblos y se lleva vidas, lo mínimo que se espera de quienes gobiernan y aspiran a gobernar es que estén a la altura.

 

Y cuando no lo están, siempre habrá voces dispuestas a recordarlo, aunque incomoden, aunque molesten, aunque rompan el silencio que algunos prefieren mantener.