Estas palabras de Margallo sobre lo que ha hecho Trump en Venezuela suman cientos de miles de reproducciones.

 

 

 

Ha resumido su opinión en cuatro titulares.

 

 

 

 

 

El análisis de José Manuel García-Margallo ha irrumpido en el debate público como un jarro de agua fría en medio del ruido, la consigna y la polarización.

 

No es un tertuliano cualquiera ni un opinador ocasional. Habla alguien que fue eurodiputado, ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación durante cinco años clave y conocedor directo de los equilibrios, trampas y miserias del tablero internacional.

 

 

Quizá por eso sus palabras sobre lo ocurrido en Venezuela, tras la operación impulsada por Donald Trump, están circulando de forma masiva en redes sociales: porque no buscan el aplauso fácil, sino advertir de algo mucho más profundo.

 

 

Margallo intervino en el programa Mañaneros 360, de TVE, en un momento especialmente delicado.

 

Mientras Nicolás Maduro llegaba al tribunal estadounidense donde debía declarar por los cargos de narcoterrorismo, el exministro trazaba un diagnóstico que va mucho más allá de Venezuela.

 

No habló solo de un país, ni de un líder concreto. Habló del mundo que se está rompiendo.

 

 

Su primer mensaje fue directo, incómodo y difícil de digerir: hemos asistido a la quiebra definitiva del orden internacional.

 

No a una crisis puntual, no a una anomalía corregible, sino a la ruptura del sistema de normas que los propios Estados se dieron tras la Segunda Guerra Mundial.

 

 

Ese orden nacido en San Francisco, construido sobre principios como la soberanía, la integridad territorial y el respeto al derecho internacional, lleva años erosionándose.

 

 

Para Margallo, la invasión rusa de Ucrania en 2014 abrió una grieta profunda. Lo ocurrido ahora en Venezuela sería el último clavo del ataúd.

 

 

Este planteamiento coloca al espectador ante una realidad inquietante. No estamos ante un episodio aislado ni ante una excepción justificada por la figura de Maduro.

 

Estamos, según Margallo, ante la normalización de un mundo donde la fuerza vuelve a imponerse a las normas.

 

Donde el precedente importa menos que el interés inmediato. Y donde las reglas solo se aplican cuando conviene.

 

 

En su segunda reflexión, el exministro entró en el terreno más espinoso: la naturaleza del Estado venezolano.

 

Con lenguaje técnico, pero con una claridad que pocos se atreven a usar en televisión, afirmó que Venezuela es, en términos de derecho internacional, un Estado cuyos dirigentes carecen de legitimidad tanto de origen como de ejercicio.

 

Es decir, no solo se cuestiona cómo llegaron al poder, sino cómo lo han ejercido.

 

 

Este matiz es clave. Margallo no justificó automáticamente la actuación de Estados Unidos, pero sí dejó claro que Venezuela no es un actor normal dentro del sistema internacional.

 

El deterioro democrático, la represión, la ausencia de garantías electorales y el uso del aparato del Estado como herramienta de control han vaciado de contenido la legitimidad del régimen.

 

Esa debilidad interna explica, en parte, por qué ha sido posible lo que ha ocurrido.

 

 

Pero el análisis no se detuvo ahí. En su tercer punto, Margallo lanzó una de las afirmaciones más delicadas y menos comentadas en el discurso oficial: la existencia de una colaboración interna.

 

Según su opinión personal, lo sucedido no habría sido posible sin la cooperación de dirigentes venezolanos con el Gobierno estadounidense.

 

No habló de una invasión clásica ni de un golpe externo, sino de una sucesión pactada que mantiene intactos tanto el aparato gubernamental como el represivo.

 

 

Esta idea introduce una lectura incómoda, tanto para quienes defienden la operación como para quienes la condenan.

 

Si hubo colaboración interna, la narrativa de la agresión externa pierde simplicidad.

 

Y al mismo tiempo, si el aparato represivo permanece intacto, la promesa de cambio real queda en entredicho.

 

No se desmonta un régimen autoritario dejando intactas sus herramientas de control.

 

 

Margallo fue aún más allá al advertir que esta maniobra no es improvisada.

 

Según explicó, responde a una estrategia estadounidense que llevaba meses gestándose.

 

No es fruto de una decisión impulsiva de Trump, sino de una planificación que ha encontrado el momento oportuno para ejecutarse.

 

Esto obliga a replantear el relato del shock y la sorpresa con el que se ha presentado la detención de Maduro.

 

El cuarto punto de su análisis fue, quizá, el más humano y el más político a la vez: la preocupación por la transición.

 

Margallo expresó su inquietud por cómo se va a gestionar el futuro inmediato de Venezuela.

 

Y lo hizo subrayando dos ausencias que considera alarmantes. La primera, la falta total de protagonismo de la oposición democrática.

 

La segunda, el descarte explícito de Corina Machado por parte de Trump desde el primer momento.

 

Aquí el mensaje es claro: una transición sin oposición no es una transición democrática. Es un relevo controlado.

 

Y cuando el proceso se dirige desde fuera, el riesgo de repetir errores históricos es enorme.

 

Margallo recordó ejemplos recientes que pesan como losas: Libia, Afganistán, Siria, Irak. Intervenciones que se presentaron como soluciones y acabaron generando caos, violencia y sufrimiento prolongado.

 

 

La frase “los americanos hacen muy mal estas cosas” no es una provocación gratuita.

 

Es una constatación basada en décadas de experiencia diplomática.

 

La historia demuestra que las transiciones impuestas desde el exterior, sin tejido político interno fuerte ni consenso social, suelen fracasar.

 

Y ese fracaso lo paga siempre la población civil.

 

Mientras estas reflexiones se emitían en directo, las imágenes mostraban a Nicolás Maduro llegando al tribunal estadounidense.

 

Allí rechazó las acusaciones de narcoterrorismo y los cuatro cargos que se le imputan, proclamando su inocencia.

 

La escena tenía un fuerte componente simbólico: un presidente que durante años desafió al orden internacional, sentado ahora ante la justicia de otro país.

 

Ese mismo día, Delcy Rodríguez juraba su cargo como presidenta encargada de Venezuela.

 

Un acto solemne, cargado de gestos y palabras medidas, en el que habló de dolor y responsabilidad.

 

Para muchos venezolanos, ese juramento no despeja las dudas, sino que las multiplica. ¿Es un paso hacia la normalización o la continuidad con otro rostro?

 

El análisis de Margallo no ofrece respuestas simples ni soluciones mágicas. Y quizá por eso ha conectado con tanta gente.

 

En un ecosistema mediático dominado por consignas, su discurso obliga a pensar.

 

A asumir que el mundo no se divide en buenos y malos tan fácilmente. A aceptar que la caída de un régimen ilegítimo no garantiza automáticamente la libertad.

 

Su intervención invita a una reflexión incómoda pero necesaria: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por romper un orden injusto si al hacerlo destruimos las pocas reglas que aún nos protegen? ¿Qué ocurre cuando el derecho internacional deja de ser un límite y se convierte en un estorbo?

 

 

Para España y Europa, las palabras de Margallo también tienen una lectura interna.

 

Nos recuerdan que no somos espectadores neutrales. Que nuestras posiciones, silencios y alianzas tienen consecuencias.

 

Y que el debilitamiento del orden internacional no es una abstracción lejana, sino una amenaza directa a nuestra propia seguridad y estabilidad.

 

En Venezuela, millones de personas observan este proceso con una mezcla de esperanza y miedo.

 

Esperanza de que termine una etapa de sufrimiento, miedo de que el remedio sea tan dañino como la enfermedad.

 

Para ellos, el debate no es geopolítico, es vital. Afecta a su comida, su libertad, su futuro.

 

 

El mensaje final que deja el análisis de García-Margallo es una llamada a la prudencia, a la memoria y a la responsabilidad.

 

No se trata de defender a Maduro ni de justificar un régimen autoritario.

 

Se trata de no repetir errores que ya conocemos demasiado bien. De no confundir la caída de un hombre con la construcción de un país.

 

 

Porque cuando se rompe el orden internacional, no solo cae un dictador. Se abre una puerta peligrosa que, una vez cruzada, cuesta décadas volver a cerrar.

 

Y esa es una lección que el mundo, una vez más, parece empeñado en olvidar.