FEIJÓO CONTRA LOS INTERESES DE ESPAÑA EN EUROPA: EL PP TOCA FONDO POLÍTICO.
Lo que ha ocurrido en el ámbito europeo con Alberto Núñez Feijóo no puede despacharse como un desliz puntual ni como una simple discrepancia política legítima.
Tampoco basta con atribuirlo a un exceso retórico o a una mala interpretación del contexto internacional.
Lo que se ha puesto de manifiesto es algo mucho más profundo y preocupante: una decisión consciente de anteponer la estrategia partidista del Partido Popular a los intereses generales de España, incluso cuando eso implica debilitar la posición del país fuera de sus fronteras.
Cuando el líder de la oposición cruza esa línea, deja de ejercer una función democrática de control y pasa a desempeñar un papel mucho más peligroso.
No fiscaliza al Gobierno para mejorar la acción pública, sino que actúa deliberadamente para erosionar la credibilidad del país en Europa.
Eso no es oposición. Es una forma de sabotaje político que tiene consecuencias reales, aunque no siempre inmediatas.
El Partido Popular, bajo el liderazgo de Feijóo, ha dejado de comportarse como un partido de Estado en materia europea.
Ha asumido una lógica en la que cuanto peor le vaya a España en Bruselas, mejor cree que le irá al PP en la política interna.
Esa idea no es nueva en la historia política, pero rara vez se había explicitado con tanta claridad y tan poco pudor.
Europa deja de ser un espacio común y se convierte en un instrumento más para desgastar al Gobierno, aunque el coste lo pague el conjunto del país.
España no es un actor secundario en la Unión Europea. Es una de las grandes economías del bloque, un país clave en el equilibrio político entre norte y sur y una pieza esencial en la estabilidad del proyecto comunitario.
Cada vez que un dirigente español cuestiona en Bruselas la fiabilidad de su propio país, bloquea acuerdos o se alinea con sectores que miran con desprecio a los países del sur, está debilitando esa posición.
Feijóo lo sabe perfectamente. No actúa por desconocimiento, sino por cálculo político.
El PP intenta justificar esta estrategia presentándola como una defensa de la legalidad o de los valores europeos.
Pero ese argumento se derrumba en cuanto se analiza con un mínimo de rigor. La legalidad europea no se defiende boicoteando acuerdos que benefician a España ni alineándose con gobiernos que utilizan las instituciones comunitarias como herramientas de castigo político.
Los valores europeos no se fortalecen debilitando a tu propio país para obtener ventaja electoral. Lo que hace Feijóo no es europeísmo. Es oportunismo.
Durante décadas, incluso en los momentos de mayor confrontación política interna, existió en España un consenso básico: la necesidad de presentarse en Europa con una posición sólida y coherente.
Ese consenso no implicaba silencio ni sumisión al Gobierno de turno, sino responsabilidad institucional.
Feijóo rompe deliberadamente con esa tradición y decide convertir Europa en un campo de batalla interna, aun sabiendo que eso reduce la influencia de España y su capacidad de negociación.
La gravedad de esta deriva no está solo en los gestos concretos, sino en el mensaje que transmite.
Envía a Bruselas la idea de que España no es un socio fiable porque su principal partido de la oposición trabaja activamente para desacreditarla.
Envía el mensaje de que los acuerdos alcanzados por el Gobierno pueden ser saboteados desde dentro.
Envía, en definitiva, la imagen de una política interna tan destructiva que ni siquiera respeta los intereses comunes.
Ese mensaje no pasa desapercibido en Europa, aunque desde el PP se intente minimizar su impacto.
Feijóo confunde deliberadamente oposición con obstrucción. Oponerse no significa dañar al país; significa ofrecer alternativas.
Y en este caso, el Partido Popular no ofrece una alternativa europea distinta, ni un proyecto diferente para España en la Unión.
Solo ofrece bloqueo. No plantea una Europa más eficaz, más solidaria o más justa.
Plantea una Europa utilizada como ariete contra el Gobierno español, aunque eso suponga retrocesos para la ciudadanía.
El uso constante del discurso patriótico por parte de Feijóo resulta especialmente contradictorio.
Defender los intereses de España no consiste en atacar al Gobierno en foros internacionales, sino en fortalecer la posición del país con independencia de quién gobierne.
Cuando actúa contra esos intereses, deja claro que su patriotismo es condicional: ama a España solo cuando coincide con su estrategia política.
Esta forma de actuar no es casual ni improvisada. Responde a una transformación profunda del Partido Popular.
El PP de Feijóo ya no aspira a ser una alternativa institucional sólida, sino a competir en radicalidad y agresividad con otras derechas europeas.
En ese camino, Europa deja de ser un espacio de cooperación y se convierte en un escenario de confrontación permanente.
España deja de ser un sujeto a proteger y pasa a ser una herramienta más en la lucha interna por el poder.
El problema es que Europa no funciona como la política nacional. Allí las facturas se pagan. Las posiciones se recuerdan.
Las alianzas se construyen a largo plazo. Cuando un líder político actúa contra los intereses de su país, eso no se borra con un cambio de discurso posterior.
Queda registrado en la memoria política de las instituciones y de los gobiernos. Feijóo está hipotecando el futuro de España para ganar titulares hoy.
La excusa de que “Europa debe saber lo que pasa en España” es profundamente tramposa. E
uropa no necesita que la oposición española desacredite al país para informarse.
Dispone de mecanismos, informes y canales de diálogo permanente con el Gobierno. Lo que hace Feijóo no es informar, es erosionar.
No va a Bruselas a mejorar la posición de España, va a empeorarla para obtener rédito en la política interna. Esa diferencia es esencial.
Cuando el líder del PP se alinea con sectores de la derecha europea que mantienen una visión punitiva hacia los países del sur, no está defendiendo un modelo alternativo de Europa.
Está reforzando prejuicios históricos que han costado décadas de trabajo diplomático superar.
España ha sufrido durante mucho tiempo una mirada condescendiente e incluso hostil en determinados ámbitos europeos.
Cada gesto de descrédito interno reactiva esos estereotipos. Feijóo no puede ignorarlo. Si lo hace, es porque considera asumible el daño colateral.
Defender los intereses de España no equivale a respaldar sin matices al Gobierno. Equivale a no cruzar ciertas líneas.
Existe una diferencia clara entre discrepar en el ámbito interno y sabotear la posición internacional del país.
Feijóo no se limita a discrepar; actúa activamente para dificultar que España avance en Europa. Eso no es oposición democrática. Es obstrucción estratégica.
Esta actitud rompe con una tradición básica de la política exterior española: la de mantener una mínima unidad en los asuntos clave.
Esa unidad no implicaba ausencia de crítica, sino responsabilidad. Implicaba entender que en Europa el país está por encima del partido.
Feijóo rompe ese principio con una naturalidad inquietante, como si no existiera frontera alguna entre el interés general y el interés partidista.
La deriva del PP no puede explicarse solo por la figura de Feijóo, sino por la presión de un ecosistema político cada vez más radicalizado.
En la competición con otras derechas, la moderación ha dejado de ser rentable. En ese contexto, Europa se convierte en un arma más.
Pero las decisiones que se toman allí afectan directamente a la vida de millones de personas: fondos europeos, políticas energéticas, inversión, empleo, estabilidad económica.
Cuando el PP actúa para bloquear o desacreditar a España en ese ámbito, no daña a un Gobierno abstracto. Daña a la ciudadanía.
Las alianzas del Partido Popular en Europa terminan de desmontar su relato. No se alinea con fuerzas que buscan una mayor cohesión o solidaridad europea, sino con quienes apuestan por una Europa jerárquica y punitiva.
Esa elección no es accidental. Es coherente con una visión que acepta sin problemas que España pierda margen si eso sirve para golpear a un Gobierno progresista.
El efecto sobre la credibilidad internacional de España es evidente. Los socios europeos saben que los ciclos políticos cambian, pero necesitan confiar en que los compromisos básicos se respetan.
Cuando la principal fuerza de la oposición actúa como si esos compromisos fueran prescindibles, la confianza se resiente.
Feijóo está enviando el mensaje de que España puede convertirse en un país imprevisible. Ese mensaje es letal para cualquier estrategia a largo plazo.
La retórica patriótica del PP queda vacía ante estos hechos. El patriotismo no consiste en símbolos ni en consignas, sino en proteger la posición del país incluso cuando no se gobierna.
Feijóo ha decidido lo contrario: utilizar España como moneda de cambio en su estrategia de desgaste. Esa decisión marca un antes y un después.
El problema de fondo no es un desacuerdo concreto en Europa, sino un cambio de paradigma en la oposición española.
El PP ha asumido que dañar la posición internacional de España es un precio aceptable si con ello se debilita al Gobierno.
Esa lógica es profundamente peligrosa porque normaliza el daño como herramienta política. Cuando un partido cruza esa línea, deja de pensar en términos de país y empieza a pensar exclusivamente en términos de poder.
Europa observa estos comportamientos con atención. No desde la ingenuidad, sino desde la lógica de los intereses.
Cuando el principal partido de la oposición de un país actúa como si el debilitamiento de su propio Estado fuera un daño colateral asumible, la pregunta que surge en Bruselas no es quién tiene razón en la política interna española, sino si España es un socio fiable a medio y largo plazo. Esa duda es devastadora.
Feijóo intenta presentarse como alguien que dice en Europa lo que no se puede decir en España, pero en realidad dice fuera lo que no puede sostener con mayoría democrática dentro.
En lugar de construir una alternativa política sólida, opta por externalizar el conflicto. Esa estrategia no solo es políticamente pobre, es institucionalmente peligrosa.
España necesita una oposición fuerte, crítica y exigente. Pero también necesita una oposición leal al país.
Cuando esa lealtad se rompe, el daño trasciende a cualquier Gobierno concreto y afecta a la posición internacional de España y a la calidad de su democracia.
Europa no es un campo de batalla para guerras internas. Es el espacio donde se juega el futuro colectivo.
Utilizarla contra los intereses de España es una irresponsabilidad histórica. Y cuando un partido asume esa irresponsabilidad como estrategia, no demuestra fuerza. Demuestra debilidad.
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