Javier Ruiz anticipa en RTVE lo que va a pasar tras el ataque a Venezuela: “Es extraordinariamente grave”.
Javier Ruiz ha puesto el foco desde ‘Mañaneros 360’ en las reservas de petróleo que Donald Trump pretende explotar tras invadir Venezuela y amenazar con tomar Groenlandia.

El tablero internacional vuelve a moverse con una rapidez inquietante. En cuestión de días, el foco mediático ha saltado de Venezuela a Groenlandia, y en el centro de esa sacudida vuelve a aparecer un nombre que divide, inquieta y condiciona la agenda global: Donald Trump.
Desde el programa Mañaneros 360, Javier Ruiz ha puesto palabras a una sensación que recorre cancillerías, mercados y redacciones: lo que está ocurriendo no es retórica exagerada ni simple provocación política, sino una amenaza de un calibre desconocido en las relaciones entre Estados Unidos y Europa.
El punto de partida es ya, de por sí, explosivo. Tras los últimos movimientos de Washington en relación con Venezuela —presentados en algunos espacios mediáticos como un golpe definitivo contra el régimen de Nicolás Maduro—, la atención se ha desplazado hacia un territorio que hasta hace poco apenas ocupaba titulares: Groenlandia.
Un enclave remoto para el gran público, pero absolutamente estratégico en términos geopolíticos, energéticos y militares.
Lo que parecía una excentricidad hace años, cuando Trump habló por primera vez de “comprar” Groenlandia, hoy se formula en términos mucho más graves.
Javier Ruiz no edulcora el mensaje. “Más allá de las formas, tiene una preocupante amenaza de fondo”, advertía con gesto serio en directo. Y no hablaba de interpretaciones subjetivas, sino de declaraciones literales procedentes de la Casa Blanca.
Según explicó, la posición estadounidense ya no se esconde tras eufemismos diplomáticos: si no hay acuerdo con Dinamarca, la opción de una intervención directa sobre la mesa no se descarta.
Una idea que, formulada así, rompe con décadas de consensos básicos en el orden internacional.
El planteamiento que expuso el periodista es tan simple como inquietante: o Groenlandia se vende, o Groenlandia se toma.
“Pero Groenlandia va a ser para los americanos”, resumía Ruiz, poniendo voz a un mensaje que, de confirmarse, supondría un antes y un después en las relaciones transatlánticas.
La justificación oficial es la seguridad nacional. Trump insiste en que necesita ese territorio por su valor estratégico, por la presencia creciente de barcos chinos y rusos en rutas clave del Ártico, y por lo que considera una respuesta insuficiente de Dinamarca para proteger la zona.
Ese argumento, sin embargo, no tranquiliza a nadie. Al contrario. Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, un país que no solo es socio comercial de Estados Unidos, sino miembro fundador de la OTAN.
La amenaza, por tanto, no se dirige a un rival histórico o a un Estado aislado, sino a un aliado militar.
“Es una amenaza a socios militares, es una amenaza a socios comerciales”, subrayaba Javier Ruiz, insistiendo en que el mensaje trasciende con mucho el caso concreto de Groenlandia.
En este punto, el análisis del presentador se vuelve especialmente incisivo. Lo que está en juego no es solo un territorio, sino un cambio de paradigma. “Lo que tenemos ahora mismo es extraordinariamente grave.
Ya no es América para los americanos. El hemisferio es para Estados Unidos”, afirmaba, sintetizando una doctrina que recuerda a épocas que muchos creían superadas.
La idea de que Washington pueda amenazar abiertamente con invadir países europeos ha generado, según Ruiz, “terror en todas las cancillerías” y una inestabilidad añadida tanto en Europa como en Latinoamérica.
El discurso conecta directamente con el verdadero motor de este pulso: los recursos.
Groenlandia no es solo hielo, nieve y paisajes extremos. Bajo su suelo se esconde una de las mayores reservas de materias primas estratégicas del planeta.
Javier Ruiz lo explicaba apoyándose en gráficos claros y contundentes. Titanio, cobalto, níquel, platino, vanadio, grafito, silicio, flúor, cobre.
Una lista que no es casual y que encaja perfectamente con las necesidades industriales y tecnológicas de las grandes potencias.
Estados Unidos, como China y la Unión Europea, compite por asegurar el suministro de estos materiales, esenciales para la transición energética, la industria militar, la tecnología punta y la fabricación de baterías.
En este contexto, la preocupación de Washington no es solo acceder a esos recursos, sino evitar que caigan en manos chinas.
“No quieren que caiga en manos chinas”, insistía Ruiz, señalando uno de los ejes centrales de la estrategia estadounidense.
Pero hay un tercer elemento que eleva aún más la tensión: el petróleo. Groenlandia alberga, según estimaciones, más de 50.000 millones de barriles de petróleo sin explotar.
Una cifra que sitúa al territorio en una posición clave dentro del mapa energético mundial.
El motivo por el que esas reservas no se han explotado hasta ahora es, precisamente, la legislación ambiental del país y la oposición a perforaciones que podrían causar daños irreversibles en uno de los ecosistemas más frágiles del planeta.
Para Javier Ruiz, ahí reside una de las claves del conflicto. “Hay una enorme masa petrolera que no se explota precisamente porque el ambientalismo del país lo prohíbe, pero tiene más petróleo que China”, explicaba, subrayando el contraste entre la protección medioambiental y el apetito energético de las grandes potencias.
En un mundo marcado por la transición verde, la paradoja es evidente: los mismos países que hablan de sostenibilidad presionan para acceder a nuevas fuentes de combustibles fósiles.
El análisis no se queda en Groenlandia. El presentador de Mañaneros 360 trazaba un paralelismo inquietante con otros episodios recientes de la historia.
Venezuela, Irak, Kuwait, Arabia Saudí. Países con enormes reservas de petróleo que, en distintos momentos, han sufrido la intervención directa o indirecta de Estados Unidos.
La coincidencia no es casual, y así lo dejó entrever Ruiz al mostrar un gráfico con los países con mayores reservas y el historial de injerencias.
La idea que sobrevuela todo el discurso es incómoda pero difícil de ignorar: el petróleo sigue siendo un factor decisivo en la política internacional.
Por mucho que el lenguaje se vista de seguridad nacional, defensa de valores o estabilidad global, el control de los recursos energéticos continúa marcando decisiones estratégicas.
Y Groenlandia, hasta ahora al margen de los grandes conflictos, aparece de pronto como una pieza codiciada en ese tablero.
El impacto de estas declaraciones va mucho más allá del plató de televisión. En Europa, la inquietud es real.
La posibilidad de que Estados Unidos amenace a un país miembro de la OTAN tensiona alianzas que se daban por sólidas.
En América Latina, el mensaje se interpreta como una confirmación de que la política de fuerza sigue viva, con Venezuela como precedente inmediato.
En Asia, China observa con atención cada movimiento, consciente de que el Ártico será uno de los escenarios clave del siglo XXI.
Javier Ruiz insistía una y otra vez en una idea: no hay precedentes recientes de algo así.
No se trata de una disputa comercial ni de una negociación tensa, sino de una amenaza explícita de anexión o invasión.
Formulada sin rodeos, sin el lenguaje ambiguo de la diplomacia clásica. Esa claridad, lejos de tranquilizar, incrementa la sensación de incertidumbre.
El debate, inevitablemente, se traslada a la opinión pública. Qué significa todo esto para la estabilidad global.
Hasta dónde puede llegar un liderazgo que concibe el mundo como un espacio de transacciones y conquistas.
Y qué papel deben jugar Europa y sus instituciones ante un desafío de este calibre. La reacción no puede limitarse a la sorpresa o la indignación puntual. Exige reflexión, coordinación y una respuesta política que esté a la altura del momento.
En este contexto, el trabajo de análisis mediático cobra un valor especial. Programas como Mañaneros 360 no solo informan, sino que ayudan a interpretar un escenario complejo, conectando puntos que a menudo aparecen fragmentados en la actualidad diaria.
Al poner el foco en Groenlandia, Javier Ruiz ha sacado a la luz una discusión que, de otro modo, podría haberse diluido entre titulares llamativos y declaraciones grandilocuentes.
Lo que queda claro es que el mundo entra en una fase de mayor tensión e imprevisibilidad.
Las amenazas ya no se limitan a adversarios tradicionales, y los equilibrios construidos tras décadas de alianzas se ven cuestionados por discursos cada vez más directos y agresivos.
Groenlandia, con sus minerales, su petróleo y su posición estratégica, se convierte así en el símbolo de una nueva etapa marcada por la competencia sin complejos.
La pregunta que queda en el aire es si la comunidad internacional está preparada para afrontar este desafío sin caer en una espiral de confrontación. Si Europa será capaz de responder con unidad y firmeza.
Y si el debate público sabrá ir más allá del impacto inmediato para entender las consecuencias a largo plazo de lo que está ocurriendo.
Porque, como advertía Javier Ruiz, lo que se está planteando no es una anécdota ni una boutade política.
Es un aviso serio de que las reglas del juego pueden estar cambiando, y de que el precio de mirar hacia otro lado podría ser mucho más alto de lo que parece.
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