TERRIBLE lo de PEDRO SÁNCHEZ y el REY FELIPE VI.
El discurso navideño del rey Felipe VI volvió a situarse en el centro del debate político y social en España.
Como ocurre cada año, sus palabras fueron analizadas al milímetro, no solo por lo que dijo, sino también por lo que muchos consideran que dejó de decir.
En un contexto marcado por una fuerte polarización, investigaciones judiciales en curso y una creciente desconfianza ciudadana hacia las instituciones, el mensaje del jefe del Estado fue interpretado por una parte de la opinión pública como prudente y conciliador, y por otra como insuficiente y excesivamente alineado con el relato del Gobierno.
La puesta en escena fue distinta a la de otros años. Felipe VI apareció de pie, en el Palacio Real, cuidando cada detalle del protocolo y del tono.
El inicio del discurso estuvo centrado en el aniversario de la entrada de España en las entonces Comunidades Europeas, subrayando los valores compartidos, la democracia y el proyecto común europeo.
Para algunos analistas, este énfasis respondió a la voluntad de reforzar una imagen de estabilidad institucional y continuidad histórica.
Para otros, fue una señal clara de que la Corona mantiene una apuesta inequívoca por el marco europeo actual, pese a las crecientes críticas sobre la pérdida de soberanía y el impacto de determinadas políticas comunitarias en sectores como la agricultura o la industria.
El mensaje real insistió en la necesidad de fortalecer la convivencia, defender las instituciones democráticas y combatir la desinformación.
Felipe VI alertó sobre los riesgos de los extremismos, los radicalismos y los populismos, a los que señaló como beneficiarios de la crisis de confianza que atraviesan muchas democracias occidentales.
Esta parte del discurso fue interpretada por numerosos comentaristas como una referencia indirecta al clima político actual, marcado por el enfrentamiento constante, la crispación parlamentaria y la batalla narrativa en redes sociales.
Sin embargo, una de las críticas más repetidas tras el discurso fue la ausencia de referencias explícitas a los escándalos de corrupción que ocupan titulares desde hace meses.
Diversos medios de comunicación han informado de investigaciones judiciales abiertas, imputaciones y causas en instrucción que afectan a distintos niveles de la administración y del entorno político.
Para un sector de la ciudadanía, el silencio del rey sobre estos asuntos fue visto como una oportunidad perdida para reforzar el mensaje de ejemplaridad y defensa del Estado de derecho.
Desde una perspectiva institucional, hay que recordar que el papel constitucional del monarca es limitado.
El rey reina, pero no gobierna, y su función es arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones.
Esta realidad jurídica explica, en parte, el tono contenido y generalista de sus discursos.
Aun así, no son pocos los que consideran que, precisamente por su posición simbólica, Felipe VI podría haber hecho una mención más clara a la importancia de respetar la independencia judicial, apoyar a las fuerzas de seguridad y garantizar que la ley se aplique sin excepciones.
El debate se intensificó al comparar este mensaje con otros discursos históricos de la Corona, como el pronunciado el 3 de octubre de 2017 tras el referéndum ilegal en Cataluña.
En aquella ocasión, el rey fue percibido por amplios sectores como firme y directo, lo que le valió un notable aumento de apoyo popular, pero también duras críticas desde ámbitos políticos concretos.
Desde entonces, su estilo comunicativo ha evolucionado hacia una mayor cautela, posiblemente con el objetivo de preservar la estabilidad institucional y evitar una mayor fractura social.
Otro de los ejes del discurso fue la apelación a la tolerancia y al respeto en el debate democrático.
Felipe VI recordó que, en democracia, las ideas propias no pueden convertirse en dogmas ni las ajenas en amenazas.
Esta frase fue destacada incluso por algunos de sus críticos como uno de los pasajes más valiosos del mensaje.
En un tiempo en el que el disenso suele traducirse en etiquetas, descalificaciones personales y cancelación social, la llamada al diálogo y a la renuncia mutua resonó como un recordatorio necesario.
No obstante, para quienes mantienen una visión muy crítica de la actual situación política, estas palabras resultan insuficientes si no van acompañadas de una denuncia clara de lo que consideran una degradación institucional.
Desde esta óptica, se acusa al Gobierno de concentrar poder, de presionar a las instituciones y de utilizar el discurso del miedo al extremismo para deslegitimar cualquier oposición.
Estas opiniones, ampliamente difundidas en redes sociales y canales alternativos, encuentran eco en una parte del electorado que se siente huérfano de referentes institucionales.
La figura del rey, en este contexto, se convierte en un símbolo sobre el que se proyectan expectativas muy distintas.
Para unos, debe ser un garante absoluto de la unidad y de la legalidad, incluso a riesgo de confrontar con el Ejecutivo.
Para otros, su papel debe limitarse estrictamente a la neutralidad, evitando cualquier intervención que pueda interpretarse como política.
Esta tensión no es nueva, pero se acentúa en momentos de crisis de confianza como el actual.
También ha generado debate la referencia constante del monarca a la Unión Europea y a los organismos internacionales.
Mientras que una parte de la sociedad valora esta alineación como una garantía de estabilidad, cooperación y modernidad, otra la percibe como una cesión excesiva de soberanía y capacidad de decisión.
Las políticas comunitarias en materia energética, medioambiental o económica son objeto de críticas crecientes, especialmente en zonas rurales y entre sectores productivos que se sienten perjudicados.
El discurso navideño, en definitiva, ha funcionado como un espejo de la España actual: una sociedad dividida, con visiones muy distintas sobre el rumbo del país y sobre el papel que deben jugar sus instituciones.
Felipe VI optó por un mensaje integrador, centrado en valores generales y en la defensa del marco democrático existente.
Esa elección, legítima desde el punto de vista constitucional, no ha evitado que surjan voces que le reclaman mayor valentía y claridad ante los problemas concretos que preocupan a los ciudadanos.
La comparación con otras monarquías europeas, como la británica, también aparece de forma recurrente en el debate público.
En Reino Unido, la institución monárquica goza de un arraigo histórico y emocional distinto, fruto de siglos de continuidad y de una relación diferente entre Corona y ciudadanía.
En España, la monarquía sigue arrastrando el peso de su historia reciente y de las controversias que afectaron al reinado anterior, lo que obliga a Felipe VI a moverse en un terreno mucho más delicado.
A pesar de las críticas, las encuestas siguen mostrando que el rey mantiene un nivel de apoyo significativo, especialmente entre quienes valoran su papel como factor de estabilidad frente a la fragmentación política.
No obstante, ese apoyo no es incondicional y depende, en gran medida, de la percepción de que la Corona actúa en defensa del interés general y no como un mero elemento decorativo del sistema.
El mensaje de Navidad de este año deja, por tanto, una sensación ambivalente.
Para algunos, fue un discurso correcto, institucional y coherente con las funciones del jefe del Estado.
Para otros, resultó decepcionante, falto de referencias claras a los problemas más graves del país y excesivamente alineado con el statu quo.
Esta dualidad refleja una realidad más profunda: la necesidad de recuperar la confianza ciudadana en las instituciones, algo que no se logra solo con palabras, sino con hechos, transparencia y una percepción real de justicia y equidad.
En última instancia, el debate sobre el discurso del rey es también un debate sobre el modelo de país que los españoles desean.
Un país donde las instituciones sean fuertes, creíbles y cercanas, donde el pluralismo no sea sinónimo de enfrentamiento y donde la crítica pueda expresarse sin miedo ni descalificaciones.
Felipe VI ha elegido un camino de prudencia y moderación. El tiempo dirá si esa estrategia refuerza la Corona o si, por el contrario, alimenta la sensación de distancia entre la institución y una ciudadanía cada vez más exigente y crítica.
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