Juan del Val, sin pelos en la lengua, se dirige contra Jordi Évole tras su dardo al Premio Planeta y le califica así.

 

 

Juan del Val ha respondido sin nombrarle a su compañero de Atresmedia Jordi Évole quien, como otros muchos rostros conocidos, criticaron su Premio Planeta.

 

 

 

 

Tres meses después de que se anunciara el Premio Planeta 2025, el nombre de Juan del Val sigue generando debate, incomodidad y, sobre todo, una conversación que va mucho más allá de la literatura.

 

No es habitual que un galardón con más de setenta años de historia siga ocupando espacio en la agenda mediática tanto tiempo después de su entrega. Pero este no ha sido un Planeta cualquiera.

 

Desde el primer momento, la concesión del premio a Vera, una historia de amor despertó suspicacias, críticas abiertas y un murmullo persistente que nunca llegó a apagarse.

 

Juan del Val no es un autor desconocido que emerge de la nada. Es un rostro habitual de la televisión, colaborador en programas de máxima audiencia, marido de una de las presentadoras más populares del país y una figura mediática con opiniones claras y, a menudo, polémicas.

 

Precisamente por eso, para una parte del mundo cultural, su victoria resultó difícil de digerir.

 

No tanto por la novela en sí, sino por lo que representa su figura en el ecosistema mediático español.

 

El eterno debate entre popularidad y prestigio, entre industria cultural y “alta literatura”, volvió a estallar con fuerza.

 

Las críticas no tardaron en llegar. Algunas se centraron en el estilo de la novela, otras en su contenido, otras directamente en el propio autor y en lo que muchos consideran una confusión interesada entre éxito comercial y valor literario.

 

En ese contexto, Jordi Évole decidió dedicarle un artículo de opinión en La Vanguardia, utilizando la ironía como arma principal.

 

No fue una crítica literaria al uso, sino un texto cargado de sarcasmo político y cultural, en el que el Planeta aparecía como un símbolo más de un mundo que, según el periodista, parece caminar hacia lo absurdo.

 

Évole escribía en noviembre, en plena resaca informativa tras la victoria de Donald Trump y en un momento de gran agitación internacional.

 

En ese artículo, mezclaba la actualidad política con la concesión del premio a Juan del Val, construyendo un relato provocador en el que todo parecía formar parte de un mismo escenario distorsionado.

 

Trump, María Corina Machado, Juan del Val. Nombres distintos unidos por una sensación compartida: la de que el mundo avanza en una dirección que muchos no reconocen como propia.

 

El texto tuvo repercusión inmediata. Fue leído, compartido y comentado dentro y fuera de las redes sociales.

 

Para algunos, se trataba de una reflexión brillante y mordaz. Para otros, de un ataque injusto y elitista.

 

Lo que pocos imaginaban es que, dos meses después, Juan del Val decidiría responder de manera directa, pública y sin apenas filtros.

 

El 7 de enero, el escritor publicó un largo mensaje en su cuenta de Instagram. No fue una respuesta improvisada ni una reacción en caliente.

 

El tono del texto, cuidadosamente construido, dejaba claro que llevaba tiempo reflexionando sobre lo ocurrido.

 

El punto de partida no fue la defensa de su novela ni del Premio Planeta como institución, sino algo mucho más personal: el agradecimiento irónico a todos aquellos que, según él, habían contribuido al éxito de Vera, una historia de amor con sus críticas.

 

 

Desde las primeras líneas, Juan del Val marcó territorio. Habló de su sonrisa, de la imposibilidad de ocultar la satisfacción y de la necesidad de agradecer a quienes lo pusieron “en el punto de mira”.

 

Reivindicó la libertad de expresión de sus detractores, pero lo hizo desde una posición de superioridad evidente, utilizando el sarcasmo como herramienta defensiva y ofensiva a la vez. No era un mensaje conciliador. Era un ajuste de cuentas.

 

 

El escritor aseguró no tener nada personal contra quienes lo habían criticado. Según su versión, todas esas opiniones respondían a una causa noble: la defensa de la “verdadera literatura”.

 

Y es ahí donde su texto empezó a tensarse. Porque, al reproducir ese argumento, lo llevó al extremo, caricaturizando a sus críticos como guardianes de una supuesta pureza intelectual, convencidos de que el público lector necesita ser guiado lejos de “noveluchas” compradas por “señoras ignorantes”.

 

Ese fragmento fue uno de los más comentados. Para algunos, una provocación innecesaria.

 

Para otros, un espejo incómodo de cierto clasismo cultural que sigue presente en el debate literario español.

 

Juan del Val no se limitó a defenderse; atacó frontalmente el tono condescendiente que, según él, domina buena parte de la crítica cultural cuando un producto tiene éxito comercial.

 

Sin citar nombres, el escritor lanzó dardos muy concretos. La alusión a “presentadores con un chándal impostado con ‘Lo de…’ de ser de barrio” fue interpretada de inmediato como una referencia directa a Jordi Évole y a su programa.

 

La crítica iba más allá de lo profesional y entraba en el terreno personal, cuestionando la autenticidad de una imagen pública construida, según Del Val, para obtener el aplauso fácil.

 

El texto no se detuvo ahí. Juan del Val amplió el foco y repartió críticas a diestro y siniestro.

 

Políticos “revueltosillos”, escritores frustrados, profesores de filosofía amargados, libreras ofendidas, feministas “de pose”, opinadores condescendientes, podcasters aleccionadores y tuiteros que presumen de leer a Proust mientras cometen faltas de ortografía. La enumeración fue larga, mordaz y deliberadamente exagerada.

 

 

Más allá del tono, el mensaje dejaba entrever una herida profunda. La sensación de haber sido juzgado no por su obra, sino por su identidad mediática.

 

Por su relación con la televisión, por su matrimonio, por su visibilidad. En el fondo, la respuesta de Juan del Val hablaba de algo que muchos creadores sienten pero pocos expresan con tanta crudeza: el cansancio ante una élite cultural que decide quién merece reconocimiento y quién no, independientemente del respaldo del público.

 

 

El cierre del mensaje fue tan contundente como el resto del texto. “Seguid ladrando”, escribió, advirtiendo del peligro de la bilis acumulada.

 

Una frase que resume bien el espíritu de todo el post: desafío, ironía y una clara voluntad de no pedir perdón por el éxito alcanzado.

 

La reacción no se hizo esperar. Las redes sociales volvieron a dividirse. Hubo quienes aplaudieron la valentía del escritor por responder sin complejos.

 

Otros consideraron el mensaje arrogante, agresivo e innecesario. Algunos lamentaron que el debate literario se transformara en un intercambio de descalificaciones personales.

 

Pero, de nuevo, el nombre de Juan del Val estaba en boca de todos. Y eso, en un ecosistema mediático saturado, no es poca cosa.

 

Este episodio revela mucho más que una simple disputa entre un escritor y un periodista.

 

Expone una fractura profunda en la cultura española contemporánea. La tensión constante entre lo popular y lo prestigioso.

 

Entre la literatura que vende y la literatura que recibe premios simbólicos. Entre quienes creen que el éxito de masas es sospechoso y quienes defienden que conectar con miles de lectores también es un mérito.

 

El Premio Planeta siempre ha vivido en esa frontera incómoda. Es, al mismo tiempo, uno de los galardones mejor dotados del mundo y uno de los más cuestionados por determinados sectores intelectuales.

 

Cada año, la misma discusión. Pero en 2025, el debate se personalizó como pocas veces. Y eso dice mucho del momento que atraviesa el sector cultural.

 

También dice mucho del papel de las redes sociales como escenario de ajuste de cuentas.

 

Lo que antes se resolvía en columnas, tertulias o conversaciones privadas, hoy se expone ante miles de seguidores.

 

Juan del Val eligió Instagram para responder. No una entrevista, no un artículo, no un comunicado institucional. Un post directo, personal y emocional. El medio es el mensaje.

 

Queda por ver si esta polémica tendrá recorrido a largo plazo o si se diluirá con el próximo escándalo cultural.

 

Lo que es indiscutible es que ha puesto sobre la mesa preguntas incómodas. ¿Quién decide qué es buena literatura? ¿Hasta qué punto el éxito popular invalida el reconocimiento crítico? ¿Es legítimo atacar a un autor por lo que representa más que por lo que escribe?

 

 

Mientras tanto, Vera, una historia de amor sigue vendiéndose. El Premio Planeta ya está entregado.

 

El millón de euros no va a desaparecer. Y Juan del Val, lejos de esconderse, ha decidido plantarse y hablar.

 

Gustará más o menos su tono, pero ha dejado claro que no piensa aceptar el papel de ganador silencioso.

 

En un país donde la cultura suele vivirse desde trincheras, este episodio es un reflejo fiel de nuestras contradicciones.

 

Y quizá por eso sigue dando que hablar. Porque no va solo de un libro ni de un premio.

 

Va de poder, de legitimidad, de quién tiene derecho a ocupar el centro del escenario.

 

Y, sobre todo, de cómo reaccionamos cuando ese centro no lo ocupa quien esperábamos.