Pedro Ruiz opina sobre por qué RTVE ha barrido en audiencias en Campanadas con Estopa y da en la clave.
Pedro Ruiz, actor y expresentador, se manifiesta sobre las Campanadas de RTVE con Estopa y deja una valoración inapelable.

Las Campanadas 2025-2026 no solo marcaron el inicio de un nuevo año en los relojes de millones de hogares españoles.
También certificaron un cambio profundo en las dinámicas televisivas, en los gustos de la audiencia y en la manera en que el gran público conecta con quienes le acompañan en uno de los rituales mediáticos más importantes del país.
La victoria de Chenoa y Estopa frente a Cristina Pedroche y Alberto Chicote no fue ajustada, ni discutible, ni fruto del azar: fue una victoria rotunda, simbólica y cargada de significado.
Los datos hablan con una claridad difícil de ignorar. La retransmisión de las Campanadas en La 1 alcanzó un 34% de cuota media y casi cinco millones de espectadores solo en ese canal.
En el minuto exacto de las uvas, el corazón de la noche, la cifra se disparó hasta un 36,3% de share y más de 5,8 millones de personas.
Si se suman todos los canales de RTVE, el resultado global asciende a un impresionante 40,6% de cuota y cerca de seis millones de espectadores.
No se trata de un buen dato más: es el mejor resultado de la cadena pública en este evento desde 2015, un hito que devuelve a RTVE a una posición de liderazgo incuestionable.
Mientras tanto, Antena 3 vivió la otra cara de la moneda. Cristina Pedroche y Alberto Chicote, que durante años habían reinado con comodidad y habían convertido su propuesta en un fenómeno recurrente, vieron cómo su poder de convocatoria se erosionaba de forma notable.
El programa se quedó en un 22,8% de cuota media y algo más de 3,2 millones de espectadores, cinco puntos menos que el año anterior y el peor resultado del último lustro. Incluso en el minuto clave, cuando la atención se concentra al máximo, apenas alcanzaron un 24,1% y 3,8 millones de seguidores, quedando doce puntos y casi dos millones de personas por debajo de la oferta de RTVE.
El contraste resulta aún más llamativo si se recuerda lo ocurrido solo un año antes.
En las Campanadas 2024-2025, la batalla fue casi un empate técnico: La 1 logró un 33,1% y 5,64 millones de espectadores, frente al 32,6% y 5,55 millones de Antena 3.
Cinco décimas de diferencia que anticipaban un escenario competitivo y abierto. Sin embargo, doce meses después, la balanza se ha inclinado de manera abrumadora hacia un lado, dejando claro que algo ha cambiado en el vínculo entre la audiencia y quienes la acompañan en esa noche tan simbólica.
Ese “algo” es lo que ha centrado el debate mediático y social en los días posteriores.
Muchos análisis coinciden en señalar el acierto estratégico de RTVE al elegir a Chenoa y Estopa como maestros de ceremonias.
No son presentadores profesionales ni figuras asociadas a la actualidad política o a la polémica constante.
Son artistas populares, con trayectorias consolidadas y una imagen transversal, capaces de conectar con generaciones distintas y con públicos de sensibilidades ideológicas muy diversas. En un contexto social marcado por la polarización, ese detalle no es menor.
Chenoa representa, para una gran parte del público, una historia de superación y cercanía.
Desde sus inicios en un talent show hasta su consolidación como artista y comunicadora, su figura ha evolucionado sin perder una cierta autenticidad que la audiencia percibe como real.
Estopa, por su parte, encarna algo todavía más elemental: la idea de “chavales de barrio” que, sin renunciar a sus raíces, han sabido convertirse en uno de los grupos más queridos del país.
Sus canciones forman parte de la memoria emocional de varias generaciones y su manera de expresarse huye deliberadamente del artificio.
Esa combinación de trayectorias, estilos y valores fue decisiva para que millones de personas eligieran La 1 frente a otras opciones.
No se trataba solo de ver las uvas, sino de compartir un momento con alguien que no incomodara, que no dividiera y que no generara ruido innecesario.
En ese sentido, la lectura que hizo Pedro Ruiz en redes sociales resonó con fuerza porque puso palabras a una intuición colectiva.
“Estopa son chavales de la calle. Cercanos y directos. Le ponen a todo lo que hacen proximidad.
Las campanadas les encajan”, escribió el actor y expresentador en su perfil oficial de X. Su reflexión no añadía polémica, sino contexto: explicaba por qué la elección había funcionado tan bien.
La clave de la “proximidad” es fundamental para entender el fenómeno.
Durante años, las Campanadas se habían convertido en un espectáculo cada vez más centrado en el impacto visual, en la sorpresa y en la conversación posterior en redes sociales.
Vestidos imposibles, apuestas extremas y un tono cada vez más performativo marcaron la propuesta de Antena 3, especialmente en torno a la figura de Cristina Pedroche.
Esa estrategia funcionó durante mucho tiempo, generó titulares y convirtió el evento en un fenómeno viral. Pero también fue acumulando desgaste.
Una parte de la audiencia empezó a sentir que el foco se desplazaba demasiado hacia lo accesorio y que el ritual de fin de año perdía algo de su esencia.
En lugar de sentirse acompañados, algunos espectadores percibían una distancia creciente, una sensación de espectáculo diseñado más para generar ruido que para compartir un momento colectivo.
En ese contexto, la propuesta de RTVE actuó casi como un retorno a lo básico: personas reconocibles, lenguaje sencillo, ausencia de estridencias y una atmósfera de celebración compartida.
No es casual que los mejores resultados de RTVE en Campanadas se concentren en etapas en las que la cadena apostó por figuras con un perfil similar.
La televisión pública, por su propia naturaleza, tiene la capacidad de ofrecer un espacio más transversal, menos condicionado por la necesidad constante de sorprender o polarizar.
Cuando acierta en la elección de sus rostros, el efecto se multiplica. Y en esta ocasión, el acierto fue total.
El impacto de estos datos va más allá de una simple comparación de audiencias.
Marca una tendencia que puede influir en las decisiones futuras de las cadenas y en la forma de concebir grandes eventos televisivos.
El mensaje implícito es claro: el público sigue valorando la cercanía, la autenticidad y la sensación de comunidad.
En un entorno mediático saturado de estímulos, la sencillez bien entendida puede ser más poderosa que cualquier artificio.
Para Antena 3, el resultado supone una llamada de atención. No se trata de un fracaso absoluto —sus cifras siguen siendo altas en términos generales—, pero sí de un aviso claro de que la fórmula que funcionó durante años empieza a mostrar signos de agotamiento.
La pérdida de cinco puntos en un solo año no es anecdótica, y menos aún cuando se compara con la estabilidad o el crecimiento de su principal competidor en ese mismo evento.
Desde el punto de vista del espectador, estas Campanadas dejan una sensación curiosa: la de haber asistido a algo más que una simple retransmisión televisiva.
Muchos comentarios en redes sociales coincidían en destacar la comodidad, la naturalidad y la ausencia de tensión ideológica durante la emisión de La 1. Para una noche que simboliza el cierre y el inicio, esa calma resultó especialmente atractiva.
El fenómeno también invita a una reflexión más amplia sobre el papel de la televisión generalista en la era digital.
A pesar de la fragmentación de audiencias, de las plataformas de streaming y del consumo a la carta, hay momentos que siguen convocando a millones de personas en torno a la pantalla tradicional.
Las Campanadas son uno de ellos. Precisamente por eso, el perfil de quienes las presentan adquiere una relevancia enorme: no son solo conductores de un programa, sino anfitriones simbólicos de un ritual colectivo.
RTVE supo leer ese papel y apostó por figuras que no necesitaban impostar nada. Chenoa y Estopa no intentaron ser otra cosa que lo que son, y en esa coherencia residió gran parte de su éxito.
El público percibe cuando alguien se siente cómodo en su papel, cuando no hay un personaje forzado ni una estrategia evidente detrás de cada gesto. Esa percepción genera confianza, y la confianza, en televisión, es un valor incalculable.
A medio plazo, el triunfo de estas Campanadas puede influir en la forma en que se diseñan otros eventos de gran audiencia.
La lección es clara: no siempre gana quien más ruido hace, sino quien mejor conecta con el estado emocional del público.
En tiempos de saturación informativa y de confrontación constante, ofrecer un espacio de encuentro puede ser la propuesta más innovadora.
En definitiva, las Campanadas 2025-2026 pasaran a la historia no solo por sus cifras récord, sino por lo que simbolizan.
Representan el retorno de RTVE al liderazgo en una de las noches más importantes del año y, sobre todo, confirman que la cercanía, la naturalidad y la ausencia de polarización siguen siendo ingredientes poderosos.
El comentario de Pedro Ruiz no fue una ocurrencia aislada, sino la síntesis de una verdad que millones de espectadores intuyeron al cambiar de canal: a veces, lo que más se agradece es sentirse en casa.
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