Los WhatsApp de Mazón: evidencia de la falta de humanidad, la indecencia y el desprecio a las víctimas de la DANA de Feijóo.

 

 

 

Feijóo, con una falta de humanidad digna de estudio, ni siquiera ha sido capaz de respetar a las familias de las víctimas en Nochebuena.

 

 

 

 

La Nochebuena suele ser, incluso en los años difíciles, un refugio simbólico. Una pausa.

 

Un espacio íntimo en el que el ruido del mundo se atenúa y la vida se reduce a lo esencial: una mesa, unas sillas, unas personas queridas.

 

Pero para las familias de las víctimas de la DANA, esa noche no tuvo nada de refugio.

 

Fue, probablemente, una de las más duras desde que el agua arrasó con todo y se llevó por delante 230 vidas.

 

Y, sin embargo, en ese contexto de duelo extremo, el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, decidió filtrar a varios medios los mensajes que el entonces president de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, le envió el día de la tragedia.

 

 

No fue un gesto inocente ni casual. No fue una coincidencia de calendario.

 

Fue una decisión consciente tomada en uno de los días más sensibles del año, cuando el país entero baja la guardia informativa y cuando las familias que han perdido a alguien intentan, como pueden, recomponerse para sobrevivir emocionalmente a la ausencia.

 

Filtrar esos mensajes en Nochebuena no es solo una maniobra política cuestionable; es un acto que muchas víctimas y familiares describen sin rodeos como una muestra de falta de humanidad, de indecencia y de desprecio.

 

 

Mientras esos mensajes empezaban a circular entre redacciones, Rosa Álvarez miraba un hueco imposible de llenar: el que había dejado su padre.

 

Dolores se sentaba a la mesa con tres sillas vacías, las de su marido y sus dos hijos.

 

Los padres de Hui pasaban la noche más familiar del año sin su niña de once años.

 

Toñi afrontaba su segunda Nochebuena tras perder a su marido y a su única hija.

 

Y como ellas, más de doscientas familias trataban de atravesar una velada marcada por el silencio, por el dolor y por una ausencia que no se atenúa con luces ni villancicos.

 

Hablar de política en abstracto es sencillo. Hablar de estrategia, de relato, de tiempos mediáticos, también.

 

Pero cuando se desciende al terreno de las víctimas, todo cambia. Porque no estamos ante un debate ideológico ni ante un cruce de declaraciones, sino ante personas reales que cargan con un duelo permanente.

 

 

Personas que, en esa noche concreta, hicieron un esfuerzo sobrehumano por sentarse a la mesa, por sonreír si podían, por no romperse del todo delante de los suyos.

 

 

Imaginen por un momento esa escena. Imaginen el nudo en la garganta, las manos temblando al servir la cena, la mirada que se va inevitablemente hacia la silla vacía.

 

 

Imaginen los móviles vibrando en mitad de esa cena frágil, cuando apenas media hora después del discurso de Felipe VI empiezan a llegar notificaciones, mensajes, titulares.

 

Y en ellos, el nombre de Feijóo, el nombre de Mazón, y unas conversaciones privadas filtradas en el peor momento posible.

 

 

El impacto emocional de ese gesto es difícil de describir. No es rabia política; es dolor humano. Es la sensación de que ni siquiera en Nochebuena se respeta el duelo.

 

 

De que el sufrimiento de las víctimas se convierte en daño colateral de una estrategia diseñada para protegerse políticamente o para reescribir un relato que hace tiempo empezó a resquebrajarse.

 

 

Las palabras de Rosa Álvarez, una de las portavoces de las familias, resumen con una claridad devastadora lo que muchas sienten: “El maltrato a las familias no tiene tregua.

 

 

¿No había otro día para entregar esos WhatsApp? Por cierto, unidireccionales, solo lo que Mazón le escribió a él.

 

 

No necesitamos contexto, necesitamos verdades. Y esas verdades solo las podremos obtener con la conversación completa”.

 

 

Rosa no habla como analista ni como militante; habla como hija que ha perdido a su padre.

 

 

Y añade algo todavía más duro: “Buscaba que no tuviera trascendencia mediática. Buscaba hacer daño a las familias. Si buscaba eso último, desde luego lo ha conseguido”.

 

 

Ese detalle es clave. No se entregó la conversación completa. Solo los mensajes que Mazón envió a Feijóo.

 

No se conocieron las respuestas del líder del PP. No se supo qué dijo, qué aconsejó, qué preguntó o qué decidió.

 

Esa selección parcial no es neutra. Construye un relato incompleto y, precisamente por eso, sospechoso.

 

Las familias no reclaman espectáculo ni filtraciones interesadas; reclaman la verdad completa, sin cortes ni filtros.

 

 

A lo largo del último año, el Partido Popular ha sostenido una línea política basada en la idea del abandono por parte del Gobierno central durante la DANA.

 

 

Sin embargo, los propios mensajes filtrados contradicen ese discurso.

 

En ellos, Mazón reconoce que tienen “todo lo que necesitan”, incluida la UME, y que ha hablado con Pedro Sánchez, con Margarita Robles y con Fernando Grande-Marlaska.

 

 

Esa contradicción es grave desde el punto de vista político, pero lo es todavía más desde el punto de vista humano, porque implica que durante meses se ha utilizado el dolor de las víctimas como munición en una guerra de relatos.

 

 

Quien escribe estas líneas ha hablado con familiares de víctimas. No con titulares, no con discursos, sino con personas. Y todas coinciden en algo: el cansancio.

 

 

El agotamiento de ver cómo cada paso que se da parece orientado a minimizar responsabilidades, a retrasar la verdad o a administrar la información en función del cálculo político.

 

La filtración en Nochebuena no se vivió como un trámite judicial, sino como una agresión emocional.

 

 

Un líder político que aspira a gobernar un país tiene obligaciones que van más allá de la ley. Tiene una responsabilidad ética.

 

Y una de las más básicas es no humillar a las víctimas, no pisar su dolor, no elegir el momento más cruel para mover ficha.

 

La política no puede ser una coartada para perder la humanidad.

 

 

Feijóo tiene aún margen para rectificar. Las familias se lo han pedido con una dignidad que contrasta con la frialdad de los gestos políticos.

 

 

Entregar la conversación completa, sin recortes. Comparecer ante la jueza de Catarroja de manera presencial.

 

Mirar de frente a lo ocurrido y asumir las consecuencias. No esconderse en un despacho ni detrás de comunicados medidos al milímetro.

 

 

No se trata de ganar un relato ni de salvar una carrera política. Se trata de algo mucho más básico y más profundo: de respeto.

 

Respeto a Rosa, a Dolores, a Toñi, a los padres de Hui y a las más de 200 familias que viven con una ausencia permanente.

 

Respeto a quienes no pudieron brindar en Nochebuena porque les faltaba alguien irremplazable. Respeto a la verdad, aunque sea incómoda.

 

 

La DANA no es solo una tragedia natural; es también una prueba moral para la clase política.

 

Y esa prueba no se supera con filtraciones estratégicas ni con silencios calculados, sino con verdad, responsabilidad y humanidad.

 

En Nochebuena, esas tres cosas brillaron por su ausencia. Aún hay tiempo de recuperarlas, pero el tiempo, para las víctimas, hace mucho que dejó de ser un aliado

 

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