Manu Pascual rompe su silencio tras el bote de ‘Pasapalabra’ y hace ruido con sus palabras sobre Hacienda.
Manu Pascual habla claro de cómo se siente ante la victoria de Rosa Rodríguez y valora la norma de ‘Pasapalabra’ que le obliga a abandonar el concurso.

Durante más de dos años, cada tarde, millones de personas encendían la televisión con una pregunta rondando la cabeza: ¿será hoy el día? El Rosco giraba, el tiempo corría, el silencio se hacía espeso y dos nombres se repetían como un mantra en la historia reciente de Pasapalabra: Manu Pascual y Rosa Rodríguez.
Uno frente al otro durante 307 programas. Dos mentes brillantes, dos estilos distintos y una tensión que fue creciendo hasta convertirse en leyenda televisiva.
Y cuando finalmente cayó el mayor bote de la historia del concurso, 2.716.000 euros, no solo se cerró una etapa del programa, también se abrió un debate que todavía hoy sigue ardiendo.
Manu Pascual perdió. O, al menos, eso dicen los titulares. Pero basta con escucharle unos minutos para entender que la palabra “derrota” se queda corta, o quizá directamente no encaja.
Días después de abandonar el programa, el psicólogo madrileño ha hablado con El Español y su discurso ha sorprendido a muchos por su serenidad, su lucidez y, sobre todo, por una frase que resume toda su filosofía: “Es un dinero que nunca ha sido mío. No lo he perdido porque nunca fue mío”.
No hay rencor, no hay reproches, no hay victimismo. Solo una lectura madura de lo que ha vivido. Porque Manu Pascual no fue un concursante más.
Pulverizó el récord de permanencia con más de 400 programas, se convirtió en uno de los rostros más reconocibles del concurso y sostuvo durante meses un duelo intelectual que mantuvo en vilo a la audiencia. Su salida no fue una caída estrepitosa, sino el final lógico de una etapa extraordinaria.
Lejos de quedarse únicamente con la imagen del bote que se le escapó a escasos segundos, Manu prefiere mirar el recorrido completo.
Y ahí los números también hablan. A lo largo de casi dos años en Pasapalabra, fue acumulando premio tras premio hasta alcanzar una cifra nada despreciable: 270.600 euros brutos.
Una cantidad que, aunque quede eclipsada por los más de dos millones de Rosa Rodríguez, representa una recompensa real por constancia, estudio y sangre fría.
Eso sí, la alegría no llega íntegra. Como ocurre con todos los grandes premios televisivos, Hacienda también juega su partida.
En el caso de Manu Pascual, el golpe fiscal es considerable: 105.643,60 euros se irán en impuestos, sumando el tipo estatal del 20,6% y el autonómico del 18,8%.
El resultado final es que el concursante se quedará con 164.956,4 euros netos. Una cifra que sigue siendo importante, pero que abre inevitablemente el debate sobre la tributación de este tipo de premios.
Y Manu no esquiva la cuestión. Al contrario, la afronta con claridad. Reconoce que cuando decides participar en un concurso sabes perfectamente a qué atenerte, pero no deja de señalar una contradicción que muchos comparten en silencio:
“Que se tribute más un premio que te has ganado estudiando que, por ejemplo, la lotería quizá no es lo más igualitario”.
Una reflexión que no va dirigida contra el programa ni contra la ganadora, sino contra un sistema que, en su opinión, no siempre mide del mismo modo el esfuerzo y el azar.
Aun así, no hay amargura. Manu Pascual tiene muy claro qué hará con el dinero que ha ganado.
Y su respuesta encaja perfectamente con el perfil que ha mostrado durante todo el concurso.
No habla de coches de lujo ni de grandes excesos. Habla de educación. De seguir formándose.
De invertir en su carrera como psicólogo. “Quiero hacer más másteres relacionados con lo mío y, lamentablemente, cuestan mucho dinero”, explica.
El resto se repartirá entre algún viaje como capricho personal y el ahorro, porque, como él mismo reconoce, “la vida está muy dura”.
Ese discurso conecta con una parte importante de la audiencia que ha visto en Manu algo más que un concursante brillante.
Ha sido, para muchos, un ejemplo de disciplina y constancia. Alguien que demostraba que detrás de cada respuesta correcta hay horas de estudio, sacrificio y preparación mental. Por eso, su salida generó tanta conversación como la victoria de Rosa Rodríguez.
Precisamente sobre ella, Manu se muestra respetuoso y coherente. No siente que su triunfo sea una pérdida propia.
No hay comparación ni competencia fuera del plató. Cada uno ha recorrido su camino y Rosa, con sangre fría y precisión, logró completar el Rosco cuando tocaba. Punto final.
En medio de todo este revuelo, también ha surgido otro debate que Manu aborda sin rodeos: el de las normas del concurso.
En concreto, la regla que obliga a abandonar Pasapalabra tras un determinado número de programas, una norma pensada para renovar caras y evitar que el formato se eternice con los mismos concursantes.
Lejos de criticarla, Manu la defiende con contundencia. “La veo justa”, afirma. Incluso reconoce que, de no existir, probablemente él mismo no habría tenido la oportunidad de entrar, porque antes podría haber seguido Orestes Barbero indefinidamente.
Esa visión demuestra que Manu no habla solo como concursante, sino también como espectador. Entiende que la televisión necesita dinamismo, renovación y nuevas historias.
Aunque confiesa que, por él, habría seguido concursando todo el tiempo posible, acepta la norma como parte natural del formato.
En esa misma línea, se alinea con las recientes declaraciones de Orestes Barbero sobre la necesidad de actualizar los premios diarios del programa conforme al IPC actual.
La reflexión es sencilla, pero contundente: lo que se podía hacer con 1.200 euros en 2007 no es lo mismo que se puede hacer ahora.
El coste de la vida ha cambiado, y quizá los concursos también deberían adaptarse a esa realidad. No es una queja, sino una propuesta lanzada desde la experiencia.
La historia de Manu Pascual en Pasapalabra no se entiende solo desde los números. Se entiende desde la constancia, desde la forma de perder y desde la capacidad de relativizar el éxito económico.
En un contexto mediático donde a menudo se magnifica el premio final y se olvida el proceso, su discurso aporta una perspectiva distinta, más humana.
Mientras Rosa Rodríguez disfruta de su histórico bote y gestiona una exposición mediática enorme, Manu ha optado por un perfil más bajo, centrado en cerrar una etapa con gratitud y seguir adelante. No hay ruido, no hay polémica innecesaria, no hay reproches cruzados. Solo una reflexión pausada sobre lo vivido.
Y quizá ahí esté la verdadera lección de esta historia. Pasapalabra no es solo un concurso de palabras.
Es un escaparate de actitudes. De cómo se gana y de cómo se pierde. De cómo se celebra y de cómo se acepta.
Manu Pascual ha demostrado que se puede salir por la puerta grande incluso sin llevarse el bote. Que se puede convertir una “derrota” en un relato de coherencia y madurez.
Ahora, con el plató ya lejos y el Rosco girando para nuevos concursantes, queda el recuerdo de un duelo histórico y de un concursante que entendió el juego en todas sus dimensiones.
Quizá por eso, más allá de cifras, impuestos y récords, Manu Pascual ya ha ganado algo que no se mide en euros: el respeto y el cariño de una audiencia que lo acompañó durante casi dos años y que difícilmente lo olvidará.
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