Marta Flich deja una frase atronadora a Rosa Belmonte tras atacar a Santaolalla y Adela González le da la puntilla.
Marta Flich y Adela González, presentadoras de RTVE, muestran su solidaridad con Sarah Santaolalla tras el ataque machista de Rosa Belmonte en ‘El Hormiguero’.

Hay frases que no duran ni tres segundos en antena, pero que dejan una resaca mediática de días.
Comentarios que, pronunciados en tono de tertulia distendida, acaban convirtiéndose en símbolo de algo mucho más profundo.
Esta semana, El Hormiguero ha vuelto a situarse en el centro de la conversación pública, no por una entrevista internacional ni por uno de sus experimentos virales, sino por una frase que ha encendido un debate incómodo sobre machismo, responsabilidad mediática y complicidad en plató.
Todo ocurrió en la tertulia política de los martes. El contexto era aparentemente rutinario: análisis de actualidad, comentarios sobre declaraciones recientes y el habitual cruce de opiniones entre colaboradores.
En esta ocasión, el foco estaba en Felipe González, quien en una intervención pública en el Ateneo de Madrid volvió a criticar a Pedro Sánchez y aseguró que, si hoy hubiera elecciones, votaría en blanco al no sentirse representado por el PSOE actual.
Pablo Motos mencionó que había visto en televisión a una tertuliana calificar de “traidor” al expresidente.
No dijo el nombre, pero quienes siguen la actualidad sabían que se refería a Sarah Santaolalla, analista política habitual en programas como En boca de todos.
Hasta ahí, nada extraordinario. Pero la conversación dio un giro abrupto cuando Rosa Belmonte lanzó una pregunta que desató la tormenta: “¿Esa que es mitad tonta, mitad tetas?”.
La frase quedó suspendida en el aire. En el plató hubo risas. No hubo corrección inmediata. No hubo un “eso no”. No hubo matiz.
Belmonte añadió después que se trataba de una frase tomada de la serie La maravillosa señora Maisel, intentando contextualizarla como una referencia cultural.
Pero el comentario ya estaba hecho, y el contexto ya era otro: no ficción, no guion, no personaje. Una persona real, con nombre y trayectoria profesional.
La reacción en redes sociales fue inmediata y masiva. En cuestión de minutos, el vídeo del momento circulaba por X, Instagram y otras plataformas.
La crítica no solo apuntaba a la autora del comentario, sino también al programa y al ambiente que permitió que la frase pasara sin reproche en directo.
El debate se centró en varios frentes.
Primero, el contenido del comentario. Reducir a una analista política a una combinación de supuesta falta de inteligencia y atributos físicos fue interpretado por muchos como un ataque machista clásico: desacreditar a una mujer no por sus argumentos, sino por su cuerpo.
Segundo, la reacción en plató. Pablo Motos no solo no interrumpió el comentario, sino que sonrió.
También lo hicieron otros tertulianos presentes como Rubén Amón y Juan del Val. Para buena parte del público, esa risa fue leída como validación.
Tercero, la justificación posterior. La referencia a una serie de ficción no convenció a gran parte de la audiencia.
Porque una cosa es citar un diálogo en un contexto narrativo, y otra muy distinta aplicarlo directamente a una profesional concreta en un programa de máxima audiencia.
En medio de la polémica, varias figuras del panorama televisivo decidieron posicionarse públicamente.
Marta Flich, presentadora de Directo al grano en RTVE, lanzó una frase que resonó con fuerza: “Las mujeres machistas tristemente puntúan doble dentro del machismo”.
Con esa sentencia, Flich apuntaba a un debate delicado pero necesario: el machismo no desaparece por el hecho de que quien lo pronuncie sea mujer. El contenido del mensaje es lo que define su naturaleza.
Adela González, presentadora de Mañaneros 360, también expresó su apoyo a Sarah Santaolalla. Además de enviarle un abrazo público, cuestionó directamente la excusa de la referencia televisiva.
“Me temo que no cuela lo de que ‘es una frase de…’”, escribió, dejando claro que, en su opinión, la explicación no atenúa la gravedad del comentario.
El episodio ha reabierto un debate que la televisión española arrastra desde hace años: ¿dónde está el límite entre la ironía, el humor y el desprecio?
Las tertulias políticas han ido endureciendo su tono con el tiempo. La confrontación genera audiencia. La frase afilada se comparte más que el análisis sosegado. En ese ecosistema, el riesgo de cruzar líneas es mayor.
Pero también lo es la vigilancia pública.
Hoy, cada segundo de emisión puede convertirse en clip viral. Y cada clip puede desencadenar una conversación nacional. La audiencia ya no es pasiva. Evalúa, comenta y exige responsabilidades casi en tiempo real.
En este caso, el foco no solo está en el comentario aislado, sino en lo que simboliza. Durante décadas, las mujeres en espacios de análisis político han tenido que demostrar constantemente su competencia en un entorno históricamente dominado por hombres.
Comentarios que mezclan apariencia física y capacidad intelectual no son nuevos, pero cada vez generan menos tolerancia social.
El hecho de que Sarah Santaolalla participe activamente en varios espacios de debate político en diferentes cadenas demuestra que su perfil profesional está consolidado.
El ataque no fue a una figura ajena al análisis, sino a una tertuliana habitual en el panorama mediático.
Otro elemento clave es la dimensión del programa donde ocurrió. El Hormiguero es uno de los formatos más vistos del prime time español. Su alcance es masivo. Y con ese alcance viene una responsabilidad proporcional.
La ausencia de una corrección en directo ha sido uno de los puntos más criticados. En otros momentos polémicos de la televisión reciente, las rectificaciones inmediatas han servido para amortiguar el impacto. Aquí, el silencio inicial amplificó la sensación de normalización.
La conversación pública posterior también ha dejado en evidencia la polarización mediática.
Mientras una parte del público exige una disculpa formal, otra considera que la reacción ha sido exagerada y que el comentario debe entenderse en clave de humor.
Ese choque de percepciones es parte del momento cultural actual.
Sin embargo, hay un dato objetivo: el debate sobre igualdad en los medios no es accesorio. Es estructural.
Las cadenas han adoptado en los últimos años códigos de conducta y protocolos de sensibilidad precisamente para evitar que expresiones discriminatorias se normalicen.
Este episodio pone a prueba esos compromisos.
Más allá de las posturas individuales, la pregunta de fondo es qué tipo de conversación pública queremos.
Si la descalificación física puede formar parte del arsenal retórico en un debate político o si ese tipo de recurso pertenece a un pasado que se intenta dejar atrás.
La frase de Marta Flich sobre el “doble puntaje” dentro del machismo apunta a una realidad incómoda: cuando el ataque proviene de otra mujer, el impacto simbólico puede ser aún mayor, porque rompe la expectativa de sororidad o, al menos, de respeto compartido frente a estereotipos históricos.
Por su parte, la reacción de Adela González subraya otra idea: el contexto importa. No todo puede escudarse en la ficción cuando el destinatario es real y la audiencia es masiva.
El caso seguirá generando titulares en los próximos días. Y probablemente marcará un antes y un después en cómo se gestionan comentarios similares en directo.
La televisión en vivo siempre será terreno de riesgo. La espontaneidad es parte de su atractivo. Pero la espontaneidad no elimina la responsabilidad.
En una era donde cada palabra puede convertirse en tendencia, el margen de error es cada vez más estrecho. Y la sensibilidad social frente al machismo, también.
La polémica de El Hormiguero no es solo una anécdota viral. Es un reflejo de una conversación más amplia sobre igualdad, respeto y límites en el espacio público.
Y esa conversación, lejos de apagarse, apenas empieza.
News
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