Miguel Ríos defiende la integridad de García Ortiz y critica la escena de su condena: “El NO-DO”.
El músico denuncia el “retroceso” que percibe en la imagen pública del proceso contra el exfiscal general, mientras el Gobierno acelera el relevo y propone a Teresa Peramato como nueva fiscal general.

La escena de la condena al exfiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, ha dejado una huella profunda en el debate público español.
No solo por las consecuencias jurídicas y políticas que ha desencadenado, sino por el clima de desconfianza, ruido mediático y regresión estética que ha impregnado todo el proceso.
Miguel Ríos, leyenda viva del rock español y voz respetada en los grandes debates sociales, ha decidido romper su habitual discreción para intervenir en La noche 24 Horas de RTVE y poner palabras a una inquietud que recorre el país: ¿Estamos asistiendo a un retroceso democrático? ¿Qué imagen proyectan nuestras instituciones en un momento crítico para la credibilidad nacional?
“Me afecta mucho lo del exfiscal”, confesó Miguel Ríos ante Xabier Fortes. Pero su reflexión fue mucho más allá de la empatía personal.
“Me parecía que estaba viendo el NO-DO”, sentenció, evocando el noticiario oficialista de la dictadura franquista, símbolo de una España anticuada, controlada y ajena a los valores democráticos modernos.
La referencia no fue casual ni superficial: Ríos describió la escena pública de la condena como carente de “peso de modernidad”, impregnada de un “aire antiguo” que, en su opinión, devuelve al país a dinámicas y estéticas que deberían pertenecer al pasado.
La imagen del fiscal general defendiendo su actuación, rodeado de tensión mediática y acusaciones cruzadas, le resultó “realmente dramática”.
Ríos, con su habitual sensibilidad social, vio en García Ortiz a “un hombre bueno defendiéndose” frente a acusadores cuya credibilidad, en sus palabras, está profundamente cuestionada.
El músico no habló del novio de Ayuso, sino de Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de la presidenta madrileña, recordando su confesión pública de haber mentido sobre el caso.
Para Ríos, ese desequilibrio moral entre acusadores y acusado es síntoma de un problema institucional más profundo.
Miguel Ríos fue claro: no mantiene una amistad personal con García Ortiz, pero sí lo conoce lo suficiente como para valorar su integridad.
“Me pareció siempre un tipo de ejemplaridad y elegancia inusitada”, afirmó, subrayando que su defensa no responde a intereses partidistas, sino a una percepción cívica de la honestidad y la ética.
En tiempos de polarización, donde la sospecha y la desconfianza parecen dominar el relato, la reivindicación de la integridad es un acto de resistencia y de memoria democrática.
La condena del Tribunal Supremo —dos años de inhabilitación por revelación de secretos en el caso relacionado con Alberto González Amador— no solo ha supuesto el fin abrupto de la etapa de García Ortiz al frente de la Fiscalía General del Estado, sino que ha desencadenado un terremoto institucional cuyos ecos llegan a todos los rincones de la vida pública.
El Gobierno, consciente de la urgencia, ha propuesto a Teresa Peramato como nueva fiscal general, una figura reconocida por su especialización en violencia de género y su impulso a la modernización judicial.
La elección de Teresa Peramato, aunque relevante por su perfil y trayectoria, no fue el centro de la intervención de Ríos.
El músico prefirió analizar el clima institucional que rodea la caída de García Ortiz, insistiendo en que lo inquietante no es solo la condena, sino lo que representa: un ambiente de desconfianza, de ruido político y de aparente descoordinación entre los poderes del Estado.
La referencia al NO-DO fue un aviso sobre la regresión democrática que, según Ríos, amenaza la imagen del país y la credibilidad de sus instituciones.
En su lectura, España se enfrenta a una encrucijada: avanzar hacia una modernización institucional real o dejarse arrastrar por sombras del pasado que creíamos superadas.
La escena pública de la condena, con su carga de dramatismo y su estética anticuada, es un espejo incómodo de las tensiones y los miedos que atraviesan la sociedad española.
El músico, con su habitual lucidez, interpela a un país entero, preguntando si estamos preparados para asumir los retos de una democracia madura o si, por el contrario, seguimos prisioneros de dinámicas obsoletas.
La intervención de Miguel Ríos ha sido ampliamente comentada no solo por su contenido, sino por la valentía de un referente cultural que decide alzar la voz en un momento de incertidumbre.
Su denuncia del “NO-DO institucional” no es solo una crítica estética, sino una advertencia sobre el peligro de perder el impulso de modernidad y transparencia que debería caracterizar a una democracia consolidada.
La imagen pública del proceso contra García Ortiz, marcada por el ruido mediático, la confrontación política y la falta de claridad, pone en cuestión la capacidad de las instituciones para generar confianza y respeto.
El músico, con su mirada de largo alcance, recuerda que la credibilidad no se construye solo con leyes y sentencias, sino con gestos, símbolos y relatos que transmitan seguridad y esperanza a la ciudadanía.
El papel de la cultura en la defensa de la democracia.
Miguel Ríos, más allá de su legado musical, ha sido siempre un defensor de los valores democráticos y de la modernización social.
Su intervención en el debate sobre García Ortiz es un ejemplo de cómo la cultura puede contribuir a la reflexión colectiva, a la denuncia de las injusticias y a la defensa de la ética pública.
En tiempos de crisis institucional, la voz de los artistas y los intelectuales es imprescindible para recordar que la democracia es mucho más que un conjunto de normas: es una forma de vida, una aspiración común y una tarea permanente.
La referencia al NO-DO, lejos de ser una nostalgia, es una advertencia sobre los riesgos de la regresión y la complacencia.
Ríos invita a los ciudadanos a no conformarse, a exigir transparencia, modernidad y respeto a la dignidad de las personas.
La condena a García Ortiz, en su lectura, es un síntoma de un mal mayor: la tentación de volver a dinámicas autoritarias, de sacrificar la ética en nombre del poder y de olvidar las lecciones del pasado.
La intervención de Miguel Ríos ha abierto una pregunta incómoda que interpela a toda la sociedad española: ¿Estamos avanzando hacia una modernización institucional real o estamos regresando a estéticas y prácticas que creíamos superadas? La escena de la condena a García Ortiz, con su carga de dramatismo y su aire de NO-DO, es un recordatorio de que la democracia no es un logro irreversible, sino una conquista diaria que exige vigilancia, compromiso y valentía.
El debate sobre la credibilidad, la imagen pública y la ética institucional es más urgente que nunca.
La voz de Miguel Ríos, desde la cultura y la ciudadanía, es una invitación a no callar, a no conformarse y a seguir luchando por una España más justa, más moderna y más democrática.
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