Susana Griso pierde el control en directo y queda expuesta como una farsante.

Lo que ocurrió esta mañana en el plató de Espejo Público no fue un debate televisivo al uso.
Tampoco fue una simple confrontación de opiniones. Para muchos espectadores, lo que se vivió en directo fue algo mucho más grave: una emboscada mediática cuidadosamente diseñada, donde el ruido sustituyó al análisis y el guion se impuso a la búsqueda honesta de la verdad. Y, sin embargo, el resultado no fue el esperado por quienes creían tener el control del relato.
Desde el primer minuto, el ambiente ya estaba cargado. No se trataba solo de hablar de Venezuela, de la detención de Nicolás Maduro o de la intervención de Estados Unidos.
El plató parecía preparado para un ajuste de cuentas simbólico, donde una politóloga incómoda, Arancha Tirado, iba a ser enfrentada a un exiliado venezolano convertido en arma arrojadiza, mientras la presentadora Susanna Griso marcaba el ritmo con interrupciones constantes y un tono cada vez más tenso.
La estrategia era evidente para quien sabe leer la televisión: no dejar hablar, fragmentar el discurso, provocar el error emocional y convertir el análisis en una sucesión de titulares fáciles.
Pero algo falló. Porque cuando el debate se fuerza demasiado, cuando el grito intenta tapar al argumento, a veces ocurre lo contrario de lo que se busca. Y eso fue exactamente lo que pasó.
La intervención de la periodista venezolana Sandra Villanueva marcó un punto de inflexión inesperado.
Con una frase sencilla, desmontó uno de los mantras más repetidos en el plató: Antena 3 sí se ve en Venezuela, y sin censura.
No era una opinión. Era un dato. Y ese dato, pronunciado con calma en medio del caos, hizo tambalear una narrativa que llevaba minutos construyéndose a base de consignas.
Mientras tanto, Susanna Griso empezaba a perder el control del tempo. El programa, que pretendía exhibir una verdad única, se encontraba de pronto con una realidad más compleja, menos cómoda.
Y ahí entró Arancha Tirado, no con consignas, sino con algo mucho más peligroso en televisión: contexto, memoria histórica y derecho internacional.
Cuando Tirado calificó lo ocurrido con Maduro como un secuestro y un crimen de agresión, no lo hizo desde la provocación gratuita. Apeló directamente a conceptos jurídicos reconocidos, utilizados por tribunales y especialistas.
Recordó que el crimen de agresión está tipificado en el derecho internacional y que no depende de simpatías ideológicas, sino de hechos verificables.
Fue un golpe directo al corazón del discurso simplista que reduce Venezuela a una caricatura.
A partir de ahí, el plató se convirtió en un campo minado. Tirado puso sobre la mesa algo que incomoda profundamente a ciertos sectores mediáticos: la existencia de un pueblo chavista, de una parte de la sociedad venezolana que no encaja en el relato binario de “dictador contra pueblo oprimido”.
Recordó que Venezuela no es un bloque homogéneo y que reducirla a un solo color político es una forma de violencia simbólica.
Sus palabras incomodaron especialmente cuando señaló la hipocresía de quienes se erigen en defensores de los derechos humanos mientras justifican o minimizan genocidios como el de Gaza.
No fue una comparación ligera, sino una denuncia directa del doble rasero moral que domina buena parte del debate internacional.
En ese momento, el silencio selectivo empezó a hacerse visible.
El intercambio con Andrés Villasencio terminó de evidenciar la desigualdad del enfrentamiento.
Frente a datos, historia y análisis, Villasencio respondió con acusaciones vagas, insinuaciones sin pruebas y un tono cada vez más agresivo.
Fue uno de esos momentos incómodos que la televisión rara vez busca, pero que revelan mucho más que cualquier editorial: cuando se acaban los argumentos, empieza el insulto.
La acusación de que Tirado y otros académicos habrían cobrado del régimen de Maduro cruzó una línea peligrosa.
No se aportaron pruebas, no se citó ningún documento, no se mencionó ninguna causa judicial. Solo se lanzó la sospecha, confiando en que la mancha bastara.
La respuesta de Tirado fue demoledora precisamente por su serenidad: recordó que no es militante de Podemos, que es académica, que defiende posiciones por principios y que su conciencia está tranquila.
En televisión, esa calma suele ser más poderosa que cualquier grito.
El programa alcanzó uno de sus momentos más tensos cuando se introdujo el tema de la censura.
Se afirmó que Antena 3 estaba censurada en Venezuela y se utilizó esa idea como arma arrojadiza.
Sin embargo, las propias palabras de Maduro, recuperadas en el plató, revelaban una realidad más compleja: los venezolanos consumen información a través de redes sociales y canales internacionales, precisamente porque el ecosistema mediático ha cambiado radicalmente.
Confundir censura estatal con transformación digital es, como mínimo, una simplificación interesada.
La discusión sobre la geopolítica del petróleo fue otro punto clave.
Tirado recordó que el petróleo ha sido históricamente un instrumento central de la política exterior venezolana desde su nacionalización en 1976, mucho antes de Chávez o Maduro.
Mencionó el Acuerdo de San José, la cooperación energética con Centroamérica y el Caribe, y la lógica soberana detrás de esas decisiones.
Frente a eso, el discurso del plató parecía anclado en una idea colonial: el petróleo como botín legítimo de las potencias.
Cuando citó las propias palabras de Donald Trump —“el petróleo era nuestro y lo vamos a recuperar”— el debate dejó de ser abstracto.
La intervención de Estados Unidos ya no podía presentarse como un acto altruista de liberación democrática.
Se trataba, claramente, de intereses estratégicos y económicos. Y eso es precisamente lo que muchos medios prefieren no subrayar.
La referencia a Marco Rubio y a su concepto de “cuarentena” para Venezuela añadió una capa más de complejidad.
Tirado explicó cómo esa idea implica romper acuerdos internacionales legítimos con China, Rusia, Irán y otros países, algo que tendría consecuencias profundas no solo para Venezuela, sino para el equilibrio global.
No era una defensa acrítica del gobierno venezolano, sino una advertencia sobre los riesgos de una transición dirigida desde Washington.
El momento final del programa fue, paradójicamente, el más revelador. Cuando se intentó cerrar el debate con acusaciones personales y descalificaciones, quedó claro que el objetivo ya no era informar, sino silenciar.
Y ahí surgió una frase que muchos espectadores no olvidarán: la censura más peligrosa no siempre viene de un Estado; a veces se ejerce desde un plató en prime time y se llama opinión.
Ese cierre no fue solo una denuncia, fue un espejo incómodo para el propio medio.
Porque cuando una presentadora interrumpe, grita y acusa, no está buscando verdad, está construyendo un relato donde solo cabe una voz
. Y cuando se ataca a una politóloga por pensar distinto, lo que queda claro no es su debilidad, sino el miedo al debate real.
Este episodio de Espejo Público deja una enseñanza incómoda pero necesaria.
La televisión generalista sigue teniendo un enorme poder para moldear percepciones, especialmente en temas internacionales complejos.
Pero ese poder conlleva una responsabilidad que no siempre se asume.
Simplificar Venezuela, convertir el sufrimiento en espectáculo y sustituir el análisis por la confrontación emocional no ayuda ni a los venezolanos ni a la audiencia.
Lo que muchos espectadores vieron hoy no fue una defensa de la democracia, sino una demostración de cómo el periodismo puede degradarse cuando se convierte en trinchera.
Y, paradójicamente, fue precisamente la voz más incómoda la que aportó más claridad.
Porque al final, cuando se enfrenta el análisis con el insulto, el problema no es Venezuela. Es la televisión.
Y quizá también nuestra tolerancia como sociedad a que el ruido sustituya al pensamiento crítico.
Hoy, en ese plató, no se perdió un debate. Se perdió una oportunidad. Y eso, en tiempos de postverdad, es mucho más grave.
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