Acorralan e insultan en directo a una experta en Venezuela en Antena 3 de España.

 

 

La escena se produjo en pleno directo y duró apenas unos minutos, pero dejó una sensación incómoda que va mucho más allá de un simple rifirrafe televisivo.

 

No fue solo un debate mal moderado ni un choque de opiniones enfrentadas.

 

Fue, para muchos espectadores, una radiografía cruda del estado del periodismo político en España cuando se habla de Venezuela, de soberanía y de poder.

 

 

En el plató de Espejo Público, uno de los programas matinales con mayor audiencia del país, se sentaba Arancha Tirado.

 

Politóloga, doctora en Relaciones Internacionales, especialista en América Latina y autora de una tesis doctoral sobre política exterior venezolana durante el mandato de Hugo Chávez.

 

Es decir, una experta académica con años de investigación contrastada, publicaciones y trabajo de campo.

 

Frente a ella, Tony Cantó, actor reconvertido en tertuliano político, conocido por su itinerancia partidista y por una presencia mediática constante, pero sin formación específica en geopolítica ni en estudios latinoamericanos.

 

 

La asimetría era evidente desde el primer minuto. No solo por los currículos, sino por el tono, el enfoque y el tipo de argumentos que se pusieron sobre la mesa.

 

 

Sin embargo, lo que terminó de encender la polémica no fue únicamente el contraste entre ambos perfiles, sino el papel que jugó la presentadora y el resto del plató, creando un clima en el que la voz experta no solo no fue protegida, sino sistemáticamente interrumpida, cuestionada y deslegitimada.

 

 

“Interrúmpele, no hay que dejar que hable”, llegó a decir la presentadora en un momento del debate.

 

Una frase que, sacada de contexto o no, resonó con fuerza en redes sociales.

 

Para muchos, fue la confirmación de una sospecha antigua: que en determinados espacios mediáticos no se busca comprender la realidad, sino imponer un relato prefabricado, aunque para ello haya que silenciar a quien aporta datos incómodos.

 

 

Arancha Tirado defendía una idea clara y, al mismo tiempo, profundamente incómoda para el discurso dominante: que más allá de la valoración personal que se tenga del chavismo o de Nicolás Maduro, la operación militar de Estados Unidos constituye una violación flagrante del derecho internacional y de la soberanía de un Estado.

 

 

No estaba haciendo propaganda política, sino planteando un marco jurídico y geopolítico que comparten numerosos expertos, organismos internacionales y juristas especializados.

 

 

La respuesta no fue un debate de ideas, sino una escalada emocional. En lugar de refutar datos, se recurrió a testimonios personales cargados de dolor, a interrupciones constantes y, finalmente, al insulto.

 

 

Uno de los momentos más graves llegó cuando un tertuliano sugirió que defender una posición “chavista” en 2026 podía ser síntoma de una discapacidad mental.

 

Un comentario que cruzó una línea ética evidente y que, sin embargo, no fue frenado con la contundencia que cabría esperar en un medio de comunicación de alcance nacional.

 

 

La escena se volvió aún más tensa cuando una periodista venezolana, visiblemente afectada, relató su experiencia personal en su país: la censura, el miedo, la salida forzada, las amenazas.

 

 

Su testimonio, legítimo y doloroso, fue utilizado como arma arrojadiza para invalidar cualquier análisis estructural.

 

Como si la vivencia individual, por dramática que sea, bastara para anular décadas de estudios, informes de Naciones Unidas, análisis económicos y debates sobre sanciones internacionales.

 

 

Aquí aparece uno de los grandes problemas del tratamiento mediático de Venezuela en España: la confusión deliberada entre emoción y análisis.

 

El sufrimiento real de millones de venezolanos existe y es innegable.

 

Pero convertir ese sufrimiento en un comodín para justificar golpes de Estado, secuestros de presidentes o intervenciones militares extranjeras es otra cosa muy distinta.

 

 

Arancha Tirado intentó introducir matices. Recordó que no todos los ocho millones de venezolanos que han salido del país son exiliados políticos, sino en su mayoría migrantes económicos.

 

Explicó el impacto devastador de las sanciones unilaterales impuestas por Estados Unidos, reconocidas incluso por organismos internacionales como uno de los factores clave del colapso económico.

 

 

Habló de “medidas coercitivas unilaterales”, el término técnico correcto, y no de un “bloqueo” en abstracto. Intentó, en definitiva, aportar contexto.

 

 

Pero el contexto no tenía cabida. Cada vez que se aproximaba a una explicación compleja, era interrumpida.

 

Cada vez que introducía un dato, era cuestionada desde la experiencia personal o desde el insulto.

 

El mensaje implícito era claro: aquí no se viene a explicar, se viene a confirmar lo que el espectador ya debe pensar.

 

 

El cierre del segmento terminó de confirmar esa impresión. Sin apenas dejarla responder, el programa dio paso a Juan Guaidó, presentado como “expresidente encargado de Venezuela”, una figura política cuya legitimidad ha sido cuestionada incluso por gobiernos que en su día lo reconocieron.

 

El contraste fue evidente: a la experta se le negaba el tiempo; al dirigente alineado con el relato dominante, se le abría el micrófono sin fisuras.

 

 

Fuera del plató, el vídeo del debate empezó a circular con rapidez. En redes sociales, miles de usuarios expresaron indignación no solo por el trato recibido por Arancha Tirado, sino por lo que simbolizaba el episodio.

 

 

Para muchos, fue la prueba de que el periodismo televisivo ha renunciado al rigor en favor del espectáculo, especialmente cuando se trata de política internacional.

 

 

El propio vídeo que ha servido de base para este análisis lo resume con una frase demoledora: “cuando a través de la dialéctica no eres capaz de derrotar argumentos sólidos, recurres al insulto”.

 

 

Esa lógica, aplicada en un programa con cientos de miles de espectadores, tiene consecuencias profundas.

 

 

No solo empobrece el debate público, sino que educa a la audiencia en la idea de que pensar con matices es sospechoso y que la complejidad es una forma de traición.

 

 

El trasfondo del asunto es todavía más grave. Lo que se estaba discutiendo no era un desacuerdo menor, sino la justificación de un golpe de Estado y de la captura de un jefe de Estado extranjero por parte de una potencia militar.

 

 

Independientemente de la opinión que se tenga sobre Maduro, normalizar ese tipo de acciones sienta un precedente peligrosísimo.

 

Hoy es Venezuela; mañana puede ser cualquier otro país cuyo gobierno no encaje en los intereses de Washington.

 

 

Cuando Arancha Tirado afirma que ella no defiende ni al chavismo ni a Maduro, sino la soberanía de Venezuela, está situando el debate en el único terreno que debería ser incuestionable: el respeto al derecho internacional.

 

 

Ese matiz, sin embargo, resulta incómodo para un relato mediático que necesita villanos simples y soluciones expeditivas.

 

 

El episodio también pone sobre la mesa otro problema estructural: quién tiene voz y quién no en los grandes medios.

 

¿Por qué se sienta a una experta frente a un tertuliano sin formación específica, si no es para generar conflicto y ruido? ¿Por qué se permite que se desacredite a una académica con insultos personales sin consecuencias inmediatas? ¿Qué mensaje se envía a los espectadores cuando el conocimiento es tratado como una opinión más, fácilmente aplastable por el grito?

 

 

La respuesta, para muchos, es clara: el modelo de tertulia política ha sustituido el análisis por la confrontación.

 

 

La figura del experto incomoda porque introduce datos que ralentizan el ritmo del espectáculo.

 

El tertuliano, en cambio, aporta frases cortas, emociones fuertes y polarización, ingredientes perfectos para la viralidad.

 

 

Sin embargo, esa viralidad tiene un coste. Cuando se blanquea una intervención militar ilegal, cuando se ridiculiza a quien defiende la soberanía de un país, cuando se insulta a una mujer experta en prime time sin que nadie la defienda, lo que se erosiona no es solo el debate sobre Venezuela, sino la calidad democrática del propio espacio mediático.

 

 

El llamamiento final del vídeo, pidiendo a la audiencia que comente, comparta y genere “contrapoder”, no es una simple estrategia de engagement.

 

 

Es la constatación de que muchos ciudadanos sienten que los grandes medios ya no los representan, que el pluralismo se ha reducido y que la única forma de equilibrar el relato es a través de la presión social y digital.

 

 

No se trata de convertir a Arancha Tirado en un icono ni de negar los errores del chavismo, que son numerosos y documentados.

 

 

Se trata de exigir que el debate público esté a la altura de la gravedad de los temas que aborda.

 

 

Que cuando se hable de golpes de Estado, sanciones, migraciones masivas y soberanía nacional, se haga con rigor, respeto y honestidad intelectual.

 

 

Lo ocurrido en Espejo Público no es una anécdota. Es un síntoma. Un síntoma de un ecosistema mediático que prefiere el ruido al conocimiento, la emoción al contexto y el insulto al argumento.

 

 

Y mientras ese modelo siga siendo rentable, seguirá repitiéndose.

 

 

La pregunta final, como siempre, no es solo qué hacen los medios, sino qué hacemos los espectadores.

 

 

Porque cada clic, cada comentario y cada visualización también construyen el paisaje informativo en el que vivimos.

 

 

Y en un momento histórico tan delicado, quizá haya llegado la hora de exigir algo más que gritos en un plató.