Montero e Iglesias combaten las críticas de Musk recordándole sus relaciones con el caso Epstein: “¿Qué día será la fiesta más salvaje en tu isla?”.
Ante las palabras de Elon Musk, que aseguró en la red social ‘X’ que la eurodiputada estaba “abogando por el genocidio”, los de Podemos llaman a la lucha contra el fascismo.

Irene Montero, Pablo Iglesias y Elon Musk.
Hubo un instante, apenas unos segundos en un acto político que parecía uno más en la agenda de Podemos, en el que el aire se volvió denso. No por los aplausos ni por la música previa, sino por una frase que, dicha en voz alta, cruzó fronteras, idiomas y algoritmos.
Irene Montero, eurodiputada y una de las figuras más reconocibles del espacio político morado, pronunció unas palabras que no tardaron en incendiar redes sociales, tertulias y titulares internacionales.
Lo que comenzó como una celebración interna por un acuerdo político terminó convirtiéndose en un terremoto global con epicentro en España y réplicas en Estados Unidos, Países Bajos y, de forma inesperada, en el propio Elon Musk.
El contexto no era menor. Podemos celebraba el acuerdo alcanzado con el Gobierno de España para avanzar en la regularización de cientos de miles de personas migrantes.
Un paso largamente reivindicado por organizaciones sociales y sindicatos, y también duramente criticado por sectores conservadores que, desde hace meses, han intensificado un discurso basado en el miedo, la identidad y la llamada “teoría del reemplazo”.
Esa teoría, nacida en la extrema derecha europea y amplificada en foros digitales, sostiene que existe un plan deliberado para sustituir a la población “autóctona” por inmigrantes, especialmente de origen no europeo.
Un marco ideológico que ha alimentado discursos racistas y ha sido citado incluso por autores de atentados terroristas.
Lejos de esquivar ese concepto, Irene Montero decidió enfrentarlo de frente y darle la vuelta. Y ahí empezó todo.
Sobre el escenario, con un tono que mezclaba convicción y desafío, Montero habló de futuro. Habló de derechos.
Y habló de urnas. Celebró la regularización como un primer paso, pero dejó claro que no era suficiente.
Que el objetivo final debía ser el acceso pleno a la ciudadanía, incluida la nacionalidad española y, con ella, el derecho al voto.
Fue entonces cuando lanzó la frase que marcaría el discurso y que, horas después, recorrería medio mundo.
“Ojalá la teoría del reemplazo”, dijo. Y el murmullo inicial dio paso a aplausos. “Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora.
Claro que yo quiero que haya reemplazo. Reemplazo de fachas, reemplazo de racistas, reemplazo de vividores. Y que lo podamos hacer con la gente trabajadora de este país, tenga el color de piel que tenga”.
La intención, para sus seguidores, era evidente: resignificar un concepto usado para infundir miedo y convertirlo en una llamada política a la inclusión, a la igualdad de derechos y a la confrontación democrática contra el racismo.
Pero en la era de los clips virales y las frases descontextualizadas, el mensaje no tardó en ser reinterpretado —y retorcido— fuera de España.
Desde Países Bajos, la influencer Eva Vlaardingerbroek, conocida por su activismo antiinmigración y por difundir teorías conspirativas en redes sociales, recogió el fragmento y lo lanzó a su audiencia en la red social X.
Su mensaje no dejaba espacio para matices. Acusó a Irene Montero de pedir el “reemplazo de las personas blancas”, subrayando que la eurodiputada “está casada con un hombre blanco y tiene tres hijos blancos”.
El tono fue subiendo hasta llegar a un ataque personal directo, calificando el discurso como una traición no solo al “propio pueblo”, sino incluso a sus propios hijos, algo que, según ella, solo podía explicarse por “una patología extrema o maldad pura”.
El mensaje, incendiario, habría quedado como uno más dentro del ecosistema habitual de X si no fuera por un detalle clave: fue amplificado por Elon Musk.
El propietario de la plataforma, uno de los hombres más poderosos del planeta y una figura cada vez más influyente en el debate político global, compartió la crítica añadiendo una acusación de una gravedad extrema.
Según Musk, Irene Montero estaba “abogando por el genocidio”. Dos palabras. Suficientes para convertir una polémica política en un escándalo internacional.
La reacción no se hizo esperar. En cuestión de minutos, el nombre de Irene Montero se situó entre las tendencias más comentadas.
Medios internacionales comenzaron a recoger el choque entre la eurodiputada española y el magnate tecnológico.
Lo que hasta entonces era un debate sobre migración y derechos civiles se transformó en una batalla simbólica entre dos visiones opuestas del mundo.
Lejos de optar por el silencio o por una respuesta tibia, Irene Montero decidió contestar. Y lo hizo con dureza.
En un mensaje dirigido directamente a Musk, introdujo un elemento tan incómodo como explosivo: el nombre de Jeffrey Epstein.
Recordó uno de los correos electrónicos que Musk habría enviado al financiero, condenado por delitos sexuales, en el que le preguntaba por “la fiesta más salvaje” en su isla privada. Una referencia que no pasó desapercibida y que elevó aún más la tensión del enfrentamiento.
Montero fue más allá. En un tono que mezclaba denuncia moral y confrontación política, escribió que “las personas decentes —que constituyen la mayoría de la humanidad— deben reemplazarte.
Urgente. Para que dejes de violar, bombardear, secuestrar niños y matar”. Un mensaje durísimo, que conectaba la crítica al poder económico y tecnológico con una acusación frontal sobre las consecuencias reales de determinadas decisiones empresariales y políticas en el mundo.
La respuesta no quedó solo en ella. Pablo Iglesias, exlíder de Podemos y una de las figuras más influyentes de la izquierda española de la última década, también intervino.
Aunque su tono fue distinto, menos personal y más ideológico, el mensaje iba en la misma dirección. “Merecer el odio de los que envenenan al pueblo será para nosotros una honra”, escribió, apelando a una tradición política que asume el conflicto como parte inevitable de la transformación social.
Mientras tanto, en España, el debate crecía. Para unos, Irene Montero había cruzado una línea peligrosa utilizando un lenguaje que podía ser malinterpretado y dar munición a la extrema derecha.
Para otros, había hecho exactamente lo contrario: señalar sin complejos el uso perverso de la “teoría del reemplazo” y reivindicar la migración como una fuerza de progreso, trabajo y democracia.
Los datos oficiales, muchas veces ausentes en el ruido del debate, apuntan a una realidad menos apocalíptica y más compleja.
España necesita población activa para sostener su sistema de pensiones, su mercado laboral y su crecimiento económico.
Sectores enteros dependen de trabajadores migrantes. Y, sin embargo, el acceso a derechos plenos sigue siendo lento, burocrático y desigual.
La regularización anunciada es solo un primer paso, como la propia Montero reconocía, ya que no implica automáticamente nacionalidad ni derecho al voto.
En ese terreno ambiguo se mueve el discurso político actual: entre la necesidad objetiva y el miedo subjetivo. Entre los números y las emociones. Y es ahí donde las palabras importan más que nunca.
Lo ocurrido con Irene Montero demuestra hasta qué punto un discurso local puede convertirse en un fenómeno global en cuestión de horas.
También evidencia el poder que tienen determinadas figuras, como Elon Musk, para amplificar una interpretación concreta y fijar un marco narrativo.
Cuando el dueño de una de las principales plazas públicas digitales del planeta acusa a una eurodiputada de “genocidio”, el debate deja de ser solo político y pasa a ser profundamente cultural y simbólico.
Pero más allá de los nombres propios y los cruces de mensajes, lo que queda es una pregunta incómoda que atraviesa toda la polémica: quién decide qué discursos son legítimos y cuáles deben ser silenciados.
Y, sobre todo, quién tiene el poder de definir qué significa realmente “reemplazo” en un mundo marcado por la desigualdad, la migración y el miedo al cambio.
La intervención de Montero, guste o no, ha puesto ese debate sobre la mesa con una crudeza difícil de ignorar.
Ha obligado a mirar de frente conceptos que muchos prefieren mantener en la sombra. Y ha demostrado que, en la política actual, las palabras no solo describen la realidad: la crean, la deforman y, a veces, la incendian.
El episodio también deja una lección clara para quienes observan desde fuera. No se trata solo de un choque entre una eurodiputada española y un multimillonario estadounidense.
Se trata de dos relatos enfrentados sobre el futuro. Uno que ve en la diversidad una amenaza y otro que la concibe como una oportunidad. Uno que se apoya en el miedo y otro que apuesta por la ampliación de derechos.
El debate sigue abierto. Y seguirá. Porque mientras haya desigualdad, migración y discursos que señalan al otro como enemigo, estas palabras seguirán resonando. La pregunta ya no es si habrá controversia, sino quién se atreverá a participar en ella sin bajar la voz.
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