Nacho Abad intenta humillar a Arantxa Tirado por Venezuela… y ocurre esto.

 

 

 

 

La escena fue tan incómoda como reveladora. Una politóloga con dos doctorados, especializada en América Latina y en Venezuela, sentada —o mejor dicho, conectada por llamada— en un plató de televisión español, intentando explicar con datos y contexto una realidad compleja.

 

Frente a ella, no argumentos, sino interrupciones. No preguntas honestas, sino burlas.

 

No contraste de ideas, sino un linchamiento verbal que cruzó una línea que nunca debería cruzar un medio que se define como informativo.

 

Así fue el trato que recibió Arancha Tirado en programas de gran audiencia como Espejo Público o En boca de todos.

 

Y lo ocurrido no es una anécdota aislada, sino el síntoma de algo mucho más profundo y preocupante.

 

 

Arancha Tirado no es una tertuliana improvisada ni una opinadora de plató sin trayectoria.

 

Es politóloga, investigadora, doctora en Relaciones Internacionales, con años de estudio sobre Venezuela, América Latina y la política internacional.

 

Se puede estar de acuerdo o no con sus análisis, pero cuestionar su formación o su capacidad intelectual no es debate: es desprecio.

 

Cuando en televisión se permite que un colaborador sugiera que debatir con ella es como hacerlo con alguien con “discapacidad mental”, no solo se insulta a una persona concreta, sino a la inteligencia colectiva de la audiencia y a la propia profesión periodística.

 

 

Lo más grave no fue una frase suelta, sino el clima construido alrededor. Interrupciones constantes, prisas artificiales, exigencias de “máxima brevedad” solo para ella, mientras otros tertulianos podían extenderse sin problema.

 

La sensación era clara: no se buscaba escuchar, sino arrinconar. No se quería comprender, sino desactivar.

 

Y cuando el argumento no se puede desmontar con datos, se intenta desacreditar al mensajero.

 

Este patrón se repitió también en otros espacios televisivos. En el programa de Nacho Abad, la estrategia fue similar: cortar, ridiculizar, caricaturizar.

 

Llegar incluso a decirle que tiene un “estilo Fidel Castro” por desarrollar respuestas largas y contextualizadas es un ejemplo perfecto de cómo se confunde profundidad con propaganda, análisis con ideología.

 

En ese momento, el mensaje implícito es devastador: pensar en voz alta, explicar, matizar, es sospechoso. Lo aceptable es el eslogan, la frase corta, el golpe de efecto.

 

 

Arancha Tirado lanzó preguntas incómodas, pero legítimas. Preguntas que cualquier analista honesto debería hacerse.

 

¿Por qué la comunidad internacional —y especialmente Estados Unidos— aplica sanciones, amenazas o incluso apoyos a golpes de Estado en unos países, mientras guarda silencio ante violaciones de derechos humanos mucho más graves en otros, como Arabia Saudí? ¿Por qué se señala constantemente a Venezuela mientras se normalizan relaciones con regímenes donde se decapita a periodistas o se reprime brutalmente a la disidencia? Estas preguntas no son propaganda: son coherencia política.

 

 

La reacción ante esas preguntas fue reveladora. En lugar de responder, se elevó el tono.

 

En lugar de contrastar datos, se apeló al insulto. En lugar de abrir un debate serio, se cerró el micrófono. Eso no es periodismo; es espectáculo.

 

Y un espectáculo peligroso, porque se disfraza de información mientras empobrece el pensamiento crítico de millones de espectadores.

 

 

Después de su participación, Arancha Tirado publicó un mensaje claro y contundente.

 

Reconoció que había cometido el error de prestarse a un programa que no buscaba análisis, sino show.

 

Denunció la deshonestidad, la manipulación y la falta de respeto. Y señaló algo que muchos periodistas saben pero pocos dicen en voz alta: hay profesionales brillantes en paro mientras los grandes platós están ocupados por formatos que priorizan el ruido sobre el rigor.

 

 

Este caso concreto sirve para hablar de algo más amplio: el tratamiento mediático de Venezuela en España y en gran parte de Occidente.

 

Durante años, la información sobre Venezuela ha estado cargada de opinión, de simplificación extrema, de relatos maniqueos.

 

Todo se reduce a buenos y malos, a dictadura o libertad, sin matices, sin contexto histórico, sin análisis de las sanciones económicas, del papel de Estados Unidos, de la geopolítica del petróleo.

 

Las sanciones unilaterales —o “medidas coercitivas unilaterales”, como las denomina la propia ONU— no son una invención ideológica. Están documentadas.

 

Sus efectos sobre la población civil, sobre la economía, sobre el acceso a medicamentos y alimentos, han sido estudiados por organismos internacionales y expertos de distintas corrientes.

 

Negar ese impacto no es neutralidad; es desinformación. Y cuando alguien intenta explicarlo en televisión, se le acusa de “chavista”, como si ese término anulara automáticamente cualquier argumento.

 

 

El debate real sobre Venezuela no debería girar en torno a si Maduro gusta o no gusta. Ese es un atajo cómodo.

 

El debate serio debería centrarse en si es legítimo que una potencia extranjera apoye golpes de Estado, reconozca gobiernos paralelos, confisque activos, bloquee transacciones financieras y, al mismo tiempo, se presente como defensora de la democracia.

 

Debería preguntarse por qué se toleran prácticas similares o peores en países aliados. Debería analizarse el impacto humano de esas decisiones.

 

En los últimos años, distintos medios internacionales han documentado cómo Estados Unidos ha presionado económica y diplomáticamente a Venezuela, cómo ha reconocido a líderes opositores sin control efectivo del territorio, cómo ha intervenido en el mercado petrolero.

 

Todo esto es información pública, recogida por prensa económica, por informes oficiales y por organismos multilaterales.

 

No es una teoría conspirativa. Pero en muchos platós españoles, mencionar estos hechos es motivo de burla.

 

La consecuencia de este tipo de tratamiento mediático va más allá de un mal rato para una analista.

 

Tiene efectos políticos reales. Cuando el nivel del debate público se degrada, cuando se sustituye el análisis por la caricatura, se normaliza la ignorancia.

 

Y en ese caldo de cultivo crecen discursos simplistas, líderes que prometen soluciones fáciles y políticas que se basan más en emociones primarias que en hechos contrastados.

 

No es casual que, en un contexto de tertulias gritadas y argumentos vacíos, prosperen figuras como Donald Trump en Estados Unidos, Javier Milei en Argentina o líderes regionales que basan su éxito en la polarización constante.

 

Cuando el pensamiento complejo se ridiculiza y el experto es tratado como sospechoso, la mentira tiene el camino libre.

 

El episodio con Arancha Tirado también plantea una cuestión de respeto intelectual. Se puede discrepar con una experta, pero hacerlo exige un mínimo de preparación.

 

No se combate un doctorado con sarcasmo, ni años de investigación con interrupciones.

 

El respeto no implica acuerdo; implica reconocer que el otro tiene algo que aportar. Cuando ese respeto desaparece, el debate se convierte en un circo.

 

Hay, además, una dimensión ética. Llamar “discapacitada mental” a una persona en televisión no solo es ofensivo, sino que banaliza una condición que afecta a millones de personas.

 

Es un insulto doble: hacia la persona atacada y hacia quienes viven con una discapacidad real.

 

Que esto ocurra sin consecuencias claras dice mucho sobre los estándares de algunos programas.

 

Frente a este panorama, la reacción del público es clave. Cada espectador tiene más poder del que cree.

 

Apagar la televisión, cambiar de canal, exigir rigor, apoyar proyectos independientes, compartir análisis bien documentados, todo suma.

 

El algoritmo premia lo que se consume, pero también puede castigarlo si se deja de consumir.

 

La invitación que surge de este episodio no es a pensar todos igual, sino a pensar mejor.

 

A exigir datos, contexto, fuentes. A no conformarse con el titular fácil ni con el tertuliano que grita más fuerte.

 

A entender que la política internacional no cabe en frases de veinte segundos. Que la realidad es incómoda, contradictoria, compleja.

 

Arancha Tirado no necesita que nadie piense como ella para tener razón en algo fundamental: el debate público merece respeto.

 

Y cuando los medios renuncian a ese respeto, pierden su función social. Informar no es humillar. Preguntar no es interrumpir. Discrepar no es insultar.

 

Este caso debería servir como espejo. Un espejo incómodo para ciertos programas, pero necesario para la audiencia.

 

Porque lo que está en juego no es la reputación de una politóloga, sino la calidad democrática del espacio mediático.

 

Si aceptamos que el insulto sustituya al argumento, mañana no nos sorprenderá que la mentira sustituya al hecho.

 

La próxima vez que un experto sea silenciado en un plató, conviene preguntarse a quién beneficia ese silencio.

 

Y la próxima vez que alguien sea ridiculizado por pensar en voz alta, quizá sea el momento de escuchar con más atención.

 

Porque en un mundo saturado de ruido, el pensamiento riguroso es un acto de resistencia.