El equipo de ‘La Revuelta’, obligado a realizar una rectificación por la polémica con Diego González Rivas: “Nos equivocamos”.
David Broncano se ha disculpado desde ‘La Revuelta’ ante las críticas recibidas por su conexión con el cirujano Diego González Rivas desde Afganistán.

Durante unos minutos, millones de espectadores miraban la pantalla sin darse cuenta de lo que faltaba. La conexión era impactante:
Kabul en directo, calles polvorientas, tráfico caótico, hombres caminando con prisa bajo un cielo gris.
La conversación fluía con normalidad, entre bromas, curiosidad y asombro por emitir desde Afganistán. Pero había algo que no estaba. Algo que, cuando se señaló días después, se volvió imposible de ignorar.
No aparecía ni una sola mujer.
Ese detalle, aparentemente invisible en el momento, desató una de las mayores polémicas recientes alrededor de La Revuelta, el programa que presenta David Broncano en TVE.
Lo que comenzó como una conexión televisiva singular con el cirujano torácico Diego González Rivas desde Kabul terminó convirtiéndose en un debate nacional sobre responsabilidad mediática, derechos humanos y el papel de los comunicadores ante contextos de opresión.
Y esta vez, lejos de esquivar la controversia, Broncano decidió afrontarla de frente.
El jueves anterior, el programa había cerrado con una videollamada de aproximadamente quince minutos con González Rivas, colaborador habitual y cirujano de prestigio internacional conocido por operar en algunos de los lugares más complejos del mundo.
El médico se encontraba en Afganistán realizando intervenciones quirúrgicas a personas que, de otro modo, no tendrían acceso a tratamientos especializados.
La intención era mostrar esa labor humanitaria. Y en parte, lo lograron. Pero la conversación avanzó sin que se hiciera una sola mención explícita a la situación de las mujeres bajo el régimen talibán, que desde su regreso al poder en 2021 ha impuesto severas restricciones que han sido ampliamente denunciadas por Naciones Unidas, Amnistía Internacional y múltiples organismos internacionales.
La ausencia fue evidente días después.
Julia Otero, desde su programa en Onda Cero, verbalizó lo que muchos empezaban a comentar en redes sociales: resultaba llamativo que en una conexión desde Kabul no se viera a ninguna mujer y que el programa no aprovechara ese altavoz para contextualizar por qué.
La periodista expresó su indignación señalando que no se podía normalizar la desaparición del 50% de la población del espacio público.
Las palabras resonaron. Y Broncano tomó nota.
Este martes, al arrancar La Revuelta, el presentador adoptó un tono poco habitual en él: serio, directo, sin ironía.
“Tenemos que hacer una puntualización seria”, comenzó diciendo. Explicó que durante la conexión sí se habían hecho comentarios sobre lo terrible del régimen afgano y se había expresado el deseo de que la situación cambiara, dejando claro que la población no era responsable del contexto político. Pero reconoció que no mencionaron explícitamente la situación de las mujeres.
Y ahí estuvo el error.
“En toda la conexión de 15 minutos no se vio ni asomar una mujer”, admitió. Y añadió una frase que marcó el momento: “Nos pareció que pasamos la oportunidad de decir algo sobre eso y es importante”.
No se trató de una disculpa forzada ni de un intento de minimizar lo ocurrido. Broncano fue claro: “Cometimos el error de no decir nada”.
Subrayó que el cirujano no acudía al país por razones políticas, sino médicas, y que su labor es operar y salvar vidas en distintos lugares del mundo.
Pero también reconoció que el programa, como espacio de servicio público en la televisión estatal, tenía la responsabilidad de contextualizar lo que se estaba mostrando.
Porque en Afganistán, la realidad de las mujeres no es un matiz. Es el núcleo del problema.
Desde el retorno de los talibanes al poder, las mujeres afganas han visto restringido su acceso a la educación secundaria y universitaria, a numerosos empleos y a la participación en la vida pública.
Organismos internacionales han denunciado que se trata de un sistema de discriminación institucionalizada que limita derechos fundamentales como la educación, el trabajo y la libertad de movimiento.
Esa es la realidad que no apareció en pantalla aquella noche.
Consciente de ello, el equipo de La Revuelta decidió no limitarse a una disculpa. Broncano anunció en directo la presencia de una especialista en Afganistán de Amnistía Internacional para aportar contexto y explicar con rigor la situación actual en el país. El gesto transformó la polémica en una oportunidad informativa.
Porque la televisión, especialmente cuando emite desde escenarios tan delicados, no solo muestra imágenes: construye narrativa. Y el silencio, incluso cuando no es intencionado, comunica.
El propio Broncano reconoció que al terminar el programa reflexionaron internamente y se dieron cuenta de que algo faltaba.
Esa autocrítica pública no es habitual en un entorno mediático donde muchas veces se opta por el silencio estratégico. Sin embargo, el humorista eligió reconocer el fallo ante la audiencia.
Esa decisión abrió otro debate interesante: ¿deben los programas de entretenimiento asumir una carga informativa cuando conectan con contextos de conflicto o vulneración de derechos? ¿Dónde termina el entretenimiento y empieza la responsabilidad social?
En el caso de La Revuelta, el formato combina humor, entrevistas y momentos improvisados. No es un informativo clásico.
Pero al emitir en una cadena pública y abordar realidades internacionales, la frontera se vuelve difusa. Y precisamente por eso la omisión resultó más llamativa.
El gesto de invitar a una experta fue interpretado por muchos como un paso en la dirección correcta. No solo se reconoció el error, sino que se amplió la conversación.
Se aportaron datos, contexto y voces especializadas. Se explicó que la ausencia de mujeres en la calle no era casualidad ni coincidencia visual, sino consecuencia directa de políticas restrictivas que limitan su presencia en el espacio público.
Lo ocurrido también puso sobre la mesa el poder de las redes sociales y de otros profesionales de la comunicación para fiscalizar contenidos. La intervención de Julia Otero no fue un ataque personal, sino una crítica argumentada sobre el uso de una plataforma de gran alcance. Y esa crítica generó una respuesta.
En tiempos donde la polarización domina muchas conversaciones, este episodio mostró algo distinto: crítica, reflexión y rectificación.
Broncano no buscó excusas técnicas. No culpó a la duración de la conexión ni a la dinámica del programa. Dijo, simplemente, que se equivocaron.
Y añadió que la situación para las mujeres en Afganistán es “terrorífica”, utilizando un término que refleja la gravedad documentada por múltiples informes internacionales.
El cirujano Diego González Rivas, por su parte, continúa desarrollando su labor médica en distintos países.
Su trabajo humanitario ha sido reconocido en numerosas ocasiones y su presencia en el programa siempre ha tenido como objetivo visibilizar la importancia de llevar cirugía avanzada a lugares donde no suele llegar. La polémica no cuestionó su labor médica, sino el marco narrativo en el que se presentó la conexión.
Ese matiz es clave.
La televisión tiene la capacidad de acercar realidades lejanas. Pero también puede, sin quererlo, suavizarlas si no se explican con profundidad. En este caso, el equipo del programa entendió que faltó esa capa de explicación.
Y esa comprensión pública puede marcar una diferencia.
Porque más allá de la anécdota concreta, el debate invita a reflexionar sobre el consumo crítico de contenidos. ¿Miramos lo que aparece en pantalla o también lo que no aparece? ¿Somos conscientes de los silencios visuales? ¿Exigimos contexto cuando se nos muestran escenarios complejos?
La reacción de Broncano convirtió un posible desgaste reputacional en una conversación necesaria. Reconocer errores en televisión en directo no es sencillo. Pero hacerlo refuerza un mensaje claro: los comunicadores también aprenden.
El episodio también recordó algo esencial: la situación en Afganistán sigue siendo dramática, aunque ya no ocupe titulares diarios.
La desaparición de las mujeres del espacio público no es una metáfora. Es una realidad documentada. Y cada vez que se muestra el país sin mencionarlo, existe el riesgo de normalizarlo.
En este sentido, la polémica cumplió una función social. Volvió a poner el foco en una problemática que no debería quedar relegada al olvido informativo.
Al final del programa, el tono ya no era de tensión, sino de reflexión. La audiencia había sido testigo de un ejercicio poco habitual: autocrítica en tiempo real.
Y en una época marcada por la inmediatez y la viralidad, detenerse para reconocer un fallo puede resultar más potente que cualquier broma.
La historia no terminó con una cancelación ni con una guerra mediática. Terminó con una rectificación y con información adicional en antena.
Y quizá esa sea la lección más relevante.
En un ecosistema digital donde cada error se amplifica, la respuesta importa tanto como el fallo. David Broncano eligió responder con transparencia.
Y esa decisión, más allá de simpatías o críticas, reabrió una conversación imprescindible sobre el papel de los medios ante las vulneraciones de derechos.
Porque a veces, lo más importante en televisión no es lo que se ve.
Es lo que decidimos no volver a callar.
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