El público dicta sentencia al estreno de ‘DecoMasters’ en TVE y hay una profunda división en el veredicto.
La 1 ha estrenado este lunes ‘DecoMasters’, su nuevo ‘MasterChef’ de interiorismo con Mar Flores, Isa Pantoja y Antonia Dell’Atte como concursantes y el público ha dado su veredicto.

La noche no empezó como estaba prevista. Durante días, la sombra del accidente de Adamuz había sobrevolado la parrilla de La 1 y también el ánimo de un público todavía conmocionado.
Por eso, cuando finalmente apareció en pantalla el rótulo de DecoMasters, no fue solo el estreno de un nuevo programa: fue, para muchos espectadores, una especie de respiro colectivo.
Una invitación a mirar hacia otro lado sin olvidar lo ocurrido. A dejar que la emoción cambiara de registro. Y quizá por eso el estreno tuvo algo especial, casi simbólico, como si la televisión pública buscara reconstruir, pieza a pieza, un estado de ánimo roto.
DecoMasters no llega como un simple talent show más. Llega con la ambición clara de convertirse en uno de los grandes formatos de entretenimiento de este primer trimestre de 2026, junto a Top Chef: dulces y famosos.
Pero también con una misión más profunda: acercar el mundo del interiorismo, tradicionalmente asociado a élites o a revistas de lujo, a los hogares reales, a las historias cotidianas, a personas de carne y hueso con problemas, recuerdos y duelos.
Desde el primer minuto queda claro que no se trata solo de cojines, colores o lámparas. Se trata de emociones. De espacios que pesan. De casas que guardan silencios. Y de cómo transformar esos lugares puede ser, en sí mismo, una forma de sanar.
El formato recuerda inevitablemente a MasterChef, pero con una identidad propia muy marcada. Diez parejas de famosos aceptan el reto de diseñar, reformar y reinventar espacios reales, con clientes reales y presupuestos cerrados.
No hay trampas, no hay decorados falsos. Hay paredes, suelos, recuerdos y expectativas. Y un reloj que no perdona.
La elección del casting no es casual. La producción ha apostado por parejas que mezclan perfiles muy distintos, generaciones diferentes, relaciones personales diversas.
Isa Pantoja y Asraf Beno aportan frescura y complicidad. Mar Flores y su hijo Carlo Costanzia suman experiencia vital y una relación madre-hijo que despierta curiosidad. Antonia Dell’Atte junto a María Zurita representa el choque de dos mundos con un punto glam.
Eduardo Casanova y Canco Rodríguez prometen creatividad y caos a partes iguales. Eduardo Navarrete con La Terre juega en casa, con la moda como lenguaje. Raquel Meroño y Belén López combinan sensibilidad y carácter.
King Bru y Andrea conectan con un público más joven. Samantha y Colate Vallejo-Nágera aportan sofisticación.
Lucía Dominguín con su hija Palito suman naturalidad y mirada artística. Y los Gemeliers, Jesús y Daniel Oviedo, completan el elenco con energía, ritmo y una complicidad fraternal muy reconocible.
Al frente del programa está Patricia Montero, que ejerce de maestra de ceremonias con una cercanía que se agradece.
No invade, no dramatiza en exceso, no compite con los concursantes. Acompaña. Observa. Da paso. Su papel es el de hilo conductor en un formato coral donde las historias importan tanto como los resultados.
El jurado es otro de los grandes aciertos. Lorenzo Castillo, diseñador de interiores multipremiado, aporta la mirada técnica, el rigor y la autoridad que exige un programa de este tipo.
Sus valoraciones son directas, a veces duras, pero siempre argumentadas. Frente a él, Marta Riopérez, editora de revistas de decoración del grupo Hearst, pone el foco en la coherencia, la narrativa visual y la capacidad de contar una historia a través de un espacio. Dos perfiles complementarios que evitan el aplauso fácil y elevan el nivel del concurso.
El primer programa marca el tono emocional de la temporada. El primer cliente, Javier, no llega con una lista de deseos estéticos, sino con una herida abierta.
Su padre ha fallecido recientemente y la casa familiar se ha convertido en un lugar lleno de recuerdos que pesan. Demasiado. Javier quiere ayudar a su madre a empezar una nueva etapa. No se trata de borrar el pasado, sino de hacerlo habitable.
El encargo es complejo: renovar dos salones de complejidad semejante, con un presupuesto de 4.500 euros para cada uno.
No es una cifra desorbitada. Obliga a pensar, a priorizar, a elegir. Y, sobre todo, a escuchar. Porque el mayor reto no es técnico, es emocional.
Las parejas trabajan contrarreloj. Hay dudas, discusiones, momentos de bloqueo. Algunos apuestan por colores claros y líneas limpias para aligerar el peso del pasado. Otros intentan integrar recuerdos de forma sutil, sin que dominen el espacio.
El jurado observa. El espectador se reconoce. Porque todos, en algún momento, hemos sentido que una casa puede convertirse en un lugar difícil de habitar cuando la vida cambia.
La valoración final no se queda solo en si el sofá combina con la alfombra. Se habla de sensibilidad, de respeto, de si el espacio invita a quedarse o a huir. Y ahí DecoMasters marca la diferencia: no juzga solo el resultado, sino la intención.
La segunda parte del programa sube la tensión con la prueba de eliminación. Las parejas en la cuerda floja se enfrentan a un nuevo cliente, Álex, padre separado con cuatro hijos.
Su necesidad es clara: transformar los dormitorios de su casa para que cada uno de sus hijos tenga un espacio propio, acogedor y funcional. No hay margen para el error. Cada pareja debe encargarse de una habitación con un presupuesto de 1.500 euros.
Aquí el programa se vuelve aún más humano. No se trata de impresionar al jurado, sino de pensar en niños reales, con gustos distintos, edades diferentes y necesidades específicas.
Hay habitaciones que deben ser refugio, otras espacio de juego, otras lugar de estudio. El diseño se convierte en una forma de cuidado.
Las cámaras captan el nerviosismo, la presión, las decisiones de última hora. Pero también momentos de ternura, cuando los concursantes imaginan a los niños entrando por primera vez en sus nuevas habitaciones. Es televisión, sí. Pero también es verdad.
El resultado deja claro que DecoMasters no quiere ser un programa de consumo rápido. Quiere dejar poso. Quiere que el espectador se pregunte cómo vive, cómo habita sus propios espacios, qué historias esconden sus paredes.
Y quizá, al terminar el programa, mire su salón o su dormitorio con otros ojos.
En un momento en el que la televisión compite ferozmente por la atención, La 1 ha apostado por un formato que mezcla espectáculo y emoción, famosos y gente anónima, diseño y vida real. No es una apuesta menor. Es una declaración de intenciones.
El retraso por el accidente de Adamuz añadió una carga simbólica inesperada al estreno.
Pero lejos de perjudicar al programa, ha reforzado su mensaje: reconstruir también es una forma de avanzar. Cambiar un espacio puede no devolver lo perdido, pero puede ayudar a seguir adelante.
DecoMasters acaba de empezar, pero ya ha dejado claro que no es solo un concurso. Es un espejo. Y también una invitación.
A cuidar los lugares que habitamos. A entender que el diseño no es lujo, sino bienestar. Y a recordar que, a veces, mover un mueble, pintar una pared o abrir una ventana puede ser el primer paso para cambiar algo mucho más grande.
El público está dividido con el estreno de ‘DecoMasters’.
El estreno de ‘DecoMasters’ ha generado muchas reacciones en redes sociales. Son bastantes los espectadores que han alabado la apuesta de TVE sobre todo deteniéndose en el buen casting y en el acierto de Patricia Montero como presentadora.
No obstante, no todo son críticas positivas. También hay varios que cuestionan el programa. “Mucho ego, mucho forzado y poca decoración”, defiende una espectadora comparándolo con los programas de ‘Los gemelos Scott’ o ‘Tu casa a juicio’ que emite Divinity.
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