La frase de Alfonso Serrano que ha dejado atónito a Javier Ruiz en directo.

 

 

La analista Sarah Santaolalla ha instado al dirigente del Partido Popular a dimitir por no estar capacitado para tener un cargo público.

 

 

 

Javier Ruiz, el presentador de ‘Mañaneros 360’.

 

 

Hay frases que duran apenas unos segundos y, sin embargo, dejan un eco que se extiende durante días. Frases que, dichas casi con ligereza, terminan abriendo debates incómodos, cruzando platós de televisión, incendiando redes sociales y obligando a mucha gente a preguntarse en qué punto estamos como sociedad.

 

Eso es exactamente lo que ha ocurrido con una pregunta aparentemente banal, lanzada en una rueda de prensa: “¿Y tú cómo ligas?”.

 

 

No fue una charla informal, ni un comentario fuera de micrófono. Fue una respuesta pública, pronunciada por Alfonso Serrano, secretario general del PP de Madrid y mano derecha de Isabel Díaz Ayuso, en un contexto especialmente delicado: las preguntas sobre un presunto caso de acoso en el Ayuntamiento de Móstoles. Y bastó esa frase para que todo saltara por los aires.

 

 

Porque no se trataba solo de una ocurrencia desafortunada. Para muchos, fue la confirmación de una forma de entender —o trivializar— situaciones que afectan directamente a la dignidad, la seguridad y los derechos de las personas. Especialmente cuando quien habla ocupa un cargo público de primer nivel.

 

 

La escena se reprodujo horas después en televisión. En el plató de Mañaneros 360, el momento fue emitido sin adornos.

 

El gesto de Javier Ruiz lo dijo todo antes incluso de que pronunciara una palabra. Sorpresa, incredulidad, una pausa incómoda que atravesó la pantalla.

 

No era una reacción exagerada. Era la respuesta instintiva de alguien que no acaba de creer lo que acaba de escuchar.

 

Y a partir de ahí, el debate se abrió de par en par.

 

En el análisis posterior, la colaboradora Sarah Santaolalla fue directa, sin rodeos y sin suavizar el mensaje.

 

“Así liga la gente normal cuando hay consentimiento de por medio”, dijo, marcando una línea clara entre el flirteo consentido y cualquier situación que pueda rozar —o traspasar— el acoso.

 

Y fue más allá: afirmó que solo por esas palabras, Alfonso Serrano debería dimitir. No como castigo ejemplar, sino porque, a su juicio, confundir un posible caso de acoso sexual y laboral con una cuestión de ligue demuestra una falta de comprensión incompatible con la responsabilidad que conlleva un cargo público.

 

 

Sus palabras resonaron con fuerza porque no hablaban solo de Serrano. Hablaban de algo más profundo: de cómo se abordan este tipo de denuncias, de cómo se responde cuando una mujer señala una situación que considera abusiva, de cómo el poder se defiende a veces minimizando, ironizando o desviando el foco.

 

 

Para entender la magnitud de la polémica, hay que volver al origen.

 

 

Las declaraciones de Alfonso Serrano se produjeron en una rueda de prensa convocada para defender la posición del PP madrileño frente a las acusaciones de una exconcejala de Móstoles contra el alcalde del municipio, Manuel Bautista.

 

Según el relato del dirigente popular, no existiría acoso sexual, y el término habría aparecido por primera vez en un intercambio de correos previo a la renuncia de la edil.

 

Serrano sostuvo que, inicialmente, la exconcejala había hablado de un conflicto laboral, y que posteriormente se habría introducido la idea de acoso sexual.

 

No solo eso: afirmó que la denunciante habría actuado “de mala fe”, que habría grabado conversaciones sin autorización y que esas grabaciones se habrían utilizado de forma interesada para intentar implicar incluso a la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

 

 

El mensaje fue claro: cerrar filas con el alcalde, cuestionar la credibilidad de la denunciante y trasladar la idea de una maniobra política o personal detrás de la acusación. El PP, además, anunció que estudiaba emprender acciones legales.

 

 

 

Pero en medio de ese discurso defensivo, llegó la pregunta del periodista. Y con ella, la respuesta que lo cambió todo.

 

 

“¿Y tú cómo ligas?”.

 

Una frase que, para muchos espectadores, condensó en pocos segundos una manera de restar gravedad a una denuncia que, de confirmarse, tendría consecuencias muy serias.

 

Una frase que, lejos de aclarar, sembró más dudas. Porque cuando se habla de presunto acoso, el foco no está en el ligue, ni en la seducción, ni en la interpretación subjetiva de una broma.

 

Está en el consentimiento, en la jerarquía, en el contexto laboral y en la capacidad real de decir que no sin miedo a represalias.

 

Eso es lo que llevó a tantos analistas, periodistas y ciudadanos a preguntarse si alguien que responde así entiende realmente la dimensión del problema del que está hablando.

 

Mientras tanto, la exconcejala ha mantenido su versión y ha anunciado su intención de acudir a los tribunales en los próximos días para formalizar la denuncia por presunto acoso sexual y laboral.

 

Un paso que abre un camino judicial largo, complejo y, probablemente, doloroso para todas las partes implicadas.

 

Pero el debate ya no es solo jurídico. Es político, social y cultural.

 

La reacción en redes sociales fue inmediata. El fragmento de la rueda de prensa se compartió miles de veces.

 

Algunos defendieron a Serrano, argumentando que su comentario había sido sacado de contexto o que se trataba de una ironía malinterpretada.

 

Otros, muchos otros, lo consideraron una muestra más de la ligereza con la que ciertos responsables públicos abordan denuncias de este tipo.

 

 

En los platós, la conversación se amplió. Se habló de responsabilidad, de empatía, de la necesidad de cuidar el lenguaje cuando se ocupa una posición de poder.

 

Porque las palabras no son inocuas. Construyen marcos, normalizan actitudes y envían mensajes muy claros, tanto a las posibles víctimas como a quienes podrían sentirse legitimados para cruzar líneas.

 

El gesto de Javier Ruiz al ver el vídeo se convirtió casi en un símbolo. No fue un alegato, ni un discurso.

 

Fue una expresión humana, espontánea, que conectó con lo que muchos espectadores estaban sintiendo en ese mismo instante desde sus casas.

 

Y quizá ahí reside una de las claves de por qué esta polémica ha trascendido tanto. Porque no se trata solo de política partidista.

 

Se trata de algo que toca fibras muy sensibles en la sociedad actual: cómo se tratan las denuncias, cómo se protege —o no— a quienes se atreven a hablar, cómo reaccionan las estructuras de poder cuando se sienten amenazadas.

 

La pregunta que queda flotando es incómoda, pero necesaria: ¿qué mensaje se envía cuando, ante una acusación de este calibre, la respuesta es una broma sobre ligar? ¿Qué sienten quienes han pasado por situaciones similares al escuchar algo así en boca de un dirigente político? ¿Qué aprenden quienes observan desde fuera?

 

No se trata de prejuzgar un caso que aún debe resolverse en los tribunales. Se trata de entender que la forma de comunicar importa. Y mucho.

 

La política no ocurre en abstracto. Ocurre en palabras, gestos, silencios y miradas. Y en este caso, una frase ha bastado para abrir un debate que va mucho más allá de Móstoles, del PP o de una rueda de prensa concreta.

 

 

Ahora, mientras el proceso judicial se perfila en el horizonte, la conversación pública sigue su curso.

 

Hay quienes piden dimisiones, quienes exigen disculpas, quienes reclaman prudencia y quienes, simplemente, piden que se escuche a todas las partes sin frivolizar.

 

Lo que está claro es que este episodio no se va a olvidar fácilmente. Porque ha tocado una herida abierta.

 

Y porque ha puesto sobre la mesa una pregunta que interpela a todos, no solo a los políticos: cómo hablamos de acoso, cómo reaccionamos ante una denuncia y qué estamos dispuestos a tolerar cuando quien habla tiene poder.

 

El debate sigue. Y, guste o no, ya nadie puede mirar hacia otro lado.