Nayib AVERGÚENZA a Sánchez y da SU MERECIDO con estos ejemplos.

 

 

 

 

 

En los últimos días ha vuelto a circular con fuerza un discurso que conecta dos realidades políticas muy distintas pero que, para muchos ciudadanos, se están comparando cada vez con más frecuencia: la España de Pedro Sánchez y el El Salvador de Nayib Bukele.

 

 

El detonante ha sido un vídeo viral en redes sociales que mezcla datos económicos, declaraciones políticas y una narrativa muy emocional que ha encontrado eco en una parte significativa de la opinión pública.

 

 

Más allá del tono provocador, el fenómeno merece un análisis pausado, porque pone sobre la mesa una pregunta incómoda que se repite en miles de comentarios: ¿qué se está haciendo realmente con el dinero de los contribuyentes?

 

 

Todo parte de una frase que Pedro Sánchez publicó en 2015 en su cuenta personal, cuando aún no era presidente del Gobierno: “Me gustaría ser recordado como el político que arregló la economía de España”.

 

 

Diez años después, esa frase se ha convertido en un boomerang político. No porque España no recaude, sino precisamente por lo contrario.

 

 

Los datos oficiales de la Agencia Tributaria, recogidos por medios como Expansión, Vozpópuli o El Diario de Madrid, confirman que la recaudación fiscal no ha dejado de batir récords históricos desde que Sánchez llegó a La Moncloa en 2018.

 

 

En 2022 ya se hablaba de un aumento cercano al 20% impulsado en gran medida por la inflación, que elevó los ingresos por IVA e IRPF incluso sin subidas salariales equivalentes.

 

 

En 2024, informes como el del Instituto Juan de Mariana subrayaban que España había alcanzado una presión fiscal del 38% del PIB, frente al 32% de 1995, y que más del 60% del incremento acumulado desde entonces se había producido durante el mandato de Sánchez.

 

 

No son cifras de tertulia, son datos respaldados por estadísticas oficiales y análisis económicos ampliamente difundidos.

 

 

El año 2025 ha terminado de consolidar esa tendencia. Según informaciones publicadas en diciembre, la recaudación ha superado los 300.000 millones de euros antes de cerrar el ejercicio, con previsiones que apuntan incluso a los 325.000 millones.

 

 

Un incremento cercano al 70% respecto a los niveles previos a la llegada del actual presidente. Nunca Hacienda había ingresado tanto dinero.

 

Nunca los récords se habían pulverizado con tanta facilidad. Y, sin embargo, la sensación en la calle no siempre acompaña a los números.

 

 

Aquí es donde entra el malestar ciudadano. Muchos se preguntan por qué, con una recaudación tan elevada, no perciben mejoras proporcionales en los servicios públicos, en la sanidad, en la atención primaria, en la seguridad o en el estado de las calles.

 

 

La negativa del Gobierno a deflactar el IRPF, pese a la inflación, ha sido uno de los puntos más criticados por economistas de diferentes sensibilidades, al considerar que supone una subida de impuestos encubierta que castiga especialmente a las rentas medias y bajas.

 

 

A este contexto se suman medidas muy concretas que han generado polémica, como la obligatoriedad de la baliza V16 para vehículos.

 

 

Más allá del debate sobre su utilidad real, lo que ha encendido los ánimos es que solo en concepto de IVA el Estado podría ingresar alrededor de 300 millones de euros adicionales.

 

 

Para muchos ciudadanos, resulta difícil asumir que una medida presentada como de seguridad vial se convierta en otra fuente de recaudación millonaria en un país ya exhausto fiscalmente.

 

 

Frente a este panorama aparece, casi como un espejo provocador, la figura de Nayib Bukele.

 

 

El presidente de El Salvador se ha convertido en un fenómeno global, admirado por unos y duramente criticado por otros. Su discurso es simple y directo: “El dinero alcanza cuando nadie roba”.

 

 

Bukele presume de no haber subido impuestos y, aun así, haber ejecutado más obras públicas en pocos años que los gobiernos anteriores en décadas. Carreteras, escuelas, hospitales y proyectos de infraestructura que, según sus seguidores, han transformado un país históricamente marcado por la violencia y el abandono.

 

 

El símbolo más potente de esa transformación es el CECOT, la megacárcel de máxima seguridad construida para encerrar a miles de pandilleros.

 

Las imágenes de presos tatuados, rapados y encadenados han dado la vuelta al mundo.

 

 

Organismos internacionales y ONG de derechos humanos han denunciado posibles abusos, mientras Bukele responde con declaraciones que no dejan indiferente a nadie. “No me importa lo que digan los organismos internacionales.

 

Que vengan a proteger a nuestra gente”, llegó a afirmar en uno de sus discursos más virales.

 

 

Estas palabras, tan duras como efectistas, contrastan con la imagen de un liderazgo fuerte que muchos ciudadanos, dentro y fuera de El Salvador, perciben como eficaz. Las estadísticas oficiales muestran una drástica reducción de los homicidios y una recuperación de espacios públicos que antes eran territorio vedado.

 

 

Cabalgatas, celebraciones y desfiles en zonas que durante años estuvieron dominadas por el miedo se han convertido en la postal más compartida por quienes defienden su modelo.

 

 

La comparación con España surge casi de manera automática en redes sociales.

 

 

¿Cuándo fue la última vez que un presidente español pudo pasear tranquilamente entre aplausos espontáneos? ¿Cuándo se ha visto un consenso social tan amplio alrededor de la seguridad y el orden público? Son preguntas que se repiten una y otra vez, alimentadas por la percepción de que en España el debate político se ha instalado en la confrontación permanente, el relato y la propaganda, más que en los resultados tangibles.

 

 

 

Los críticos de Sánchez sostienen que el Gobierno ha priorizado la creación de un ecosistema mediático afín, el enfrentamiento ideológico y la polarización social como herramientas de supervivencia política.

 

 

Denuncian que, pese a la recaudación récord, no se ha producido una transformación visible que justifique semejante esfuerzo fiscal.

 

 

Para ellos, el contraste con Bukele no es tanto ideológico como práctico: uno presume de resultados con menos recursos, el otro gestiona más dinero que nunca sin generar una percepción equivalente de mejora.

 

 

Por supuesto, la comparación tiene límites. España es una democracia consolidada, miembro de la Unión Europea, con un estado de derecho garantista y un entramado institucional complejo.

 

 

El Salvador partía de una situación extrema de violencia y colapso institucional.

 

 

Los contextos no son iguales y los métodos de Bukele generan serias dudas jurídicas y éticas.

 

Sin embargo, el debate no gira solo en torno a derechos humanos o modelos políticos, sino a algo más básico: la eficacia y la confianza.

 

 

Cuando millones de ciudadanos sienten que pagan más cada año pero viven peor o igual, la frustración se convierte en caldo de cultivo para discursos radicales, simplistas o autoritarios.

 

 

El éxito comunicativo de Bukele no se explica solo por sus políticas, sino por su capacidad para conectar con una emoción básica: la sensación de que alguien manda, decide y cumple.

 

En España, en cambio, muchos perciben un liderazgo más preocupado por resistir que por transformar.

 

 

La frase de 2015 vuelve como un eco incómodo. Arreglar la economía no es solo recaudar más.

 

Es lograr que la gente sienta que su esfuerzo tiene sentido, que el dinero público se traduce en bienestar, seguridad y oportunidades reales.

 

Mientras esa percepción no cambie, las comparaciones seguirán apareciendo, los vídeos virales seguirán acumulando millones de visualizaciones y la pregunta seguirá flotando en el aire: ¿de verdad se está arreglando la economía o simplemente se está exprimiendo más al contribuyente?

 

 

En ese choque de relatos, Pedro Sánchez y Nayib Bukele representan dos estilos opuestos que hoy conviven en el imaginario colectivo.

 

 

Uno, respaldado por cifras macroeconómicas récord; el otro, por imágenes de orden y autoridad.

 

 

El debate está servido y, más allá de ideologías, conecta con una demanda cada vez más clara de la ciudadanía: menos palabras, menos propaganda y más hechos que se noten en la vida diaria.