Juan del Val, sin salirse de su estilo, reactiva la polémica sobre su Premio Planeta con esta incendiaria publicación.
Juan del Val ha compartido un vídeo en redes sociales en el que manda un mensaje a quienes critican que le hayan otorgado el Premio Planeta, acusándoles de tener un ego monumental.

Hay premios que consagran carreras, otros que pasan sin pena ni gloria… y luego están esos galardones que, en el mismo instante en que se anuncian, hacen saltar todas las alarmas, incendian las redes sociales y dividen al mundo cultural en dos bandos irreconciliables.
El Premio Planeta 2025 pertenece sin duda a esta última categoría. No por la cifra —un millón de euros que sigue siendo el gran reclamo del certamen—, sino por el nombre del ganador y por todo lo que su victoria ha removido en los despachos editoriales, en los suplementos culturales y, sobre todo, en el orgullo herido de una parte del sector literario.
Cuando se anunció que Juan del Val se alzaba con el premio por su novela Vera, una historia de amor, la noticia corrió como la pólvora.
No hubo aplauso unánime, ni ese silencio respetuoso que suele acompañar a los grandes nombres de la literatura. Hubo algo distinto: sospecha, ironía, enfado y una pregunta que empezó a repetirse con insistencia incómoda en tertulias, redes sociales y columnas de opinión.
¿Puede un grupo editorial premiar con su máximo galardón a uno de los colaboradores habituales de los programas de su propio conglomerado mediático sin que se tambalee la credibilidad del premio?
La polémica estaba servida desde el primer minuto. El Grupo Planeta, accionista de Atresmedia, otorgaba el premio a un rostro conocido de la televisión, colaborador de espacios como El Hormiguero o La Roca, y además marido de una presentadora tan popular como Nuria Roca.
Para muchos, la mezcla resultó explosiva. Para otros, simplemente inevitable en un ecosistema cultural donde la industria editorial y la mediática llevan años caminando de la mano.
Pero la tormenta no se quedó solo en el debate sobre posibles favoritismos. La novela fue sometida a un escrutinio feroz.
Críticas durísimas, algunas literarias, otras claramente personales, comenzaron a multiplicarse. No solo desde el anonimato de internet, sino también desde firmas reconocidas del ámbito cultural.
Se habló de una obra previsible, de personajes planos, de una historia diseñada para gustar a un público amplio sin asumir riesgos narrativos.
El crítico Jordi Gracia llegó a definirla como “vulgar y previsible, con reflexiones banales y escenas de sexo poco creíbles”. Palabras que no pasaron desapercibidas y que se convirtieron en munición para quienes veían en este premio un síntoma de decadencia.
Durante semanas, Juan del Val optó por el silencio. Pero leer cada día ataques, burlas y cuestionamientos constantes acaba pasando factura.
Y finalmente decidió responder. No con un comunicado frío ni con una entrevista medida al milímetro, sino con un vídeo directo en sus redes sociales. Un vídeo que, en pocas horas, se viralizó.
En él, Del Val no hablaba solo de sí mismo. Hablaba de algo mucho más amplio: de una guerra soterrada dentro del mundo literario.
“Escritores contra escritores. Críticos, que también son escritores, contra escritores que solo son escritores”, comenzaba, encadenando frases que parecían salir más del cansancio que de la rabia.
Describía un ecosistema donde el éxito cambia la percepción, donde quien ayer era elogiado hoy es despreciado, y donde algunos se arrogan el derecho de decidir de qué se puede escribir y quién está legitimado para hacerlo.
Pero el momento más comentado llegó cuando lanzó su mensaje más crudo. “Una cosa, aunque le pueda sorprender a vuestro monumental ego: a la gente esto le da igual”. Y ahí rompió el discurso académico para bajar a la vida real.
“La gente trabaja, come, ríe, folla y de vez en cuando se va a una librería y se compra el libro que le da la gana”. Una frase incómoda, provocadora, que muchos aplaudieron y otros consideraron una falta de respeto al oficio de la crítica.
Del Val remataba con una reflexión que resumía su postura: “No os desgastéis, no somos tan importantes”.
Una frase sencilla que, paradójicamente, encendió todavía más el debate. El vídeo superó rápidamente miles de visualizaciones, likes y comentarios. Y ahí se reflejó con claridad la división.
Por un lado, lectores que defendían su derecho a escribir y a ganar premios sin pedir perdón. Personas que reconocían que sus novelas no pretendían ser alta literatura, pero que cumplían una función clara: entretener.
“Yo leo lo que me da la gana”, repetían muchos. “No me dejo influir por críticos que escriben para otros críticos”.
Por otro, quienes insistían en que el Premio Planeta debería aspirar a algo más. Que una novela “de consumo rápido” no puede competir en igualdad con obras más ambiciosas.
Que aceptar el premio implica también aceptar las críticas sin victimismo. Algunos comentarios fueron especialmente duros, recordándole el millón de euros recibido y pidiéndole que asumiera las opiniones negativas con deportividad.
La polémica, además, no surge de la nada. Dos años antes, el mismo premio había recaído en Sonsoles Ónega, otro rostro ligado a Atresmedia.
Aquella decisión ya generó un terremoto similar. Para muchos, fue la confirmación de una tendencia preocupante. Para otros, una simple coincidencia amplificada por prejuicios contra los comunicadores que cruzan al terreno literario.
Juan del Val ya había vivido algo parecido entonces. Durante su intervención en El Hormiguero, alertó de los efectos del odio acumulado.
“Cuidado cuando tanto odio puede llegar a hundir a una persona”, dijo. Y lanzó una frase que hoy cobra aún más sentido: “Cuidado con hundir a la gente”.
Porque más allá del debate literario, lo que estaba señalando era la facilidad con la que se deshumaniza a quien se convierte en objetivo público.
El caso del Premio Planeta 2025 ha abierto una grieta difícil de cerrar. No solo sobre la calidad de una novela concreta, sino sobre el papel de los premios literarios en una industria cada vez más atravesada por la lógica del mercado, la visibilidad mediática y las grandes corporaciones.
¿Premian los libros o las trayectorias? ¿La literatura o la capacidad de generar impacto? ¿Debe un escritor televisivo competir en igualdad de condiciones con uno desconocido para el gran público?
Mientras estas preguntas siguen sin respuesta clara, Vera, una historia de amor continúa vendiéndose. Lectores curiosos la compran para formarse su propia opinión.
Otros la rechazan sin abrirla. Y Juan del Val, entre el ruido y la exposición, ha decidido no pedir permiso para ocupar el lugar que ahora tiene.
Quizá esa sea la verdadera razón por la que este premio ha dolido tanto a algunos. No solo por quién lo ha ganado, sino porque ha puesto sobre la mesa una verdad incómoda: que el mundo literario, como cualquier otro, también está atravesado por egos, jerarquías y luchas de poder.
Y que, al final, más allá de premios y polémicas, quien decide es el lector.
El debate seguirá. Las críticas no desaparecerán. Pero el Premio Planeta 2025 ya ha hecho historia. No por unanimidad, sino por haber desatado una de las discusiones culturales más intensas de los últimos años. Y eso, guste o no, también forma parte del relato.
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