La contundente reflexión de Rosa Villacastín recordando el pasado de Feijóo y Ayuso que retrata al PP: “Desesperados”.

 

 

La periodista ha retratado a los populares con sus historiales después de que solicitaran la dimisión de Puente y Sánchez.

 

 

 

Rosa Villacastín carga contra el PP tras los ataques a Puente y al Ejecutivo.

 

 

Hay momentos en los que la política deja de moverse en los despachos y salta directamente a la conciencia colectiva. Instantes en los que una tragedia aún caliente, con víctimas sin despedir y preguntas sin responder, se convierte en munición partidista.

 

Eso es exactamente lo que muchos ciudadanos han percibido en los últimos días tras el accidente ferroviario de Adamuz.

 

Mientras las investigaciones apenas han comenzado y el duelo sigue abierto, el ruido político ha subido de volumen. Y no todos han decidido mirar hacia el mismo lado.

 

Desde el Gobierno, el mensaje ha sido prudente: datos, información constante, una investigación en marcha y una petición reiterada de respeto a las víctimas y a sus familias.

Pero en paralelo, desde Génova se ha activado una maquinaria conocida: señalar responsables políticos antes incluso de que se conozcan las causas, exigir dimisiones y colocar el foco en el Ejecutivo de Pedro Sánchez y, especialmente, en el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente.

 

Ese contraste ha sido el detonante de una reflexión que se ha viralizado con rapidez. No salió de un mitin ni de un plató, sino de una periodista con décadas de trayectoria y memoria suficiente para recordar que no todas las tragedias se han gestionado igual.

Rosa Villacastín, sin necesidad de elevar el tono ni alargar el discurso, publicó un mensaje que ha resonado como una bofetada de realidad.

 

“Están desesperados”. Así comenzó su reflexión. Dos palabras que no describen un estado de ánimo puntual, sino una estrategia.

A partir de ahí, Villacastín tiró del hilo de la memoria colectiva, esa que a veces incomoda porque desmonta relatos construidos a base de indignación selectiva.

 

Primero miró directamente al líder del Partido Popular. Alberto Núñez Feijóo, hoy erigido en adalid de las dimisiones inmediatas, fue presidente de la Xunta de Galicia cuando ocurrió el accidente del Alvia en Angrois, en Santiago de Compostela.

Una tragedia que dejó decenas de muertos y una herida que aún supura en muchas familias.

Villacastín no lanzó acusaciones vagas: recordó un hecho concreto. No hubo explicaciones políticas al nivel que ahora se exige, ni ceses inmediatos.

Y, sin embargo, hoy se reclama la dimisión de Óscar Puente cuando todavía no se conocen las conclusiones de la investigación de Adamuz.

 

Después, la periodista puso el foco en Isabel Díaz Ayuso. La presidenta de la Comunidad de Madrid vuelve a estar en el centro del debate cada vez que se habla de tragedias y responsabilidades políticas.

Villacastín recordó los llamados protocolos de la vergüenza durante la pandemia, que impidieron el traslado hospitalario de miles de ancianos en residencias madrileñas. Más de 7.000 fallecidos. Muchos, según múltiples investigaciones y testimonios, podrían haberse salvado.

 

No fue un ataque gratuito. Fue un recordatorio incómodo. Porque mientras Ayuso exige ahora dimisiones fulminantes, sigue sin asumir responsabilidades políticas por una de las decisiones más polémicas y dolorosas de la gestión de la pandemia en España.

Esa comparación, lanzada sin adornos, explica por qué el mensaje de Villacastín caló tan hondo.

 

La periodista fue aún más atrás en el tiempo. Sin nombres propios, pero con una referencia imposible de ignorar, mencionó el 11M.

Los atentados de Madrid de 2004, gestionados por un Gobierno del PP que optó por una estrategia informativa hoy ampliamente cuestionada.

No hizo falta desarrollar el argumento. Bastó con evocar aquella fecha para que el contraste con el discurso actual quedara en evidencia.

 

Y entonces, cerró el círculo. Volvió a la frase inicial. “Desesperados están”. No como insulto, sino como diagnóstico.

Un partido que, según esta lectura, necesita convertir una tragedia en arma política porque no encuentra otro terreno donde golpear con eficacia.

 

Mientras tanto, Isabel Díaz Ayuso no ha bajado el tono. Durante su intervención en el Nueva Economía Fórum, aprovechó el escenario para elevar aún más la presión.

Apenas una semana después del accidente de Adamuz, reclamó la dimisión no solo de Óscar Puente, sino también del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Sin esperar informes, sin conclusiones técnicas, sin que el duelo haya terminado.

 

 

“El ministro Puente tiene que dimitir”, afirmó con contundencia. Pero no se quedó ahí. Para Ayuso, la responsabilidad última siempre recae en Sánchez.

En su discurso, cada desgracia se diluye entre departamentos, pero nunca —según ella— se asume desde el Ejecutivo. Un argumento que repite y que conecta con su estrategia de confrontación directa con el Gobierno central.

 

El choque de discursos es evidente. Por un lado, prudencia institucional y una investigación en curso.

Por otro, una ofensiva política inmediata, con exigencias de dimisión que llegan antes que las respuestas. En medio, una ciudadanía que observa, compara y recuerda.

 

Y ahí es donde la intervención de Rosa Villacastín adquiere una dimensión mayor. No se trata solo de defender a un Gobierno u otro, sino de señalar una incoherencia que muchos perciben desde hace tiempo: la vara de medir cambia según quién esté en el poder. La indignación se activa o se silencia en función de los intereses del momento.

 

El accidente de Adamuz merece respeto, verdad y justicia. Merece explicaciones técnicas, responsabilidades claras cuando corresponda y acompañamiento a las víctimas.

Lo que no merece, según una parte creciente de la opinión pública, es convertirse en un campo de batalla política mientras aún se están recogiendo los escombros emocionales.

 

Las palabras de Villacastín han funcionado como un recordatorio colectivo: la memoria importa. Y cuando se ignora, alguien acaba sacándola a la luz.

Porque en política, como en la vida, no todo vale. Y porque exigir responsabilidades exige, antes que nada, coherencia.

 

Quizá por eso su mensaje se ha compartido tanto. No por partidismo, sino porque conecta con una sensación extendida de cansancio. Cansancio de discursos oportunistas, de exigencias selectivas, de tragedias utilizadas como altavoz.

 

La pregunta que queda flotando no es solo quién debe dimitir, sino cuándo y por qué. Y, sobre todo, quién asume responsabilidades cuando el foco mediático se apaga. Mientras tanto, la investigación sigue su curso. Y la memoria, una vez más, ha hablado.