Manuel Rico retrata a Ayuso tras su desprecio a las asociaciones de los fallecidos en las residencias: “La persona más miserable”.
El periodista ha criticado a la presidenta madrileña tanto por su papel político como por su persona.

Manuel Rico retrata a la Ayuso tras sus palabras sobre las organizaciones de los fallecidos en las residencias.
Hay frases que no se pierden en el ruido político del día a día. Frases que no se diluyen con el paso de las horas ni se entierran bajo nuevas polémicas.
Hay palabras que caen como una losa porque tocan una herida abierta, porque rozan el dolor de miles de familias y porque revelan, sin filtros, una forma de mirar la realidad.
Eso es exactamente lo que ocurrió cuando Isabel Díaz Ayuso se refirió a las organizaciones de familiares de los fallecidos en residencias como una “plataforma de frustrados de la izquierda”. A partir de ahí, algo se quebró de nuevo.
No era una polémica más. No era una frase sacada de contexto. Era una afirmación directa que apuntaba a personas que llevan años conviviendo con una ausencia irreversible: la de sus padres, madres, abuelos y abuelas, fallecidos en residencias durante los meses más duros de la pandemia.
Personas que no han dejado de pedir explicaciones, verdad y justicia desde entonces. Personas que, de pronto, se vieron retratadas como un instrumento político, como un estorbo, como una molestia.
La reacción no tardó en llegar. Políticos, asociaciones, profesionales sanitarios y periodistas alzaron la voz.
Pero entre todas esas respuestas hubo una que resonó con especial fuerza. La de Manuel Rico. No solo por el tono, sino por la trayectoria que lo respalda y por el peso de sus palabras.
Manuel Rico no es un opinador ocasional ni un tertuliano de paso. Es el periodista que destapó el caso de las residencias en Madrid, el que investigó durante meses lo ocurrido entre las paredes donde miles de ancianos murieron sin ser trasladados a hospitales.
El autor del libro “¡Vergüenza! El escándalo de las residencias”, publicado en 2021, una obra que puso nombres, cifras y documentos a lo que muchos preferían no mirar de frente.
Durante su intervención en Hora 25, en la Cadena SER, Rico no ocultó su indignación. Tampoco suavizó su discurso.
Al contrario. Comenzó recordando sus más de 35 años de experiencia profesional, un detalle que no era gratuito.
Era la antesala de una afirmación demoledora. Dijo haber conocido a “muy malos políticos” a lo largo de su carrera.
Y, acto seguido, lanzó una frase que dejó el estudio en silencio: Isabel Díaz Ayuso es, para él, “la persona más miserable” que ha conocido.
No se detuvo ahí. Fue aún más lejos. Aclaró que no hablaba solo de su actuación política, sino de algo más profundo.
Como ser humano, afirmó, es “la más despreciable” que ha conocido en más de tres décadas de ejercicio profesional.
Palabras duras, sí. Pero pronunciadas desde un lugar muy concreto: el de quien ha visto de cerca el sufrimiento de las familias y ha tenido acceso a los documentos que explican por qué tantas personas murieron solas.
El origen de este enfrentamiento no es nuevo. Viene de lejos. Desde que Manuel Rico y otros periodistas comenzaron a investigar lo ocurrido en las residencias madrileñas durante la primera ola de la pandemia.
Desde que salieron a la luz los llamados “protocolos de la vergüenza”, unas instrucciones que, según se ha documentado, establecían criterios para no trasladar a determinados residentes a hospitales públicos.
Rico volvió a explicarlo con claridad durante su intervención. Los protocolos bloqueaban el traslado de personas que no podían caminar por sí mismas o que presentaban un deterioro cognitivo medio o alto.
Es decir, los más frágiles, los más vulnerables. Aquellos que más atención médica necesitaban. Y no fue una excepción marginal.
Según los datos manejados por el periodista, aproximadamente el 80% de los residentes encajaban en alguno de esos criterios.
Pero hay un elemento que, según Rico, añade una capa extra de crueldad al asunto. Y es que esos protocolos no se aplicaron a los residentes con seguro privado.
Quienes contaban con una póliza pudieron saltarse ese circuito y ser trasladados a hospitales privados. La diferencia no la marcaba el estado de salud, sino la capacidad económica.
Una realidad que, para muchos, desmonta cualquier intento de justificar lo ocurrido como una simple saturación del sistema.
Por eso, las palabras de Ayuso no fueron percibidas como una provocación aislada, sino como un nuevo golpe a las familias.
Llamar “frustrados” a quienes perdieron a sus seres queridos en una situación que Rico ha definido como “absolutamente agónica” fue, para él, cruzar una línea moral.
Personas que llevan seis años luchando contra el olvido, contra los obstáculos judiciales y contra un muro político que se niega a asumir responsabilidades.
La indignación de Rico no es solo personal. Representa la de muchas voces que consideran que, lejos de cerrar heridas, este tipo de declaraciones las reabre.
Que en lugar de empatía, se responde con desprecio. Y que, en vez de rendir cuentas, se opta por deslegitimar a quienes siguen preguntando qué pasó y por qué.
El caso de las residencias en Madrid se ha convertido en uno de los episodios más oscuros de la gestión de la pandemia en España.
No solo por el número de fallecidos, sino por la sensación persistente de que nunca hubo una explicación completa. De que se pasó página demasiado rápido. De que el dolor quedó relegado a un segundo plano frente al relato político.
Por eso, cada vez que este tema vuelve a la actualidad, lo hace cargado de emoción. No es un debate abstracto ni ideológico.
Es una herida que sigue abierta. Y cuando desde el poder se utilizan palabras que minimizan o ridiculizan a las víctimas indirectas, la reacción es inevitable.
Manuel Rico no habló desde la neutralidad distante. Habló desde el compromiso de quien ha investigado, ha escuchado testimonios y ha visto documentos oficiales.
Desde la rabia contenida de quien considera que se ha faltado al respeto a personas que ya lo han perdido todo. Sus palabras no buscan consenso. Buscan sacudir conciencias.
Este nuevo choque entre el periodismo de investigación y el poder político vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿hasta cuándo se podrá esquivar este debate? ¿Hasta cuándo se seguirá señalando a quienes piden justicia como enemigos ideológicos? Porque, más allá de siglas y discursos, hay miles de historias personales que no encajan en ningún eslogan.
La polémica ha vuelto a poner el foco sobre la necesidad de memoria, de responsabilidad y de humanidad en la política.
No se trata solo de lo que se hizo en el pasado, sino de cómo se habla hoy de quienes aún sufren sus consecuencias. Y en ese terreno, cada palabra importa.
Las declaraciones de Ayuso y la respuesta de Manuel Rico han encendido de nuevo un debate que muchos preferían dar por cerrado. Pero hay debates que no se cierran con el paso del tiempo, sino con verdad y reparación. Mientras eso no llegue, las voces críticas seguirán alzándose, aunque incomoden.
Porque llamar “frustrados” a quienes buscan justicia no borra lo ocurrido. Al contrario, lo amplifica. Y porque, como recordó Rico, hay momentos en los que el silencio o el desprecio no son una opción. Son, simplemente, una forma más de violencia.
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