Quequé deja la SER tras su parodia de Nacho Abad: “Si escoció fue porque el dardo hizo diana”.

 

 

Héctor de Miguel anuncia su marcha con un comunicado.

 

 

 

 

Hay momentos en los que una broma deja de ser solo una broma y se convierte en un espejo incómodo. Un reflejo que devuelve a la sociedad una imagen que muchos prefieren no mirar de frente.

 

Eso fue, para muchos, lo que ocurrió en los últimos días con Héctor de Miguel, Quequé, y su decisión de abandonar Hora Veintipico, el programa de humor político de la Cadena SER que se había convertido en una referencia para miles de oyentes.

 

Su salida no fue fruto de una negociación silenciosa ni de un comunicado aséptico. Fue una despedida cargada de cansancio, ironía, dolor y una pregunta que aún flota en el aire: ¿hasta dónde se puede llegar cuando se hace humor en medio de una tragedia?

 

El detonante fue la parodia. Una sátira directa, reconocible, incómoda para algunos. Héctor de Miguel apareció caracterizado como “Macho Abad”, una caricatura evidente del presentador de Cuatro Nacho Abad, con un rótulo que no dejaba lugar a dudas: En boca de bobos.

 

Desde ahí, el cómico imitaba el tono, el enfoque y la forma de tratar el accidente ferroviario de Adamuz en determinados espacios televisivos, poniendo el foco en el sensacionalismo, la prisa por señalar culpables y la conversión del dolor en espectáculo.

 

 

La escena duró pocos minutos, pero su eco fue enorme. En redes sociales, en tertulias, en columnas de opinión.

 

Para algunos, fue una crítica necesaria al modo en que ciertos programas abordan las tragedias. Para otros, una falta de respeto imperdonable en un contexto de duelo nacional. La línea, fina como siempre en la comedia, se tensó hasta romperse.

 

 

Poco después, Quequé anunciaba su decisión. No en antena, sino en redes sociales, con un texto que sonaba más a despedida emocional que a comunicado profesional. “Ha llegado el momento de parar”, escribía.

 

Y añadía una confesión poco habitual en el ecosistema mediático: “Ni tengo madera de héroe ni me apetece ser un mártir”. No había épica en sus palabras, sino agotamiento.

 

El cómico quiso dejar algo claro desde el principio: no se arrepentía del enfoque, pero sí lamentaba el dolor causado a quienes se hubieran sentido ofendidos.

 

“Si te ha molestado lo que hemos hecho estos días, mis más sinceras disculpas”, afirmaba, marcando una diferencia entre pedir perdón y admitir una culpa que, en su opinión, no existía.

 

Para él, la sátira no se dirigía a las víctimas ni a sus familias, sino al ecosistema mediático que rodea a las tragedias.

 

En uno de los párrafos más contundentes de su mensaje, Quequé lanzaba un dardo sin nombrar directamente a su destinatario.

 

“Si la parodia del inefable escoció, fue porque el dardo hizo diana”, escribía. Y continuaba con una acusación clara: no fue su programa el que mostró imágenes truculentas para subir el share, ni el que fomentó la desinformación y el conflicto a base de debates maniqueos. La crítica no iba contra una persona concreta, sino contra una forma de hacer televisión.

 

 

Ese matiz es clave para entender la dimensión del debate. Porque lo que estalló tras la parodia no fue solo una polémica entre dos comunicadores, sino una discusión mucho más profunda sobre los límites del humor, la responsabilidad de los medios y el uso del dolor ajeno como materia prima informativa.

 

 

Hora Veintipico llevaba años moviéndose en esa frontera. Un programa incómodo, irreverente, que no pretendía gustar a todo el mundo.

 

Su humor se apoyaba en la exageración, la ironía y el señalamiento directo de contradicciones políticas y mediáticas.

 

Para una parte de la audiencia, era un oasis de lucidez en medio del ruido. Para otra, un espacio provocador que cruzaba líneas con demasiada facilidad.

 

La tragedia de Adamuz cambió las reglas del juego. Con 45 personas fallecidas, el país entero se encontraba en estado de shock.

 

El luto nacional, las imágenes de los restos del tren, los testimonios de los familiares… todo componía un escenario emocionalmente cargado. En ese contexto, cualquier comentario, cualquier chiste, cualquier parodia, se analizaba con lupa.

 

La sátira de Quequé llegó justo ahí. Y la reacción fue inmediata. Críticas, peticiones de disculpas, acusaciones de insensibilidad.

 

El ruido creció tanto que el propio cómico decidió apartarse. No porque aceptara el relato de quienes le acusaban de faltar al respeto a las víctimas, sino porque, según sus propias palabras, necesitaba parar. “Tengo que descansar un rato y luego ya veremos”, cerraba su mensaje, dejando en el aire su futuro inmediato.

 

La despedida estuvo cargada de agradecimientos. A la Cadena SER, a sus compañeros, a la audiencia. Un adiós sin portazos, pero con una sensación amarga. Como si se fuera alguien que no quería irse del todo, pero que ya no podía seguir en las mismas condiciones.

 

 

La reacción política no tardó en llegar. Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso, fue uno de los primeros en pronunciarse.

 

Su mensaje fue breve, pero cargado de significado: “Lo deja un tipo brillante. Ojalá no saliera tan caro ser valiente. Y ojalá vuelva”.

 

Una frase que conectó con miles de usuarios y que resumía el sentimiento de una parte importante del público.

 

Porque, más allá del caso concreto, lo que muchos vieron en la salida de Quequé fue un síntoma.

 

 

El reflejo de un clima en el que la crítica, la sátira y la ironía parecen pagar un precio cada vez más alto. Un contexto donde la presión social, mediática y política empuja a la autocensura o al desgaste personal.

La figura de Nacho Abad, aunque no mencionada explícitamente por Quequé, quedó inevitablemente ligada a la polémica.

 

Su estilo informativo, muy criticado por algunos sectores por su tono alarmista y su apuesta por el impacto visual, volvió a estar en el centro del debate. La parodia funcionó como un catalizador de críticas que ya existían desde hace tiempo.

 

 

Sin embargo, reducir todo a un enfrentamiento personal sería simplificar demasiado. Lo que se discutía no era solo una imitación, sino el modelo de comunicación que domina gran parte de la televisión actual.

 

Un modelo basado en la urgencia, el enfrentamiento constante y la explotación emocional de los acontecimientos más dramáticos.

 

En ese sentido, la decisión de Quequé de dar un paso atrás ha sido interpretada de formas muy distintas.

 

Para algunos, una muestra de responsabilidad y sensibilidad. Para otros, una derrota frente a la presión y el ruido. Y para muchos, una pérdida para el humor crítico en España.

 

Las reacciones en redes sociales lo reflejan con claridad. Miles de mensajes de apoyo, agradecimiento y reconocimiento a su trabajo.

 

Oyentes que aseguran haber encontrado en Hora Veintipico una forma de entender la actualidad desde el humor sin renunciar a la reflexión. Pero también voces críticas que celebran su marcha como una corrección necesaria.

 

En medio de todo, queda una pregunta incómoda: ¿puede el humor señalar los excesos mediáticos sin ser acusado de insensibilidad? ¿Es posible hacer sátira en tiempos de duelo sin que se confunda el objetivo? ¿O estamos entrando en una etapa en la que cualquier incomodidad se paga con el silencio?

 

 

La historia de Héctor de Miguel no termina aquí. Él mismo lo dejó claro al cerrar su mensaje con un “luego ya veremos”.

 

No hay un adiós definitivo, sino una pausa. Un tiempo para respirar, para recomponerse, para decidir si merece la pena volver a exponerse en un entorno cada vez más hostil para la ironía.

 

 

Mientras tanto, su salida deja un vacío difícil de llenar. Porque más allá de gustos personales, Quequé representaba una forma de hacer humor que incomodaba al poder, a los medios y, a veces, al propio público. Y eso, en un ecosistema mediático cada vez más homogéneo, no es poca cosa.

 

 

La polémica seguirá unos días más. Se escribirán columnas, se grabarán tertulias, se emitirán juicios definitivos.

 

Pero cuando el ruido se apague, quedará la sensación de que algo se ha roto. No solo la continuidad de un programa, sino la confianza en que el humor pueda seguir siendo un espacio de crítica sin convertirse en un campo minado.

 

 

Quizá por eso las palabras de Rufián resonaron tanto. Porque en ellas no solo había apoyo a un cómico, sino una reflexión más amplia: ser valiente, hoy, tiene un coste. Y no todo el mundo está dispuesto, o puede, asumirlo.

 

 

El futuro dirá si Héctor de Miguel vuelve a ocupar un micrófono con la misma libertad de antes o si esta experiencia marca un punto de inflexión.

 

De momento, su marcha deja una lección clara: en tiempos de tragedia, el debate sobre cómo contamos lo que pasa es tan importante como lo que pasa. Y el humor, por incómodo que resulte, sigue siendo una herramienta poderosa para poner ese debate sobre la mesa.