Así retrató RUFIÁN a FEIJÓO y ABASCAL en un celebrado discurso en el CONGRESO.

 

 

 

 

 

El parlamentarismo, cuando funciona, no es un intercambio de consignas ni un concurso de eslóganes para redes sociales.

 

Es, en esencia, un ejercicio de escucha y de respuesta. Esa fue la premisa desde la que Gabriel Rufián volvió a intervenir en el Congreso, articulando un discurso que no solo interpeló a la derecha y a la extrema derecha, sino también a su propio espacio político y al Gobierno.

 

 

Un discurso incómodo, cargado de matices, que mezcla memoria histórica, geopolítica, crítica mediática y una reflexión profunda sobre el miedo, la seguridad y el papel de la izquierda en un mundo que ya no se parece al que muchos querrían.

 

 

Rufián comenzó reconociendo algo poco habitual en la dialéctica parlamentaria: que algunas críticas del líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, no carecían de fundamento.

 

La falta de Presupuestos Generales del Estado, por ejemplo, es un problema real en cualquier democracia.

 

Sin embargo, el portavoz de ERC recordó que no se trata de una anomalía exclusiva del actual Gobierno.

 

Mariano Rajoy gobernó con presupuestos prorrogados en varias ocasiones y comunidades gobernadas por el PP, como la Comunidad de Madrid bajo Isabel Díaz Ayuso, han hecho lo mismo durante años sin que entonces se encendieran las mismas alarmas institucionales.

 

 

Esa doble vara de medir fue uno de los ejes del discurso. Rufián subrayó la contradicción de criticar el “sometimiento acrítico” del Gobierno mientras se protege políticamente a figuras como Carlos Mazón, cuestionado por su gestión de la DANA en la Comunidad Valenciana.

 

 

El mensaje era claro: la coherencia no puede ser selectiva ni depender del color político.

 

 

En cuanto a los pactos parlamentarios, el diputado catalán volvió a desmontar uno de los mantras más repetidos por la derecha española: la idea de que negociar con fuerzas independentistas es una traición al Estado.

 

Rufián recordó, incluso cambiando de lengua al catalán, que pactar forma parte del ADN del parlamentarismo y que grandes empresas españolas negocian sin problemas en Cataluña y con actores que no comparten una visión centralista de España.

 

La pregunta que lanzó no fue tanto si el Gobierno tiene mayoría estable, sino si el propio Feijóo la tiene dentro de su partido, una alusión directa a las tensiones internas del PP y a la dependencia creciente de Vox.

 

 

Con la extrema derecha, el tono fue aún más duro. Las referencias de Vox a “amenazas migratorias africanas”, las burlas al islam y al Ramadán fueron respondidas con una ironía cargada de historia: algunos dirigentes de Vox, dijo Rufián, se parecen más a figuras del Al-Ándalus como Abderramán II que al franquismo rancio que reivindican.

 

No era una simple provocación, sino una forma de desmontar el relato identitario excluyente desde la propia historia de la península.

 

 

Pero el núcleo más profundo del discurso llegó cuando Rufián se dirigió a la izquierda. Lo hizo sin complacencia.

 

Reconoció su antifascismo y su antimilitarismo, pero advirtió de que las convicciones, por justas que sean, no bastan si no se afronta la realidad tal como es.

 

La historia, recordó, demuestra que cuando la izquierda renuncia a gestionar el mundo real, otros lo hacen, y casi siempre con peores intenciones.

 

 

Desde esa premisa abordó uno de los debates más incómodos para su espacio político: la guerra, la seguridad y la defensa.

 

“No a la guerra”, insistió, pero también interpeló a quienes, desde el sofá o el móvil, sienten miedo y se preguntan qué hacer.

 

Para Rufián, la izquierda no puede hablar de paz sin hablar de orden, de seguridad y de defensa, porque si no deja ese terreno libre a quienes lo utilizan para sembrar miedo y odio.

 

 

La referencia a la Guerra Civil española fue uno de los momentos más contundentes.

 

Rufián afirmó sin rodeos que si el ejército republicano hubiera contado con mejores aliados y mejores armas, probablemente habría ganado, y Franco sería hoy solo un recuerdo oscuro de la historia.

 

Frente a quienes caricaturizan cualquier reflexión sobre defensa como belicismo, el portavoz independentista defendió que hay contextos en los que resistir es una obligación moral.

 

 

En el plano internacional, su análisis fue igual de directo. Vladimir Putin y Donald Trump, dijo, no son líderes comparables a los de la Guerra Fría clásica.

 

Putin es un zar moderno, y Trump un multimillonario que convence a millones de personas precarizadas de que la culpa de su situación la tienen otros aún más pobres.

 

Ambos, junto a figuras como Giorgia Meloni, Javier Milei, Isabel Díaz Ayuso o Santiago Abascal, serían los “señores de la guerra” de un conflicto contemporáneo especialmente peligroso: la guerra del pobre contra el más pobre.

 

 

Sobre Ucrania, Rufián fue claro al calificar lo que ocurre como una agresión y una invasión, señalando a Putin como responsable. Reconoció las carencias democráticas de Ucrania, algo documentado por informes internacionales y por episodios como la represión en el Donbás o el incendio de la Casa de los Sindicatos de Odesa en 2014, pero insistió en que nada de eso justifica una invasión.

 

 

Al mismo tiempo, lanzó una de las críticas más duras a la OTAN que se han escuchado en el Congreso en los últimos años.

 

Para Rufián, la Alianza Atlántica no es un “séptimo de caballería” que llega al final de la película para salvar a Europa, sino el principal delegado comercial de la industria armamentística estadounidense en el continente desde hace décadas.

 

Recordó su papel directo o indirecto en guerras y golpes de Estado a lo largo del mundo y advirtió de que el hecho de que Putin sea un autócrata peligroso no puede servir para blanquear a la OTAN.

 

 

La hipocresía internacional quedó aún más expuesta cuando comparó el trato a Rusia con el que reciben aliados de la OTAN como Turquía o Israel.

 

Mientras Recep Tayyip Erdoğan reprime al pueblo kurdo y Benjamín Netanyahu masacra a la población palestina, ambos siguen siendo socios estratégicos de Occidente.

 

Rufián fue especialmente contundente al calificar a Israel como un Estado genocida y a Netanyahu como criminal de guerra, recordando episodios recientes documentados por organizaciones internacionales y medios de referencia.

 

La diferencia entre Gaza y Auschwitz, dijo, es que aún estamos a tiempo de parar Gaza.

 

 

En el ámbito europeo, el diputado cuestionó el plan de rearmar Europa con 800.000 millones de euros. ¿Por qué esa cifra y no otra?, preguntó.

 

Recordó que el PIB combinado de países como Alemania, Francia e Italia ya supera al de Rusia y que Europa lleva años aumentando su gasto militar, especialmente desde 2020.

 

El problema, a su juicio, no es cuánto se gasta, sino cómo y para quién. Dudó abiertamente de que un rearme masivo sirva para apaciguar a líderes como Trump, que incluso ha insinuado la anexión de Groenlandia o Canadá, y advirtió de que ese rearme difícilmente será europeo, sino dependiente de la industria militar estadounidense y de figuras como Elon Musk.

 

 

Frente a gastar más, Rufián propuso gastar mejor. Un solo ejército europeo en lugar de 27, una persecución real de los oligarcas que financian regímenes autoritarios a través de cuentas opacas en Londres o paraísos fiscales, y una política exterior coherente que deje de mirar hacia otro lado según convenga.

 

 

La parte final del discurso volvió al terreno doméstico y mediático. Rufián denunció que “está de moda ser mala persona”, manipular y mentir sin consecuencias.

 

Comparó el caso de Mónica Oltra, obligada a dimitir por una mentira que no cometió directamente, con el de Isabel Díaz Ayuso, que se mantiene en el cargo pese a escándalos documentados sobre su entorno.

 

Mencionó también a Carlos Mazón, señalando la falta de responsabilidades políticas pese a la gravedad de los hechos bajo su gestión.

 

 

La explicación, según Rufián, es clara: la derecha ha entendido perfectamente cómo funciona el poder mediático y digital, mientras la izquierda sigue sin adaptarse, actuando como “gacelas heridas en mitad de la sabana”, presa fácil de las hienas del ruido y la desinformación.

 

 

El cierre tuvo un tono distinto, casi íntimo, al despedir a Aitor Esteban en su último pleno. Más allá de las diferencias ideológicas, Rufián reconoció su capacidad parlamentaria y su influencia, reivindicando una forma de hacer política basada en el rigor y en la palabra.

 

 

Lo que dejó este discurso no fue solo una intervención más en el Diario de Sesiones. Fue una advertencia.

 

La política del miedo, del simplismo y de la hipocresía avanza cuando quienes deberían ofrecer respuestas complejas renuncian a hacerlo.

 

Y en un mundo atravesado por guerras, crisis económicas y desinformación, la pregunta que queda flotando no es ideológica, sino profundamente democrática: ¿quién se atreve a hacerse cargo de la realidad tal como es y a explicarla sin mentirle a la gente?