María José Campanario estalla en redes y habla como nunca antes de política: “La demagogia barata no cuela”.
La odontóloga ha dado un golpe en la mesa y se ha pronunciado sobre algunos temas de actualidad.

María José Campanario, dando un paseo en una imagen de archivo.
Durante años, María José Campanario fue ese nombre que aparecía siempre en segundo plano, asociado inevitablemente a otro más grande, más mediático, más ruidoso.
Muchos creían conocerla, pero en realidad sabían muy poco de ella. No concedía entrevistas con frecuencia, no se exponía en exceso y parecía haber levantado un muro infranqueable entre su vida privada y el escaparate público. Sin embargo, algo cambió. Y cuando cambió, lo hizo sin medias tintas.
No fue un posado, ni una exclusiva, ni un gran anuncio. Fue una opinión. Directa, incómoda para algunos, muy necesaria para otros. Y bastó eso para que miles de personas volvieran a mirarla con otros ojos.
Desde que Jesulín de Ubrique participó en MasterChef Celebrity, María José Campanario dio un paso que durante años había evitado: entrar de lleno en las redes sociales.
Instagram y Threads se convirtieron en espacios donde no solo compartía momentos puntuales, sino también reflexiones, inquietudes y posicionamientos claros sobre temas que muchos prefieren esquivar.
Y lo hizo sin disfraces, sin frases vacías y sin ese lenguaje calculado tan habitual entre los rostros conocidos.
Lo que ocurrió en los últimos días ha vuelto a colocarla en el centro del debate público.
No por una polémica personal, ni por una aparición televisiva, sino por algo mucho más profundo: su visión sobre la infancia, la exposición de menores en redes sociales y el uso del dinero público en España.
Todo empezó con una reflexión que, en apariencia, parecía sencilla, pero que tocó una fibra extremadamente sensible.
María José habló sobre una posible ley que podría prohibir el acceso a las redes sociales a menores de 16 años.
Una medida que genera división, ruido y enfrentamientos constantes. Mientras muchos famosos esquivan el tema o se limitan a declaraciones tibias, ella fue directa.
Confesó no entender por qué hay adultos que sienten la necesidad de que niños menores de 16 años estén presentes en redes sociales.
No lo dijo desde la superioridad moral, sino desde una preocupación real. Y fue más allá. Señaló abiertamente una práctica cada vez más normalizada y, al mismo tiempo, más peligrosa: el sharenting.
La exposición constante de menores por parte de sus propios padres, incluidos personajes públicos, sin medir las consecuencias a largo plazo.
Su mensaje no fue casual ni improvisado. Campanario habló del peligro real que supone mostrar a niños en plataformas donde el control es limitado y el alcance, inabarcable.
Puso sobre la mesa una verdad incómoda: muchos adultos priorizan la visibilidad, los “likes” y la validación externa por encima de la protección de la intimidad de sus hijos. Y lo dijo sin señalar nombres, pero señalando conductas.
Las reacciones no tardaron en llegar. Aplausos, críticas, debates encendidos. Porque cuando alguien conocido cuestiona una práctica tan extendida, obliga a muchos a mirarse en el espejo. Y no todos están dispuestos a hacerlo.
Pero María José Campanario no se quedó ahí. Lejos de replegarse tras la primera ola de comentarios, decidió abordar otro asunto que llevaba días circulando por redes y tertulias: la polémica sobre el dinero público destinado a programas de televisión, en concreto a la renovación de La Revuelta, el espacio presentado por David Broncano, frente a la falta de financiación para investigaciones científicas de enorme relevancia.
El nombre de Mariano Barbacid apareció en su reflexión. El científico que ha logrado avances esperanzadores en la investigación del cáncer de páncreas en ratones y que necesita una inversión millonaria para continuar sus estudios en humanos.
En redes, muchos planteaban el debate de forma simplista: dinero para entretenimiento sí, dinero para ciencia no.
Campanario desmontó esa narrativa con una contundencia poco habitual. Calificó ese planteamiento como demagogia barata y una falacia de falso paralelismo.
Recordó que en este país se sabe perfectamente quién recortó presupuestos en investigación, quién destinó millones al rescate bancario, cuánto dinero público se entrega a la Iglesia o cuánto se invirtió en infraestructuras sanitarias que hoy están infrautilizadas.
Su mensaje fue claro: enfrentar ciencia y entretenimiento es una trampa. España puede, y debe, invertir en investigación, sanidad y cultura al mismo tiempo.
El problema no es que existan programas de televisión financiados con dinero público, sino cómo se priorizan los recursos y quién toma esas decisiones.

María José Campanario, sonriente en una imagen de archivo con el pelo rubio.
En ese punto, María José Campanario rompió definitivamente con la imagen de personaje ajeno a la actualidad. Se posicionó. Dijo lo que piensa. Y asumió las consecuencias.
También habló de algo que considera irrenunciable: la sanidad pública y universal. Defendió su importancia frente a los intentos de privatización y dejó claro que, para ella, ese sí es un destino prioritario del dinero de todos. Lo hizo sin gritar, sin insultar, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
Cuando una usuaria la atacó en Threads con el clásico argumento de “pan y circo”, Campanario respondió con ironía y sinceridad: aseguró que no ve la televisión y que, por tanto, poco circo consume.
Y añadió un detalle que retrata bien su actitud frente a las críticas: no puede ver los mensajes de cuentas privadas, así que el odio le afecta “aún menos”. Una forma elegante de decir que no piensa callarse por miedo al qué dirán.
Lo interesante de todo esto no es solo lo que dijo, sino quién lo dijo. María José Campanario no es una tertuliana política, ni una activista profesional, ni alguien que viva de generar polémicas.
Es una mujer que, tras años de silencio, ha decidido usar su voz cuando siente que algo no encaja. Y eso, en un contexto donde muchos personajes públicos miden cada palabra como si fuera un producto, resulta casi revolucionario.
Su postura ha generado incomodidad porque cuestiona hábitos muy arraigados. Obliga a reflexionar sobre cómo usamos las redes, qué papel damos a los menores en ellas y cómo aceptamos discursos simplistas sobre el uso del dinero público. No ofrece respuestas fáciles, pero sí preguntas necesarias.
Quizá por eso su mensaje ha conectado con tanta gente. Porque no suena a comunicado de equipo de imagen, ni a frase diseñada para gustar a todos. Suena a persona. A alguien que piensa, que se informa y que no tiene miedo a disentir.
En un ecosistema digital donde el ruido suele imponerse al contenido, la sinceridad de María José Campanario ha abierto un debate que va mucho más allá de su nombre.
Ha puesto el foco en la responsabilidad adulta, en la protección de los menores y en la necesidad de dejar de enfrentar causas que, en realidad, deberían caminar juntas.
Ahora la pelota está en el tejado de quienes leen, comparten y comentan. Porque más allá de estar de acuerdo o no con ella, lo que ha hecho Campanario es algo poco común: obligar a pensar.
Y en tiempos de mensajes rápidos y opiniones prefabricadas, eso ya es un acto de valentía.
La pregunta no es si María José Campanario tiene razón en todo. La pregunta es cuántas veces miramos hacia otro lado por comodidad.
Y cuántas veces necesitamos que alguien, desde un perfil inesperado, diga en voz alta lo que muchos solo se atreven a pensar en silencio.
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