¡ZASCA DEMOLEDOR! RUFIÁN ARRINCONA a FEIJÓO y ABASCAL 😳 “CUANDO PIERDEN, CORREN AL JUZGADO”.

 

 

El hemiciclo estaba medio vacío, pero la carga simbólica de lo que ocurrió esa mañana fue enorme.

 

No era una sesión cualquiera ni un intercambio más de reproches previsibles. Gabriel Rufián subió a la tribuna sin buscar el aplauso fácil ni el titular amable. Subió a incomodar. A remover.

 

 

A señalar lo que, según él, muchos prefieren no mirar de frente.

 

Lo que quedó después no fue solo una bronca parlamentaria más, sino una radiografía cruda del poder, de la corrupción entendida no solo como delito penal, sino como degradación moral, institucional y humana.

 

 

Desde el primer minuto, el discurso tocó una fibra especialmente sensible: la sanidad pública y los cribados de cáncer en comunidades como Madrid y Andalucía.

 

Rufián no habló de cifras frías ni de debates técnicos. Habló de personas.

 

De mujeres que esperaron durante dos años un diagnóstico que nunca llegó a tiempo.

 

De familias que recibieron una carta con un resultado positivo cuando su pareja o su madre ya había muerto. De falsos negativos.

 

De silencios administrativos que no salen en los sumarios judiciales, pero que dejan muertos por el camino.

 

Ahí fijó el marco: eso también es corrupción, dijo. No la del sobre o la comisión, sino la de recortar, privatizar y convertir derechos básicos en un negocio.

 

El contraste fue deliberado y demoledor. Mientras algunos lucen lazos en la solapa para mostrar compromiso simbólico contra el cáncer, recordó, las decisiones políticas reales van en dirección contraria.

 

El cáncer no se combate con gestos ni marketing emocional, insistió, sino con inversión, con prevención y con una sanidad pública fuerte.

 

Ese arranque no fue casual: colocó el debate lejos del barro partidista y lo llevó al terreno donde la política duele de verdad.

 

 

A partir de ahí, el tono no se suavizó. Rufián miró directamente a los escaños del Partido Popular y de Vox, y habló de lawfare, de cloacas del Estado, de jueces “a la carta” y de una derecha que, en su opinión, invoca la democracia mientras la erosiona por detrás.

 

 

No hubo rodeos. Enumeró casos, nombres, silencios comprados y un doble rasero que, según denunció, se ha normalizado hasta el punto de que ya nadie puede fingir sorpresa.

 

 

Uno de los ejes del discurso fue precisamente ese doble estándar. A la izquierda, dijo, no se le permite fallar ni una sola vez.

 

Cualquier error se convierte en una causa general, en una campaña mediática, en una investigación interminable.

 

Mientras tanto, otros convierten el escándalo en rutina y la corrupción en paisaje. No habló de victimismo, sino de memoria.

 

De recordar quién ha gobernado este país durante décadas y con qué mochila judicial a cuestas.

 

 

En ese contexto lanzó una advertencia política directa a Alberto Núñez Feijóo: no reparta ministerios ni vicepresidencias como hizo la noche del 23 de julio. Aquello, recordó con ironía, no salió bien.

 

Y añadió una frase que encendió aún más el ambiente: “No se rían tanto, que acabarán desfilando por los juzgados”.

 

El murmullo fue inmediato. El mensaje estaba claro: la impunidad percibida tiene fecha de caducidad, aunque a veces tarde demasiado en llegar.

 

Rufián no repartió críticas solo hacia la derecha. También hubo dardos para otros espacios políticos.

 

Recordó silencios incómodos, alianzas contradictorias y banderas compartidas con figuras que hoy están bajo sospecha o directamente imputadas.

 

El mensaje fue incómodo para muchos, pero coherente con una idea central del discurso: nadie sale limpio si mira hacia otro lado cuando el poder se degrada.

 

Uno de los momentos más tensos llegó al abordar los casos judiciales que copan titulares.

 

El llamado caso Begoña Gómez fue utilizado como ejemplo del listón que, a su juicio, se está imponiendo.

 

Rufián explicó con detalle la acusación de malversación basada en el envío de un correo electrónico por parte de una asesora.

 

Y lanzó una pregunta retórica que resonó en la sala: si eso es malversación, ¿qué hacemos entonces con otros usos de recursos públicos que nunca llegaron a los tribunales? ¿Cómo se llama que Mariano Rajoy cargara los cuidados de su padre a los Presupuestos Generales del Estado? ¿Dónde estaba entonces la misma vara de medir?

 

 

El discurso avanzó sin pausa hacia el caso del fiscal general del Estado y la investigación por una supuesta filtración que, recordó, ya conocía medio Madrid días antes.

 

Rufián puso el foco no solo en el procedimiento judicial, sino en quién juzga y con qué antecedentes.

 

Habló del juez que, quince años después, aún no sabía quién era “M. Rajoy”, y de la fiscal que se negó reiteradamente a investigar las más de 7.000 muertes en residencias de Madrid durante la pandemia.

 

La insinuación fue clara: no se trata solo de hechos, sino de quién controla los resortes de la justicia y con qué intereses.

 

 

En ese punto, lanzó una frase tan irónica como contundente: recomendó a cualquier funcionario que, si quiere evitar problemas, se afilie al Partido Popular.

 

No fue una broma ligera, sino una denuncia política sobre la percepción de impunidad y protección que, según él, existe para determinados entornos de poder.

 

 

El nombre de González Amador, pareja de la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, apareció después con fuerza.

 

Rufián recordó unas declaraciones realizadas en sede judicial en las que el empresario hablaba de irse de España o incluso de suicidarse.

 

Lejos de banalizarlo, planteó una pregunta directa: ¿no hay aquí riesgo de fuga? Y añadió, con sarcasmo, que la solución para evitar dramas sería simple: pagar impuestos, no usar empresas pantalla, no hacer facturas falsas ni cobrar comisiones sin declarar.

 

 

El discurso volvió entonces a uno de sus núcleos más duros: la gestión política que tiene consecuencias mortales.

 

Las residencias de mayores durante la pandemia, el caso Dana, la actuación del president valenciano Carlos Mazón.

 

Rufián utilizó palabras extremadamente duras, calificando de corrupción moral el amparo político a responsables que, según él, cargan con cientos de muertes evitables.

 

Recordó cómo algunos dirigentes fueron aplaudidos hasta que los datos electorales aconsejaron otra cosa.

 

Ahí la acusación fue clara: lo peor no es el dirigente incompetente, sino quienes lo protegen mientras conviene.

 

 

No fue una amenaza, insistió, sino una advertencia: no se atrevan a repetir con las víctimas de futuras tragedias lo que se hizo con las del metro de Valencia o con otros casos silenciados. Porque habrá quien se ponga enfrente.

 

 

La enumeración de casos de corrupción vinculados al Partido Popular ocupó un tramo largo del discurso.

 

Gürtel, Púnica, Lezo, Kitchen, residencias, FP, guarderías, y decenas de procedimientos que, recordó, se seguirán juzgando hasta 2030.

 

No era una lista para el morbo, sino para romper el relato de la excepción.

 

Para recordar que no se trata de manzanas podridas aisladas, sino de una estructura que ha funcionado durante años.

 

 

Uno de los momentos más incómodos llegó cuando recordó que el líder de la oposición ha acusado al presidente del Gobierno de beneficiarse de la prostitución.

 

Rufián respondió con un contraste demoledor: no hay fotos de Sánchez en prostíbulos, pero sí hay una imagen del líder de la oposición con un narcotraficante.

 

No hizo acusaciones penales, pero dejó flotando la idea del doble rasero mediático y político.

 

 

Vox tampoco quedó al margen. Citó denuncias internas de antiguas dirigentes sobre presiones económicas para financiar la fundación Disenso.

 

Lo enmarcó dentro del mismo debate: si hablamos de corrupción, hablemos de todo, también de lo que incomoda a quienes se presentan como regeneradores.

 

 

El discurso se abrió entonces a un plano más amplio: la emergencia climática, la Agenda 2030 y la manipulación política del miedo.

 

Rufián defendió que negar el cambio climático es negar la realidad, y recordó que la demonizada Agenda 2030 no es otra cosa que un compromiso internacional para acabar con la pobreza, garantizar educación y sanidad, y reducir la desigualdad.

 

Lo dijo con claridad: se ha convertido en un enemigo útil para ganar votos entre quienes no saben realmente qué contiene.

 

 

Pero quizá el tramo más autocrítico fue el dirigido a la izquierda y, en particular, al PSOE.

 

Rufián acusó a los socialistas de haberse puesto de perfil cuando el poder judicial y mediático arremetía contra otros espacios políticos.

 

“Os dijimos que los siguientes seríais vosotros”, recordó. Y ahora, cuando les toca, les pidió que escuchen.

 

Que si quieren frenar a la derecha reaccionaria, luchen contra la desigualdad, la precariedad y, sobre todo, contra el drama de la vivienda.

 

 

La vivienda fue presentada como la clave política del presente y del futuro. No como un tema identitario, sino como la preocupación real de millones de personas.

 

Explicó por qué incluso la derecha ha cambiado su discurso y ha colocado a portavoces jóvenes hablando de alquileres y precios: porque la realidad aprieta y el malestar social ya no se puede ocultar.

 

 

Rufián cerró con una reflexión estratégica: hay dos maneras de ser de izquierdas, dijo. Una útil, aunque impura.

 

Y otra pura, pero inútil. Y pidió menos pureza moral y más cabeza política. Hablar de seguridad sin exageraciones ni negaciones.

 

Hablar de migración con realismo, integración y respeto. No abandonar los barrios ni regalar el marco del debate a la extrema derecha.

 

 

El silencio final no fue cómodo. Tampoco lo pretendía. Lo que quedó fue algo más que un discurso incendiario: una advertencia sobre lo que ocurre cuando la política se desconecta de la vida real, cuando la corrupción se normaliza y cuando el miedo ocupa el espacio de las soluciones.

 

El mensaje final fue claro: si no se disputa el poder real —vivienda, salarios, medios, justicia— el ruido seguirá ganando terreno. Y entonces ya no bastarán las palabras.