Sarah Santaolalla destapa “el club de los chungos” de Ayuso: “Miguel Ángel Rodríguez pasa demasiado tiempo en los bares”.

 

 

 

La analista política aseguró que cree que la presidenta de la Comunidad de Madrid está “como en el instituto”.

 

 

 

Sarah Santaolalla en ‘Mañaneros 360’ (RTVE).

 

 

La próxima visita de Isabel Díaz Ayuso a Javier Milei en Argentina ha vuelto a colocar a la presidenta de la Comunidad de Madrid en el centro del debate político y mediático.

 

No tanto por la agenda oficial del viaje, sino por el simbolismo que encierra y por las reacciones que está provocando en España.

 

En los últimos días, varios programas de televisión han abordado este asunto, pero ha sido en Mañaneros 360, en La 1 de TVE, donde el tema ha generado uno de los momentos más comentados, de la mano de la analista política Sarah Santaolalla.

 

 

Lejos de la corrección diplomática o del análisis frío, Santaolalla optó por un tono directo, casi personal, para describir lo que le provoca la figura de Ayuso en este momento.

 

Dijo sentir “cierta pena” por ella, una expresión que, más allá de la crítica política habitual, apunta a una lectura más profunda del personaje y de la estrategia que parece estar siguiendo.

 

No habló solo de ideología, sino de entorno, de compañías y de una forma de ejercer el poder que, según ella, recuerda más a una dinámica adolescente que a la responsabilidad institucional de un cargo de primer nivel.

 

 

En su intervención, la analista fue enumerando las figuras que rodean a la presidenta madrileña y que, a su juicio, dibujan un contexto preocupante.

 

Mencionó a Miguel Ángel Rodríguez, su jefe de gabinete, con una crítica explícita a su estilo y a su forma de estar en el espacio público.

 

Habló también de la pareja de Ayuso, señalando los fraudes fiscales reconocidos públicamente, y del hermano de la presidenta, recordando su presunto beneficio durante la pandemia.

 

Todo ello, enlazado ahora con la cercanía simbólica a líderes como Milei, compone, según Santaolalla, un retrato político que va más allá de lo anecdótico.

 

 

La frase que más resonó en plató fue quizá la comparación con el instituto. Santaolalla describió a Ayuso como alguien que “quiere ser del grupo de los chungos”, alguien que busca validación en los márgenes más duros y provocadores del tablero político.

 

 

No como una estrategia calculada y madura, sino como una forma de reafirmación constante.

 

Y, en esa búsqueda, advirtió, corre el riesgo de acabar siendo “la más chunga”, no por estética ni por gestos, sino por el impacto real de sus políticas.

 

 

Porque ahí está, para la analista, el núcleo del problema. Más allá de los gestos, las fotos o los viajes internacionales, las decisiones del Gobierno de la Comunidad de Madrid tienen consecuencias muy concretas.

 

 

Santaolalla fue clara al señalar a quiénes afectan esas políticas: la clase obrera, los pacientes de la sanidad pública, los alumnos de la educación pública.

 

Colectivos que, según su análisis, llevan años soportando recortes, privatizaciones encubiertas y un deterioro progresivo de servicios esenciales.

 

 

En ese contexto, la imagen de Ayuso blandiendo una motosierra —en clara referencia al estilo de Javier Milei— no le parece una anécdota simpática ni una provocación sin más.

 

 

Para Santaolalla, es un símbolo peligroso. Un mensaje visual que anticipa recortes de derechos y garantías, una manera de normalizar la idea de que lo público es prescindible y de que gobernar consiste en destruir antes que en construir. No es solo ridículo, dijo, es revelador.

 

 

El programa no se quedó ahí. La analista también abordó otro de los asuntos políticos más delicados de la semana: la comparecencia de Alberto Núñez Feijóo ante la jueza Nuria Ruiz Tobarra en relación con la gestión de la DANA que asoló la Comunidad Valenciana y dejó 230 víctimas mortales.

 

 

Un episodio que sigue pesando en la memoria colectiva y que, un año después, vuelve a generar indignación y preguntas sin responder.

 

 

Durante su declaración, Feijóo reconoció que cuando afirmó estar informado “en tiempo real” de la situación cometió un error.

 

Matizó que no se refería al lunes 28 de octubre, sino a los días posteriores, el martes 29 y el miércoles 30.

 

Admitió también que no recibió ni pidió información a Carlos Mazón el día más crítico de la tragedia.

 

Un reconocimiento que choca frontalmente con declaraciones anteriores y que, para muchos, confirma una estrategia de confusión y rectificación tardía.

 

 

Según fuentes presenciales, el líder del PP mostró inquietud porque no se llamara a declarar a otras autoridades y aprovechó su intervención para cargar contra el Gobierno de Pedro Sánchez.

 

Aseguró que desde el Ejecutivo central no se le informó de ninguna incidencia relacionada con la DANA, ni ese día ni nunca, pese a ser jefe de la oposición.

 

Sin embargo, cuando la magistrada le preguntó si el Gobierno valenciano, responsable directo de la gestión de la emergencia, le había informado, la respuesta fue un rotundo no.

 

Feijóo admitió incluso que desconocía la existencia del Cecopi, el órgano clave de coordinación en este tipo de crisis.

 

 

Para Sarah Santaolalla, estas declaraciones no son un simple error político ni una torpeza comunicativa.

 

En su intervención final en Mañaneros 360, fue contundente: cree que Feijóo mintió en el peor momento posible, en medio de una tragedia con 230 muertos, con el objetivo de obtener rédito político.

 

Y subrayó algo especialmente grave: que un año después, esa mentira ha quedado al descubierto y ha sido reconocida en sede judicial.

 

 

Aunque la analista asumió que el peso legal recaerá principalmente sobre Carlos Mazón, dejó claro que, a su juicio, Feijóo no puede eludir sus responsabilidades políticas y morales.

 

Habló de una humillación prolongada a las víctimas de la DANA, de un año entero en el que, según su análisis, se instrumentalizó el dolor ajeno para sostener un relato falso.

 

 

El hilo que une ambos temas —la visita de Ayuso a Milei y la declaración de Feijóo— no es casual.

 

Ambos, vistos desde la mirada crítica de Santaolalla, forman parte de una misma forma de hacer política: basada en el espectáculo, en la provocación y en la ausencia de rendición de cuentas.

 

Una política que busca titulares rápidos, pero que esquiva las consecuencias reales de sus actos.

 

 

La conversación en el plató de TVE no pretendía cerrar debates, sino abrirlos.

 

Poner sobre la mesa preguntas incómodas sobre liderazgo, responsabilidad y ética pública.

 

Y, sobre todo, recordar que detrás de cada gesto simbólico y de cada declaración ante un juez hay ciudadanos afectados, servicios públicos tensionados y víctimas que siguen esperando algo tan básico como la verdad y el respeto.

 

 

En un clima político cada vez más polarizado, intervenciones como la de Sarah Santaolalla conectan precisamente por eso: porque no se limitan a repetir consignas, sino que intentan traducir la política a términos humanos, comprensibles y, a veces, dolorosamente claros.

 

 

Y porque obligan a mirar más allá del ruido para preguntarse qué tipo de país se está construyendo y a costa de quién.