La dura historia de superación de Pablo Urdangarin, hijo de la infanta Cristina: por Pilar Eyre, experta en realeza.
Tiene un brillante futuro en el deporte y se ha metido a todos en el bolsillo con su educación y candidez. Atrás quedó una niñez marcada por los desprecios que él y sus hermanos sufrieron tras la condena de su padre.

Pablo Urdangarin y Borbón podría ser rey de España. Claro que, para serlo, algo debería pasarles a las siete personas que se interponen en su camino al trono: sus dos primas, Leonor y Sofía; su tía Elena; sus primos Froilán y Victoria; su propia madre y su hermano Juan.
Está en el mismo grado que las hijas del príncipe Andrés de Inglaterra, con las que coincide en la circunstancia de que los padres han cometido delitos, aunque de signo muy diferente.
Andrés, un presunto abuso sexual por el que no ha recibido castigo. Iñaki, un delito económico, por el que ha pagado con dinero y años de cárcel.
Pablo, grande de España.
Pablo podría ser rey porque su madre no ha renunciado a sus derechos sucesorios, ni para ella ni para sus descendientes, por mucho que se lo hayan reclamado a lo largo de estos años.
Tiene el tratamiento de excelentísimo señor y debería recibir honores de grande de España allá donde fuere.
Podría alternar con la flor y nata de los príncipes reales europeos, pero no lo han educado por este camino.

Nació en Barcelona el 6 de diciembre de 2001 y poca gente sabe que, por tal motivo, estuvo a punto de llamarse Constitución, como bromeó el padre con los periodistas, copa de cava en mano, en el vestíbulo de la clínica Teknon, aunque al final decidieron llamarlo Pablo, como el abuelo materno de Cristina, el rey de Grecia.
Con lágrimas en los ojos, Iñaki contó también que el doctor García Valdecasas le había dejado extraer al niño del vientre materno y cortar el cordón umbilical.

“Ha sido un momento increíble”. Dos días después posaron para la prensa en la puerta del hospital. Hacía mucho frío.
Ambos iban vestidos con sencillez, ella con un conjunto negro de punto sobre una ancha camisola, él con chaqueta de pana, y contestaron amablemente a las preguntas: “Pablo es muy chillón, más que Juan, que es muy bueno”.
Iñaki todavía era el chico de oro, la infanta era “la nostre” y a todos nos caían bien.
Los mejores años de la familia.
Faltaban tres años para que la familia comprara el “palacete” de Pedralbes por seis millones de euros y se gastara otros tres arreglándolo, como desvelé en ese momento.
Juan empezó entonces la escuela maternal francesa y después el Liceo, frente al club de tenis donde su padre jugaba los mediodías con el abogado Pascual Vives, que más tarde se convertiría en su defensor.

Como todos los hijos medianos, Pablo era un verso suelto. Mientras Juan se sentía abrumado por la responsabilidad de ser el mayor y era muy introvertido, él crecía sin agobios, estudiaba sin esfuerzo y era muy sociable.
Para toda la familia esos años fueron su tiempo de felicidad.
El calvario tras el caso Nóos.
Los vecinos del barrio aún recuerdan las fiestas de cumpleaños de los niños Urdangarin Borbón, con castillos hinchables, globos que subían al cielo, payasos…
Muchas veces se veía a Iñaki y sus hijos en bicicleta por la Diagonal, Irene sentada en la barra, como un anuncio de cereales, ¡todos eran rubios! Después, empezó el caso Nóos y la familia se trasladó a Washington para alejarse del problema, pero no fue buena idea.
Los niños lo pasaron mal en el colegio, el mayor sufrió ‘bullying’. Un periodista que fue a hacerles un reportaje me contó: “Cuando ven un fotógrafo bajan la cabeza, dan mucha pena.
Juan, con lo grandote que es, los protege, los coge por el hombro como si fueran sus polluelos”.
Decidieron regresar a Barcelona, otra vez al Liceo Francés, otra vez al “palacete”. Pero ya nada fue lo mismo.

Los desprecios fueron constantes. Se les pidió incluso que no volvieran al club que hasta entonces los había acogido amistosamente.
En la puerta del colegio se amontonaban los paparazis y los escoltas, con la consiguiente incomodidad para los otros padres, que protestaron a la dirección.
La marcha a Ginebra fue inevitable. Pablo tenía 14 años, acabó el Bachillerato y se fue a jugar a balonmano, primero a un equipo alemán y luego a otro francés. Ambos tenían entrenadores que habían sido compañeros de su padre.
Ha nacido una estrella.
Ahora vive en Barcelona, en la Masía de la Ciudad Deportiva. Estudia en una escuela de negocios y juega en el equipo de balonmano.
Sigue, por tanto, dependiendo económicamente de su madre.
Su padre no aporta, teniendo en cuenta que no recibe ningún ingreso desde hace años.
Padre e hijo están muy unidos, han ido a esquiar varias veces a Baqueira y le aconseja sobre el deporte.
Hablan cada vez que tiene un partido, contó el propio Iñaki.

Pablo lo admira, sabe que lo tratan con tanto cariño por ser el hijo de un jugador mítico del club, cuya camiseta ondea entre los grandes deportistas.
Ahora que el matrimonio se ha roto definitivamente, Cristina quizás se sienta en desventaja y tema un futuro de Iñaki viviendo en Barcelona con su novia.
Ni fuma ni bebe.
Le dolió mucho que Pablo dijera que no le importaría conocer a Ainhoa. Es la única vez que ha llorado en el largo calvario y él no ha vuelto a decirlo.
El chico tiene don de gentes, es sofisticado y cosmopolita. Habla media docena de idiomas, es guapo como un artista de cine y las marcas empiezan a interesarse por él.
En el club saben que da visibilidad a este deporte, más minoritario que el fútbol o el baloncesto, y lo miman.
Lleva una vida muy sana porque no fuma ni bebe, juega los fines de semana y el resto de los días estudia y entrena.
Las circunstancias de su vida lo han hecho maduro e independiente, le gustan mucho las chicas y es bastante ligón, ¡tiene a quién parecerse! Seguramente nunca será rey, pero sí ha nacido una estrella.
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