El Gran Wyoming, fiel a su estilo, dicta esta sentencia a Feijóo y Abascal en su radiografía de lo ocurrido en Aragón.

 

 

El Gran Wyoming ha sentenciado desde ‘El Intermedio’ las negociaciones entre Vox y el Partido Popular tras las elecciones autonómicas en Aragón.

 

 

 

 

La noche aún no se había enfriado del todo y ya se respiraba ese ambiente espeso que solo dejan las elecciones cuando nadie sale completamente satisfecho.

 

No hubo fuegos artificiales, ni celebraciones desbordadas, ni derrotas asumidas con elegancia. Lo que quedó en Aragón fue una mezcla incómoda de euforia contenida, sonrisas forzadas y un silencio cargado de significados.

 

Y en medio de ese clima, como suele ocurrir cuando la política entra en terreno pantanoso, apareció El Intermedio para decir en voz alta lo que muchos pensaban en casa, pero con el bisturí afilado del humor.

 

Porque si algo ha demostrado el programa de La Sexta a lo largo de los años es que sabe leer el momento.

 

Y este lunes, el momento era claro: Aragón ha girado aún más a la derecha y Vox ya no es ese actor secundario que incomoda, sino una pieza central que condiciona, aprieta y marca el paso.

 

El Gran Wyoming lo tuvo claro desde el primer minuto y no necesitó rodeos para ponerlo sobre la mesa.

 

“Aragón se ha inclinado aún más hacia la derecha”, arrancó, con ese tono entre la resignación irónica y la advertencia velada.

 

Pero lo que vino después fue mucho más que un simple comentario electoral. Fue una metáfora que, en segundos, se viralizó.

 

“Vox es como las orejas, parece que nunca dejan de crecer, y cuanto más lo hacen más feo es el panorama”.

 

Una frase que resume, en clave de humor, una inquietud real que atraviesa a buena parte del electorado progresista y también a sectores del propio Partido Popular.

 

Wyoming, consciente de su propio personaje, remató el comentario con una broma autorreferencial sobre su edad y sus lóbulos, pero el mensaje ya había calado.

 

La ultraderecha no solo crece, sino que lo hace a costa de quienes creen que pueden controlarla o utilizarla como muleta parlamentaria sin pagar un precio político alto.

 

Más adelante, ya acompañado por Sandra Sabatés, el programa entró de lleno en el análisis de los resultados del 8F.

 

Y lo hizo, como es habitual, mezclando datos, ironía y una narrativa que convierte la actualidad política en un relato casi costumbrista.

 

Aragón vivía, según Wyoming, una “resaca electoral propia de las fiestas del Pilar”, y él mismo se prestaba a la caricatura, apareciendo con un cachirulo en la cabeza mientras anunciaba una supuesta sección titulada “Maños, a por el escaño”.

 

 

La broma, sin embargo, escondía una verdad incómoda: el escenario postelectoral no tiene nada de festivo.

 

El Partido Popular ha ganado, sí, pero no lo suficiente como para gobernar solo. Y Vox, que ha disparado su representación, se convierte en un socio tan necesario como peligroso.

 

Ahí es donde Wyoming puso el foco con especial insistencia, señalando directamente a Alberto Núñez Feijóo.

 

Feijóo había preguntado públicamente a Pedro Sánchez cuántos “tortazos electorales” necesitaba para entender el mensaje de las urnas.

 

La réplica de Wyoming fue inmediata y demoledora. “También podríamos preguntarle cuántas elecciones más necesita Feijóo para entender que Vox le está haciendo el mataleón”.

 

La imagen no podía ser más gráfica. En lucha libre, el mataleón es una llave que te deja sin aire poco a poco, mientras crees que todavía puedes resistir.

 

El comunicador fue más allá, imaginando a Feijóo quedándose sin respiración política mientras Vox aprieta, y rematando la escena con una broma sobre Miguel Tellado teniendo que hacerle el boca a boca.

 

Humor, sí, pero también una lectura política clara: cada pacto con Vox debilita la autonomía del PP y refuerza la posición de la extrema derecha como actor dominante en la negociación.

 

El programa también repasó las declaraciones del líder popular, que pidió “responsabilidad” a Vox y advirtió de que no es lo mismo ser terceros que primeros.

 

Una frase que, en boca de Feijóo, pretendía marcar límites. Pero para Wyoming fue munición perfecta.

 

“Lo que se ha perdido Barrio Sésamo”, ironizó, ridiculizando una advertencia que sonó más a obviedad infantil que a línea roja firme.

 

El análisis humorístico no se quedó ahí. “Lo que se pueda hacer se hará y lo que no se pueda hacer no”, recordó Wyoming citando a Feijóo, para después desmontar la frase con sarcasmo.

 

Como base para un acuerdo, dijo, era impecable, aunque quizá habría que añadir que “un vaso es un vaso y un plato es un plato”.

 

La risa del público acompañó una crítica clara: el discurso del PP frente a Vox carece de concreción y transmite más resignación que autoridad.

 

La sensación de que Vox tiene la sartén por el mango se reforzó cuando el programa abordó la lista de exigencias planteadas por Santiago Abascal para apoyar un gobierno de coalición en Aragón.

 

Wyoming exageró deliberadamente el tono, preguntándose si, además de todo lo pedido, no reclamarían también “al primogénito de Azcón”. Una hipérbole que, precisamente por exagerada, conecta con la percepción de que las demandas de Vox no conocen límite.

 

El remate llegó con una de esas frases que definen el estilo del presentador. “Si el Partido Popular quiere el apoyo de Vox tendrá que darle el oro y el moro”.

 

Una expresión que inmediatamente corrigió, consciente del terreno ideológico que pisaba. “Ah no, perdón, que estoy hablando de Vox, con lo primero basta, a lo otro que le den”.

 

Una broma afilada que enlazaba directamente con las exigencias en materia migratoria y con el discurso identitario de la formación ultraderechista.

 

 

 

Más allá del humor, lo que quedó claro en El Intermedio es que el pacto PP-Vox ya no se percibe como una anomalía puntual, sino como una dinámica estructural. Y eso tiene consecuencias.

 

Para el Partido Popular, que ve cómo cada victoria electoral viene acompañada de una cesión de terreno ideológico.

 

Para Vox, que consolida su papel como fuerza decisiva. Y para una parte de la sociedad que observa con preocupación cómo el centro-derecha parece incapaz de frenar a su socio.

 

El éxito del monólogo de Wyoming no reside solo en las risas. Reside en su capacidad para convertir una negociación política compleja en una historia comprensible, casi cotidiana.

 

El espectador no necesita conocer los detalles técnicos del reparto de consejerías para entender quién manda y quién depende. La imagen del mataleón lo explica todo.

 

Las reacciones en redes no tardaron en llegar. Fragmentos del programa circularon a gran velocidad, acompañados de comentarios que iban desde el aplauso entusiasta hasta la crítica furibunda.

 

Como siempre que El Intermedio toca un tema sensible, el programa volvió a dividir opiniones. Para unos, Wyoming exagera y caricaturiza en exceso. Para otros, dice verdades incómodas que pocos se atreven a formular con tanta claridad.

 

Lo cierto es que Aragón se ha convertido, una vez más, en un espejo de la política nacional.

 

Un territorio donde se ensayan pactos, se miden fuerzas y se anticipan escenarios que podrían repetirse en otros lugares. Y en ese espejo, la figura de Vox aparece cada vez más grande, más influyente y más consciente de su poder.

 

El PP, por su parte, se enfrenta a un dilema que ya no puede esquivar. Cada acuerdo con Vox asegura gobiernos, pero erosiona su discurso moderado y refuerza a un socio que no oculta su ambición de sustituirlo a medio plazo.

 

Esa tensión, que Wyoming convierte en chiste, es en realidad uno de los grandes problemas estratégicos de la derecha española.

 

Quizá por eso el monólogo conectó con tanta gente. Porque detrás de la risa había una sensación compartida de déjà vu.

 

La impresión de estar viendo la misma película una y otra vez, con distintos escenarios pero con un guion similar: el Partido Popular gana sin poder gobernar solo, Vox crece, impone condiciones y el equilibrio se desplaza un poco más.

 

Al final, El Intermedio hizo lo que mejor sabe hacer: transformar la actualidad política en un relato que no deja indiferente.

 

No ofreció soluciones ni recetas, pero sí una lectura clara y reconocible. Una lectura que invita a reflexionar, aunque sea entre carcajadas, sobre hacia dónde se mueve el país y quién marca realmente el rumbo.

 

Porque cuando el humor político funciona, no es solo porque haga reír, sino porque obliga a mirar de frente lo que incomoda.

 

Y esta vez, lo que incomoda es la sensación de que, elección tras elección, Vox no deja de crecer… como las orejas. Y cada centímetro de más cambia, un poco, el paisaje que tenemos delante.