Antón Losada tira de ironía para rematar al reproche de Abascal a Sánchez por su columna en ‘The New York Times’: “Santiago…”.
El presidente del Ejecutivo ha publicado esta semana una columna en el periódico estadounidense sobre la regularización de medio millón de migrantes.

Hubo un momento concreto, casi simbólico, en el que la política española dejó de hablarse solo a sí misma y decidió mirarse en un espejo internacional.
No fue en un mitin, ni en una rueda de prensa, ni siquiera en el Congreso. Fue en las páginas de uno de los periódicos más influyentes del mundo. Y ocurrió justo cuando Aragón se prepara para acudir a las urnas.
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, firmó una columna en The New York Times que no tardó en cruzar fronteras, pantallas y trincheras ideológicas.
Un texto que, más allá de la inmigración, terminó convirtiéndose en un reflejo incómodo de la España actual: la que debate, la que se polariza y la que ya no discute solo puertas adentro.
La decisión de regularizar a 500.000 migrantes llevaba días generando titulares, análisis y reacciones encontradas.
Pero nadie esperaba que el jefe del Ejecutivo eligiera un medio estadounidense para explicar, con tono casi íntimo, por qué su Gobierno había optado por esa vía.
Mucho menos que lo hiciera con una narrativa que no hablaba de cifras frías ni de estadísticas, sino de personas concretas, de escenas cotidianas y de una pregunta moral que flotaba entre líneas.
“Imagina que eres líder de una nación y te enfrentas a un dilema”, arranca el texto. No comienza con ideología, ni con reproches, ni con consignas.
Empieza con una invitación a ponerse en la piel de quien decide. A imaginar medio millón de personas que ya están ahí, que forman parte del engranaje diario, pero que viven en una especie de limbo legal.
Sánchez describe a esos migrantes como lo que son para millones de familias: quienes cuidan de los padres mayores, quienes trabajan en pequeñas y grandes empresas, quienes recogen los alimentos que llegan a la mesa.
Personas que pasean por los parques, van a restaurantes, juegan en equipos de fútbol amateur los fines de semana. Vecinos, compañeros, conocidos. No una abstracción.
Y justo ahí coloca la grieta: “Hay algo crucial que los diferencia del resto”. No tienen papeles. No pueden acceder a estudios superiores, no pueden cotizar, no pueden pagar impuestos, no pueden ejercer plenamente sus derechos ni cumplir con sus obligaciones. Existen, pero sin existir del todo.
La pregunta que lanza entonces no es retórica. Es incómoda. ¿Qué debe hacer un país con esas personas?
La respuesta, en su artículo, es clara. Frente a quienes optan por la persecución, la deportación o las operaciones que él califica de “ilegales y crueles”, su Ejecutivo ha elegido una vía “rápida y sencilla”: regularizar, integrar, reconocer lo que ya es un hecho.
Ese planteamiento, publicado en inglés y dirigido a una audiencia global, fue compartido por el propio Sánchez en su cuenta de X con un mensaje que reforzaba la idea de orgullo y convicción.
Pero lo que pretendía ser una explicación política se convirtió rápidamente en munición para el enfrentamiento interno.
Santiago Abascal no tardó en reaccionar. El líder de Vox respondió con un mensaje duro, cargado de descalificaciones y reproches personales.
No criticó solo el fondo de la decisión, sino la forma: que el presidente explicara su política migratoria en inglés y en un medio extranjero.
Para Abascal, aquello era una traición, una sumisión a “amos multimillonarios”, una imposición al pueblo español sin explicaciones en su propio idioma.
La palabra “TRAIDOR”, escrita en mayúsculas, se convirtió en uno de los focos del debate digital durante horas.
Pero la polémica no terminó ahí. Porque, como suele ocurrir en la política española, el choque generó una tercera voz que añadió ironía al conflicto.
Antón Losada, politólogo y analista, respondió con un comentario breve pero viral: “Santiago, coño. Aprende inglés. Un tipo como tú en un par de tardes lo domina”.
El mensaje se compartió miles de veces. No tanto por su profundidad, sino porque condensaba en una frase el hartazgo de una parte de la sociedad ante debates que, a su juicio, se centran más en el continente que en el contenido.
Mientras las redes ardían, el texto seguía ahí, intacto, planteando una discusión que va más allá de la coyuntura electoral.
Porque la columna de Sánchez no solo hablaba de inmigración. Hablaba de modelo de país, de economía, de demografía y de futuro.
El presidente subraya que estas personas ya sostienen sectores enteros. Que su exclusión no solo es injusta desde un punto de vista humano, sino ineficiente desde un punto de vista económico y social.
Mantener a medio millón de personas en la sombra no las hace desaparecer; solo debilita al conjunto.
En un momento del texto, Sánchez deja caer una idea que resulta clave para entender su apuesta: regularizar no es un gesto de caridad, es una decisión pragmática.
Permitir que quienes ya trabajan puedan hacerlo con derechos y obligaciones fortalece el sistema, no lo debilita.
Esta visión choca frontalmente con el discurso de la ultraderecha, no solo en España, sino en buena parte de Europa y del mundo.
Y ahí está uno de los motivos por los que el artículo ha tenido tanta repercusión internacional. Porque España se presenta, al menos en este relato, como un país que nada a contracorriente en un contexto global cada vez más hostil con la migración.
No es casual que Sánchez haya elegido The New York Times. No es solo un periódico. Es un altavoz.
Un escenario desde el que lanzar un mensaje que no va dirigido únicamente a los votantes españoles, sino a líderes, inversores, analistas y gobiernos de todo el mundo.
Para sus defensores, es una jugada inteligente: explicar fuera lo que dentro se tergiversa. Para sus detractores, es una prueba más de que gobierna pensando más en su imagen internacional que en la opinión de los españoles.
La coincidencia temporal con la cita electoral en Aragón añade otra capa de lectura. Hay quien ve en la publicación un intento de marcar agenda, de elevar el debate justo antes de que los ciudadanos voten.
Otros consideran que es una maniobra arriesgada, porque refuerza el relato de quienes acusan al Gobierno de desconectarse del sentir popular.
Lo cierto es que, guste o no, la columna ha conseguido algo que no siempre logran los discursos políticos: poner el foco en las personas y obligar a posicionarse. No es un texto neutro. No busca agradar a todos. Busca convencer.
Y quizá por eso ha generado tanta reacción.
Más allá del ruido, queda una pregunta flotando en el aire, similar a la que plantea el propio Sánchez en su artículo. ¿Qué tipo de país quiere ser España? ¿Uno que mire hacia otro lado ante una realidad que ya existe o uno que decida afrontarla de frente, con sus riesgos y sus consecuencias?
La regularización de 500.000 migrantes no es solo una medida administrativa. Es una declaración de intenciones.
Y al explicarla en un medio internacional, el presidente ha dejado claro que asume el coste político de defenderla.
En tiempos de mensajes cortos, de consignas simplificadas y de debates encendidos, el texto invita —aunque no lo parezca— a algo poco habitual: detenerse, leer y pensar.
Quizá por eso ha incomodado tanto. Porque no se limita a señalar culpables, sino que obliga a mirar la realidad sin filtros.
Ahora la pelota está en el tejado de la ciudadanía. En las urnas, en las conversaciones, en las redes y en la forma en que se decida interpretar este gesto. Porque, más allá de titulares y enfrentamientos, la discusión sigue abierta.
Y esta vez no se libra solo en España.
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