Sarah Santaolalla destroza a Los Meconios, el grupo de ultras que canta con Ayuso: “El primo tonto de la pandereta”.
La presidenta se subió al escenario junto al grupo, conocido por cantar ‘Vamos a volver al 36’ en un acto de Vox.

Sarah Santaolalla en ‘Mañaneros 360’. TVE.
La escena ha vuelto a encender el debate político y cultural en España. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, aparece de nuevo en el centro de la polémica, esta vez no por una decisión institucional ni por un discurso parlamentario, sino por sus gestos simbólicos, sus compañías y el mensaje político que muchos interpretan detrás de ellos.
Tras sus ya comentados “pinitos” con Hakuna en la Puerta del Sol, Ayuso parece haber dado un paso más hacia la derecha cultural y simbólica, reforzando una estrategia que combina política, espectáculo y provocación.
La última imagen que ha generado controversia es su presencia en las fiestas de Arganda del Rey junto a Los Meconios, un dúo conocido por letras que muchos califican de guerracivilistas, antifeministas y cargadas de mensajes de odio.
No se trata de un grupo desconocido por la polémica: sus canciones han señalado directamente a mujeres mediáticas y figuras públicas, entre ellas la analista política Sarah Santaolalla, colaboradora habitual de programas de actualidad, que no tardó en reaccionar desde el plató de Mañaneros 360.
La pregunta que flotaba en el ambiente no era solo musical ni anecdótica.
“¿La presencia de Ayuso en un concierto es una provocación, un mensaje a la ultraderecha?”, planteaba Adela González, poniendo palabras a una inquietud que muchos espectadores compartían.
La respuesta de Santaolalla no se hizo esperar y fue tan dura como directa, mezclando ironía, indignación y una crítica frontal tanto al grupo como al contexto político que, a su juicio, les da visibilidad.
Con sarcasmo inicial, Santaolalla pidió al programa que dejara de emitir canciones del dúo “por respeto a los tímpanos” de la audiencia, especialmente en fechas navideñas.
Pero rápidamente dejó el humor a un lado para centrarse en lo que consideraba el verdadero problema.
Para la analista, Los Meconios no son más que “dos pringados” que soñaron con triunfar en la música popular y que, al no lograrlo por talento, habrían encontrado en la provocación ideológica y el apoyo de la ultraderecha una vía para monetizar su irrelevancia artística.
El discurso fue subiendo de tono. Santaolalla acusó al dúo de hacer “música fascista, machista y contra las mujeres”, y de atacarla personalmente por razones puramente económicas y políticas.
Según su análisis, estas canciones no buscan calidad artística ni reflexión cultural, sino llamar la atención y obtener financiación y altavoces mediáticos a través de los sectores más reaccionarios de la derecha.
En ese marco, la figura de Ayuso aparece como un apoyo implícito, un guiño político que va más allá de la mera asistencia a un concierto festivo.
La colaboradora recordó además que el grupo ha cargado en el pasado contra TVE, alimentando teorías conspirativas sobre su supuesta exclusión del Benidorm Fest.
Una narrativa que, según Santaolalla, no se sostiene en la realidad y responde más bien a una estrategia victimista para ganar visibilidad.
“No les conocen ni en su casa”, sentenció, utilizando una expresión que rápidamente se viralizó en redes sociales y que volvió a colocar el foco sobre el papel de determinados grupos culturales en el ecosistema político actual.
Este episodio no es aislado. Forma parte de una secuencia de gestos que han ido construyendo una imagen muy concreta de la presidenta madrileña.
El pasado 22 de diciembre, Ayuso apareció junto a Alberto Núñez Feijóo en la Puerta del Sol, bailando al ritmo de Hakuna Group Music, un grupo de pop ultracatólico con fuertes vínculos con el Opus Dei y al que algunos han bautizado irónicamente como la “costilla pop del Opus”.
La escena, grabada y difundida ampliamente, generó tanto aplausos entre sus seguidores como críticas por la mezcla explícita de religión, política y espacio institucional.
Días antes del evento, la propia Ayuso había anunciado desde el balcón de la presidencia regional la participación especial de Hakuna en la programación navideña de la Comunidad de Madrid.
Habló de un repertorio que combina “música, fe y juventud”, una descripción que para sus defensores refleja pluralidad cultural y libertad religiosa, pero que para sus detractores supone un uso ideológico de las instituciones públicas y un acercamiento calculado a sectores ultracatólicos.
La llamada “fiebre Hakuna” no se ha limitado a Ayuso.
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, también se ha sumado a esta corriente.
En un reciente viaje privado al Vaticano, Almeida se reunió con el papa León XIV y aprovechó la ocasión para llevarle varios obsequios cargados de simbolismo: una talla de la Virgen de La Almudena, un libro fotográfico de Madrid, un volumen encuadernado con el escudo papal y, según confesó él mismo, polvorones de un convento de Agustinas de Jerez.
Entre esos regalos destacó también un libro sobre Hakuna, definido por el propio alcalde como un “movimiento musical”.
Este detalle no pasó desapercibido. Para muchos analistas, la inclusión de Hakuna entre los regalos al Papa no es inocente, sino una muestra más de cómo ciertos sectores del Partido Popular están reforzando su vínculo con el catolicismo más conservador, utilizando símbolos culturales y religiosos como herramientas de posicionamiento político.
Hakuna Group Music no es un grupo cualquiera. Con millones de seguidores y presencia en más de 30 países, se presenta como un movimiento que promueve un estilo de vida basado en la adoración eucarística y la vivencia comunitaria de la fe.
Nació en 2013 en la iglesia de San Josemaría Escrivá de Balaguer de Aravaca, en Pozuelo de Alarcón, impulsado por un centenar de jóvenes que regresaban de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Brasil.
Desde entonces, ha crecido de forma exponencial, combinando música, espiritualidad y una fuerte identidad grupal.
La organización interna de Hakuna está estructurada de manera formal, con una Junta de Servicio compuesta por siete miembros y una Asamblea General de socios, conocidos internamente como “pringados”.
Este término, lejos de ser peyorativo dentro del grupo, define a quienes se comprometen de manera más intensa con el estilo de vida y la misión de Hakuna.
Entre ellos hay laicos, seminaristas y sacerdotes, lo que refuerza la conexión directa entre el movimiento musical y la jerarquía eclesiástica.
Este contexto ayuda a entender por qué la presencia reiterada de dirigentes del PP en eventos vinculados a Hakuna o a grupos afines a discursos ultraconservadores genera tanto ruido.
Para una parte de la sociedad, se trata simplemente de expresiones culturales legítimas en una democracia plural.
Para otra, es la prueba de una deriva ideológica que normaliza mensajes excluyentes, antifeministas o directamente reaccionarios bajo el paraguas de la tradición, la fe o la provocación.
La figura de Ayuso actúa como catalizador de estas tensiones. Su estilo político, basado en la confrontación, la simplificación del mensaje y el uso constante de símbolos, ha demostrado ser eficaz electoralmente en la Comunidad de Madrid.
Sin embargo, también ha intensificado la polarización y ha convertido cada gesto en un campo de batalla cultural.
Su presencia junto a Los Meconios o Hakuna no se interpreta ya como algo casual, sino como parte de una estrategia de comunicación que busca reforzar su conexión con determinados sectores ideológicos.
Las reacciones en redes sociales han sido inmediatas y extremas. Mientras algunos celebran que Ayuso “no se esconda” y apoye expresiones culturales que desafían lo políticamente correcto, otros denuncian que desde las instituciones se esté legitimando música y discursos que atacan directamente a mujeres, al feminismo y a valores democráticos básicos.
En el fondo, el debate trasciende a Ayuso, a Los Meconios o a Hakuna. Lo que está en juego es el uso del espacio público, de las fiestas populares y de las instituciones como escenarios de una guerra cultural cada vez más explícita.
La música, la religión y la provocación se convierten en herramientas políticas capaces de movilizar emociones, fidelizar votantes y marcar agenda mediática.
España entra así en un terreno donde los símbolos pesan tanto como las políticas concretas.
Y en ese terreno, cada concierto, cada baile en Sol, cada regalo en el Vaticano se interpreta como un mensaje.
Para algunos, un mensaje de libertad y tradición. Para otros, una señal preocupante de radicalización y normalización del discurso de odio.
La polémica seguirá abierta. Porque mientras haya dirigentes dispuestos a convertir la cultura en arma política, y voces mediáticas dispuestas a denunciarlo con dureza, el debate no se apagará.
Y en ese ruido constante, la pregunta sigue siendo la misma: ¿dónde termina la expresión cultural y dónde empieza la estrategia ideológica?
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