Orestes Barbero se alinea con Manu Pascual y manifiesta esta crítica a la organización de ‘Pasapalabra’: “Da pena”.

 

 

Orestes Barbero empatiza con Manu Pascual y cuestiona sin rodeos el Rosco de ‘Pasapalabra’ por el planteamiento que tienen ahora de “las preguntas absurdas”.

 

 

 

 

Hubo un tiempo en el que su rostro estaba en todas partes. En televisiones, en redes sociales, en conversaciones de sobremesa y en titulares que hablaban de resistencia, memoria y nervios de acero.

 

Orestes Barbero no solo fue un concursante más de Pasapalabra: fue el símbolo de la constancia llevada al límite, del concursante que parecía destinado a ganar… y que, sin embargo, se quedó a las puertas del sueño.

 

Cuando perdió el bote frente a Rafa Castaño en 2023, tras 360 programas, muchos pensaron que seguiríamos viéndolo durante años. Pero ocurrió justo lo contrario. Desapareció.

 

Literalmente. Bomba de humo.

 

Durante meses, su ausencia fue casi tan comentada como su participación. ¿Qué había sido de Orestes? ¿Por qué no aprovechó la fama? ¿Por qué no estaba en tertulias, concursos, anuncios o realities, como tantos otros rostros televisivos? La respuesta, ahora, llega con una claridad que sorprende y, al mismo tiempo, encaja perfectamente con el personaje que millones de espectadores creyeron conocer.

 

 

Orestes Barbero no se fue porque estuviera dolido. Se fue porque estaba saturado. Porque nunca tuvo “erotismo con la fama”.

 

Porque la sobreexposición mediática, lejos de seducirle, lo empujó a hacer justo lo contrario de lo que dicta el manual no escrito de la televisión: desaparecer para volver a pensar.

 

Mientras el foco se apagaba, Orestes volvió a lo que siempre fue antes del concurso y a lo que sigue siendo ahora: un hombre profundamente ligado al conocimiento.

 

En silencio, sin cámaras, se embarcó en un doctorado sobre filosofía antigua y Aristóteles, y regresó a las aulas para impartir clases de bachillerato.

 

Lejos del plató, del cronómetro y de los nervios del Rosco, encontró una calma que, según confiesa, necesitaba con urgencia.

 

Ahora, tras la entrega del bote más alto de la historia de Pasapalabra a Rosa Rodríguez y con Manu Pascual pulverizando su récord de longevidad, Orestes vuelve al mapa.

 

Y lo hace sin rencor, pero con una sinceridad que no deja indiferente. En una entrevista concedida a El Confi TV, el burgalés se permite decir en voz alta lo que muchos concursantes piensan y pocos se atreven a verbalizar.

 

Su primera crítica apunta directamente al corazón del programa: los premios. Orestes no habla desde la envidia ni desde la frustración, sino desde la lógica.

 

Estar un año y medio compitiendo al máximo nivel, con una exigencia mental brutal y una presión diaria constante, para llevarse un premio que, en comparación con otros formatos, considera bajo, le parece desproporcionado.

 

Y pone un dato sobre la mesa que incomoda: el premio diario de Pasapalabra lleva prácticamente congelado desde el año 2000, mientras el IPC ha subido casi el doble.

 

Para él, no se trata de que el programa no gane dinero. Todo lo contrario. Reconoce que el formato es una máquina de generar ingresos.

 

Precisamente por eso, considera que un gesto tan sencillo como actualizar los premios sería una muestra de justicia y proporcionalidad.

 

“Tendrían que duplicarlos prácticamente”, afirma sin rodeos, poniendo palabras a una sensación compartida por muchos.

 

Pero su reflexión va más allá del dinero. Orestes señala un desequilibrio estructural que, a su juicio, condiciona decisivamente el resultado final del concurso.

 

El primer concursante, el que hace crecer el bote durante meses, llega exhausto cuando aparece el segundo aspirante.

 

El nuevo llega fresco, sin desgaste emocional, sin la presión acumulada de cientos de programas. Él lo vivió con Rafa Castaño, y ahora ve el mismo patrón repetirse con Manu Pascual y Rosa Rodríguez.

 

No es una queja amarga. Es una observación casi quirúrgica. Orestes recuerda cómo, tras 137 programas, estaba “que se subía por las paredes” cuando Rafa apareció en escena.

 

Los nervios, el cansancio y la tensión no se ven en pantalla, pero pasan factura. Y, según él, el formato debería cuidar más esa desigualdad silenciosa.

 

Sin embargo, si hay un punto en el que su discurso se vuelve especialmente crítico, es en el planteamiento actual de las preguntas de El Rosco. Aquí, el filósofo toma la palabra.

 

Orestes no niega la dificultad. Nunca lo hizo. De hecho, reivindica el esfuerzo, el estudio y la cultura general como pilares del concurso. Pero denuncia una deriva que, desde su punto de vista, roza el absurdo.

 

Antes, explica, las preguntas eran complicadas, sí, pero justas. Con una base sólida, un buen estudio del diccionario y una cultura amplia, había regularidad, margen de mejora y sensación de progreso.

 

Entre 2012 y 2018, recuerda una generación de concursantes extremadamente cultos, con gran habilidad y una preparación constante. El Rosco era un objetivo difícil, pero alcanzable.

 

Ahora, según Orestes, muchas preguntas no miden conocimiento, sino azar. Ya no se trata de saber quién es un arquitecto relevante, ubicar un lago de Sudamérica o reconocer a un filósofo japonés. Eso entra dentro del juego.

 

El problema llega cuando se pregunta por datos tan específicos y marginales que no reflejan cultura general ni permiten marcar la diferencia con el estudio. “Es como preguntar por la nada”, sentencia.

 

Ese enfoque, lamenta, tiene una consecuencia devastadora para concursantes como él: no les permite enseñar lo que saben. Y eso, para alguien que vive el conocimiento como vocación y no como espectáculo, “da un poco de pena”.

 

Porque convierte el Rosco en una lotería hasta que, de repente, “levantan la veda” y vuelven las preguntas que sí discriminan por preparación.

 

Sus palabras no son un ataque frontal, sino una llamada de atención. Una reflexión desde dentro, desde alguien que conoce el engranaje del programa mejor que casi nadie. Y quizá por eso resultan tan incómodas como necesarias.

 

 

Cuando se le pregunta por una posible vuelta a Pasapalabra, Orestes no cierra la puerta, pero tampoco la abre de par en par. Su trabajo actual es más inflexible, la dinámica del programa ha cambiado y la política de grandes trayectorias hace que el relevo de concursantes sea mucho más lento. A corto plazo, lo ve complicado.

 

 

A largo plazo, deja una frase que resuena como un deseo y una advertencia: todo dependerá de si Pasapalabra “vuelve a ser más humano” y recupera ese punto ilusionante que, durante años, lo convirtió en algo más que un concurso.

 

“Nunca digas de esta agua no beberé”, dice. Y en esa frase queda suspendida la posibilidad de un regreso que muchos espectadores aún sueñan con ver.

 

Orestes Barbero no necesita gritar para que se le escuche. Su regreso al debate público no viene acompañado de escándalos ni de reproches airados, sino de una reflexión honesta sobre el precio del éxito, el desgaste invisible y la necesidad de repensar los formatos que devoran talento a cambio de espectáculo.

 

 

Su historia, hoy, vuelve a conectar con el público porque no habla solo de televisión. Habla de límites, de vocación, de justicia y de la importancia de no confundir dificultad con arbitrariedad.

 

Quizá por eso, después de tanto silencio, su voz vuelve a importar. Y quizá por eso, muchos se preguntan si Pasapalabra escuchará.