Revuelo en redes por la ausencia más notable de la Cabalgata de Madrid: “Almeida, no te lo perdonaré jamás”.
Un cambio drástico en uno de los reyes magos ha generado enfado en redes sociales.

Durante los últimos años, la Cabalgata de Reyes Magos de Madrid había encontrado, casi sin buscarlo, a un protagonista inesperado capaz de eclipsar carrozas, música y hasta el propio frío de enero: el rey Gaspar.
No por su simbolismo bíblico ni por su mensaje de ilusión, sino por la persona que lo encarnaba. Un actor que, edición tras edición, se convirtió en fenómeno viral, en tendencia recurrente y en objeto de conversación colectiva.
La Cabalgata ya no solo se esperaba por los caramelos o por la magia para los niños, sino también por ese momento en el que aparecía Gaspar y las redes sociales estallaban.
Este 2026, sin embargo, algo cambió. Y no fue un detalle menor. Bastaron unos segundos de retransmisión en RTVE para que miles de espectadores se miraran unos a otros, comentaran en familia o acudieran directamente al móvil para confirmar una sospecha compartida: ese no era “nuestro” Gaspar.
El rey seguía siendo Gaspar, la carroza mantenía su estética y el desfile avanzaba con normalidad, pero faltaba algo. O mejor dicho, alguien.
Las reacciones no se hicieron esperar. X, la antigua Twitter, se llenó en cuestión de minutos de mensajes cargados de ironía, indignación y, sobre todo, apego emocional. “Nos han cambiado a Gaspar.
Ayuso no te lo perdonaré jamás”; “¿Quién es ese señor y qué han hecho con nuestro rey Gaspar?”; “No es nuestro Gaspar”; “Almeida, no te lo perdonaré jamás, queremos al verdadero rey Gaspar”.
Comentarios que, más allá del tono humorístico, reflejan una realidad muy concreta: la Cabalgata había generado una figura icónica que el público ya sentía como propia.
Este fenómeno no surge de la nada. Durante años, la presencia de un actor especialmente carismático en el papel de Gaspar había creado una narrativa paralela al propio desfile.
Las cámaras lo buscaban, los espectadores lo esperaban y las redes amplificaban cada gesto.
En una era dominada por la viralidad, la tradición se mezcló con el lenguaje de internet, y Gaspar pasó de ser un rey mago a convertirse en un símbolo pop navideño.
Por eso, el cambio de este año se vivió casi como una ruptura emocional. No porque el nuevo Gaspar no cumpliera con su papel, sino porque el público ya había establecido un vínculo previo.
La Cabalgata, sin proponérselo, había creado continuidad, y romperla tuvo consecuencias inmediatas en la percepción del evento.
Aun así, mientras las redes ardían con comentarios y memes, la Cabalgata de Madrid seguía su curso, fiel a su esencia.
Porque, más allá de polémicas virales, Sus Majestades de Oriente volvieron a recorrer las principales calles de la capital repartiendo ilusión, alegría y magia, especialmente entre los más pequeños, que seguían mirando con ojos abiertos de par en par, ajenos al debate adulto sobre quién debía o no encarnar a Gaspar.
Bajo el lema “El saber compartido”, la edición de este año apostó por un mensaje claro y profundamente simbólico: la importancia del conocimiento como herencia colectiva.
En un mundo marcado por la incertidumbre, la Cabalgata quiso rendir homenaje tanto a los Reyes Magos, presentados como “guardianes de antiguos saberes”, como a todas esas personas anónimas —maestros, profesores, educadores— que alimentan la curiosidad y las ganas de aprender cada día.
Ese hilo conductor se hizo visible en las carrozas y en las figuras que acompañaron el desfile.
Personajes literarios universales como Don Quijote y su inseparable Sancho Panza avanzaban entre aplausos, recordando la fuerza de la imaginación y de los relatos compartidos.
A su lado, mundos inspirados en la obra de Julio Verne, con referencias al Capitán Nemo, evocaban el espíritu aventurero, científico y soñador que conecta generaciones.
El desfile comenzó puntualmente a las 18 horas en la plaza de San Juan de la Cruz. Desde allí, la comitiva avanzó por el Paseo de la Castellana hasta llegar a la plaza de Cibeles, convertida, como cada año, en el epicentro simbólico de la magia.
Todo ello bajo unas condiciones meteorológicas especialmente duras. La borrasca ‘Francis’ había dejado temperaturas gélidas, con el termómetro marcando 2 grados y una sensación térmica que descendía hasta los -2. Pero ni el frío logró deslucir la tarde más esperada del año.
Durante cerca de tres horas, 2.100 personas formaron parte activa de la Cabalgata, desde artistas y figurantes hasta personal de apoyo y seguridad.
En ese tiempo, se repartieron 1.200 kilos de caramelos sin azúcar, lanzados desde las carrozas y recogidos con la misma ilusión por niños y adultos.
Porque la Cabalgata, aunque pensada para los más pequeños, sigue despertando emociones en quienes ya peinan canas.
El arranque del espectáculo estuvo marcado por el sonido potente y festivo de la Wall of Sound Marching Band de Wisconsin, llegada desde Estados Unidos.
Sus banderas, percusiones y trompetas anunciaron que algo especial estaba a punto de comenzar.
Tras ellos, una composición escénica en movimiento captó todas las miradas: la estrella de Oriente.
Una figura luminosa, acompañada de constelaciones y ángeles custodios, que avanzaba guiando simbólicamente el recorrido y recordando el origen de la tradición.
A ambos lados del Paseo de la Castellana, las vallas de seguridad se llenaron de familias enteras bien abrigadas, con guantes, bufandas y gorros.
Los niños, algunos subidos a los hombros de sus padres, gritaban “¡Aquí!” o “¡Chucherías!” al paso de las carrozas.
Sus voces se mezclaban con la música y los aplausos, creando esa atmósfera única que solo se da una vez al año.
Y mientras los más pequeños se agachaban para recoger caramelos, muchos adultos hacían lo mismo sin pudor, sonriendo como si el tiempo no hubiera pasado.
Porque la Cabalgata no es solo un espectáculo: es un ritual colectivo que conecta recuerdos de infancia con el presente, que permite, aunque sea por unas horas, suspender la rutina y volver a creer en la magia.
En ese contexto, la polémica por el cambio de Gaspar adquiere otra dimensión.
No es una simple queja estética ni una reacción superficial. Es la muestra de cómo las tradiciones evolucionan y cómo el público se apropia emocionalmente de ciertos elementos cuando estos se repiten año tras año.
La figura del Gaspar “viral” se había integrado en el imaginario colectivo, y su ausencia se vivió casi como la desaparición de un viejo amigo.
Desde un punto de vista institucional, el cambio no responde a una ruptura con la tradición, sino a una renovación lógica dentro de un evento de gran envergadura.
Sin embargo, el debate generado pone sobre la mesa una cuestión interesante: hasta qué punto las administraciones y las televisiones deben tener en cuenta estos vínculos emocionales que se crean de forma espontánea.
La retransmisión de RTVE, seguida por miles de espectadores en directo, fue clave para amplificar tanto la magia del desfile como la polémica.
La televisión pública volvió a volcarse con el evento, consciente de su papel como narradora de una tradición que trasciende generaciones. Cada plano, cada comentario y cada gesto contribuyó a reforzar la sensación de estar viviendo algo compartido.
Al final de la noche, cuando las carrozas se retiraron y las calles comenzaron a vaciarse, quedó una sensación doble.
Por un lado, la satisfacción de haber vivido una Cabalgata cuidada, coherente y cargada de simbolismo.
Por otro, la conversación abierta sobre el papel de Gaspar y sobre cómo un detalle aparentemente menor puede convertirse en el centro del debate nacional durante horas.
Quizá esa sea la verdadera magia de la Cabalgata de Reyes de Madrid: su capacidad para generar ilusión, pero también conversación, memoria y sentimiento de pertenencia.
En un mundo cada vez más fragmentado, pocas cosas logran unir a tantas personas en una experiencia común, desde el niño que espera su primer regalo hasta el adulto que protesta en redes porque “le han cambiado” al rey Gaspar.
Y mientras unos reclaman el regreso del Gaspar de siempre y otros defienden la necesidad de cambios, lo cierto es que la Cabalgata sigue cumpliendo su función esencial.
Recordarnos que la magia no está solo en las figuras que vemos pasar, sino en lo que sentimos al compartirlas.
Porque, al final, los Reyes Magos siempre llegan. Aunque a veces, uno de ellos no sea exactamente como lo recordábamos.
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