Muy GRAVE! El MOMENTAZO de ABASCAL por FIN DE AÑO contra SÁNCHEZ que HAN CENSURADO todas las TV.

El mensaje pronunciado en la noche de despedida de 2025 no fue un simple discurso de fin de año.
Fue una pieza política cuidadosamente diseñada para condensar en pocos minutos una visión completa del país, un diagnóstico radicalmente pesimista de la España actual y una llamada emocional a la movilización de quienes se sienten expulsados del consenso político vigente.
Un discurso que, más allá del tono épico y del lenguaje inflamado, revela con bastante claridad el proyecto ideológico y la estrategia de confrontación que una parte de la derecha española viene desarrollando desde hace años.
El orador, enmarcado en una estética solemne y con una narrativa de resistencia casi existencial, planteó desde el inicio que el adiós a 2025 no debía ser solo un cambio de calendario, sino el rechazo a toda una etapa política.
Una etapa que, según su relato, habría llevado a España a una deriva acelerada de decadencia, inseguridad y pérdida de soberanía.
No se trata de una crítica puntual a un gobierno concreto, sino de una impugnación total del sistema político surgido del bipartidismo entre PSOE y Partido Popular, al que acusa de corrupción estructural, claudicación ideológica y sumisión a intereses ajenos a la voluntad popular.
Este planteamiento no es nuevo. Forma parte de un marco discursivo que se repite con insistencia en determinados espacios políticos y mediáticos: la idea de que España estaría gobernada por una élite desconectada del pueblo, alineada con agendas globales y responsable directa del deterioro económico, social y cultural.
En ese esquema, las elecciones no serían tanto una herramienta de alternancia democrática como un ritual vacío que perpetúa las mismas políticas bajo siglas distintas.
El mensaje busca así deslegitimar no solo al Gobierno actual, sino a todo el sistema de partidos que ha gobernado desde la Transición.
Uno de los ejes centrales del discurso es la seguridad. La inmigración es presentada como una “invasión” promovida conscientemente por el bipartidismo, con consecuencias directas sobre la seguridad ciudadana y, de forma muy explícita, sobre la seguridad de las mujeres.
Esta asociación, reiterada sin matices, ignora deliberadamente los datos oficiales del Ministerio del Interior y de organismos independientes, que muestran una realidad mucho más compleja y que no respaldan una relación directa y automática entre inmigración y criminalidad.
Sin embargo, el uso de este marco no busca describir la realidad con precisión, sino activar emociones primarias como el miedo y la indignación.
El discurso también señala el colapso de los servicios públicos, especialmente la sanidad y los servicios sociales, y la precarización salarial como consecuencias directas de esa política migratoria y de una supuesta sumisión a intereses externos.
Aquí se produce una simplificación extrema de problemas estructurales que arrastra España desde hace décadas: infrafinanciación crónica de determinados sistemas, desigualdades territoriales, envejecimiento de la población y cambios profundos en el mercado laboral.
Reducir todo ello a una única causa sirve para construir un enemigo claro, pero empobrece el debate público.
La vivienda aparece como otro de los grandes símbolos del malestar social.
El acceso imposible para jóvenes y no tan jóvenes es un problema real, reconocido por todos los organismos oficiales y reflejado en estadísticas incontestables.
Sin embargo, el discurso evita mencionar factores como la falta histórica de parque público de vivienda, la especulación inmobiliaria, el impacto del turismo masivo o las decisiones autonómicas y municipales en materia urbanística.
En su lugar, se opta por un relato que vuelve a señalar a “los de fuera” y a “las élites” como responsables únicos.
Más allá de lo material, el mensaje dedica una parte sustancial a lo identitario. Se habla de una España que estaría perdiendo su esencia, su cultura y sus tradiciones, sustituida por valores ajenos y por una ideología “totalitaria” camuflada de progreso.
Se mezclan conceptos como el fanatismo religioso, el globalismo, el ecologismo o las políticas de igualdad de género en un mismo bloque, presentado como una amenaza homogénea contra el modo de vida español.
Esta amalgama ideológica no busca coherencia analítica, sino reforzar la sensación de asedio cultural.
Especialmente significativo es el uso de términos como “fanatismo verde” o “fanatismo de género”, habituales en determinados discursos políticos para desacreditar políticas medioambientales o de igualdad ampliamente respaldadas por organismos internacionales y por consensos científicos.
La transición ecológica, por ejemplo, es presentada como una imposición burocrática de Bruselas que asfixia al campo, a la industria y a las pequeñas empresas.
Sin embargo, se omite que buena parte de esas políticas han sido negociadas y aprobadas con el apoyo de gobiernos conservadores europeos y que España es uno de los países que más fondos recibe para facilitar esa adaptación.
La referencia a una supuesta persecución de los productores nacionales mientras se favorecen importaciones extranjeras conecta con un discurso proteccionista que ignora las reglas básicas del mercado único europeo del que España forma parte desde hace décadas y del que ha obtenido beneficios económicos evidentes.
Nuevamente, la complejidad se sacrifica en favor de un relato simple y emocional.
Uno de los momentos más llamativos del discurso es cuando se introduce la idea de un plan diseñado por “millonarios y oligarcas globales” que pretenderían que la población “no tenga nada y sea feliz”.
Esta frase, popularizada en entornos conspirativos, se utiliza aquí para reforzar la idea de que la pérdida de poder adquisitivo y de capacidad de decisión no es accidental, sino deliberada.
No se aportan pruebas, nombres ni mecanismos concretos, pero el mensaje cumple su función: generar desconfianza hacia cualquier institución supranacional y hacia cualquier política que no encaje en una visión nacionalista cerrada.
El llamamiento final a “recuperar el control”, “restaurar la soberanía” y “levantar a España” se articula como una promesa de redención colectiva. Se apela a la historia, a la unidad nacional y a la idea de un pueblo que ha superado grandes desafíos en el pasado.
Esta retórica épica es una constante en los discursos populistas de signo diverso, y busca situar al orador y a su proyecto político como los únicos capaces de liderar esa supuesta reconstrucción moral y material del país.
Sin embargo, cuando se despoja el mensaje de su envoltorio emocional, surgen preguntas fundamentales que quedan sin respuesta.
¿Cómo se financiaría la recuperación de los servicios públicos sin aumentar ingresos o sin recurrir a la cooperación europea? ¿Qué políticas concretas resolverían el problema de la vivienda más allá de señalar culpables externos? ¿Cómo se compatibiliza la defensa de la soberanía con la pertenencia a la Unión Europea y con una economía profundamente interdependiente? ¿Qué modelo productivo se propone para garantizar salarios dignos y estabilidad laboral en un contexto globalizado?
El discurso no entra en ese terreno. No es su objetivo. Su función principal es consolidar una identidad política basada en la oposición frontal al sistema existente y en la canalización del descontento social hacia un relato de confrontación.
En ese sentido, el mensaje conecta con una parte de la ciudadanía que se siente desatendida, insegura o frustrada, pero lo hace ofreciendo certezas simples a problemas complejos.
El riesgo de este tipo de discursos no reside únicamente en su tono duro o en sus exageraciones, sino en su capacidad para erosionar los consensos básicos de convivencia democrática.
Al presentar a amplios sectores de la población, a instituciones y a partidos políticos como enemigos internos o como traidores, se debilita el espacio para el diálogo y para soluciones compartidas.
La política se convierte entonces en un juego de suma cero, donde solo cabe vencer o ser derrotado.
España, como la mayoría de democracias occidentales, atraviesa un momento de transformación profunda.
Hay problemas reales que exigen respuestas ambiciosas y debates honestos: desigualdad, acceso a la vivienda, calidad de los servicios públicos, modelo productivo, transición ecológica, integración social.
Afrontarlos requiere diagnósticos rigurosos, políticas basadas en datos y una voluntad de acuerdo que trascienda consignas.
El discurso de fin de año analizado no aporta soluciones concretas ni propuestas verificables.
Aporta, eso sí, un espejo en el que mirarse para entender el clima político actual: una sociedad tensionada, polarizada y cansada, donde los mensajes emocionales encuentran terreno fértil.
El desafío para 2026 no será solo económico o institucional, sino también democrático: recuperar un debate público que no renuncie a la complejidad ni al respeto, y que no convierta el malestar legítimo en un arma de división permanente.
Cerrar un año no implica borrar los problemas, pero sí ofrece la oportunidad de decidir cómo afrontarlos.
Entre el grito y el análisis, entre la consigna y la política pública, España tendrá que elegir qué camino seguir.
Y esa elección, más que nunca, exigirá algo más que discursos encendidos.
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