GOLPE LETAL DE ÓSCAR PUENTE A TRAIDORES DEL PSOE Y PEDRO SÁNCHEZ “NO SOIS NADIE EN EL PARTIDO”.

 

 

 

 

 

En los últimos días, el nombre de Jordi Sevilla ha vuelto con fuerza al centro del debate político español, no tanto por una acción concreta como por una frase que ha actuado como detonante: la advertencia de que Pedro Sánchez y el PSOE se estarían “podemizando”.

 

 

Una afirmación cargada de intención política, pronunciada por quien fue ministro socialista y expresidente de Red Eléctrica de España, y que ha provocado una reacción inmediata dentro y fuera del partido, evidenciando tensiones internas que llevan tiempo latiendo bajo la superficie.

 

 

La escena se desarrolló primero en una entrevista y después se amplificó en tertulias, editoriales y redes sociales.

 

Jordi Sevilla, con un perfil más tecnocrático que orgánico, aseguró que el actual liderazgo del PSOE habría desplazado al partido de la socialdemocracia clásica hacia un terreno más cercano al populismo de izquierdas.

 

Según su diagnóstico, esta deriva estaría erosionando la identidad histórica del socialismo español y alejándolo de amplias capas del electorado tradicional.

 

 

La respuesta no se hizo esperar. Óscar Puente, ministro de Transportes y una de las voces más combativas del sanchismo, contestó con ironía y dureza.

 

Invitó a Sevilla a “pisar las sedes”, insinuando que hace décadas que no mantiene contacto real con la militancia.

 

Una frase que, más allá de la anécdota, revela el fondo del conflicto: quién tiene legitimidad para hablar en nombre del PSOE y desde dónde se construye hoy el poder interno.

 

El intercambio verbal no fue un simple cruce de declaraciones personales.

 

Funcionó como síntoma de un momento político delicado para el Partido Socialista, marcado por derrotas electorales recientes, especialmente en comunidades como Extremadura, y por un debate persistente sobre las causas de esa pérdida de apoyo.

 

¿Se trata de una desmovilización del votante progresista? ¿De un giro ideológico excesivo? ¿O de un desgaste inevitable tras años de gobierno en un contexto polarizado?

 

Sevilla sostiene que existe un malestar real entre sectores del socialismo que no se sienten representados por la estrategia actual.

 

Por eso ha anunciado la preparación de un manifiesto, que previsiblemente verá la luz en enero, con el objetivo declarado de “recuperar” al PSOE para una socialdemocracia moderada, europea y alejada tanto del populismo como de los extremos.

 

Él mismo ha aclarado que no pretende fundar un nuevo partido ni abandonar el PSOE, sino influir desde dentro.

 

Sin embargo, dentro del partido muchos ponen en duda su capacidad real de arrastre.

 

Varios analistas y dirigentes recuerdan que Jordi Sevilla nunca fue especialmente popular entre la militancia ni tuvo una base orgánica sólida.

 

Su carrera se ha desarrollado más en el ámbito institucional y empresarial que en las agrupaciones locales, verdadero termómetro del pulso interno socialista.

 

De ahí que la invitación de Óscar Puente a recorrer sedes no sea solo un ataque personal, sino una forma de subrayar esa desconexión.

 

El debate se amplía cuando se observa el contexto mediático. Algunas voces críticas señalan que Sevilla ha encontrado eco sobre todo en medios conservadores desde su salida de Red Eléctrica, lo que alimenta la sospecha de que su discurso encaja más con el relato de la derecha que con una alternativa interna sólida.

 

Otros, sin embargo, defienden que su intervención refleja una corriente real, aunque silenciosa, dentro del socialismo histórico, vinculada a figuras como Felipe González o Emiliano García-Page.

 

La discusión se vuelve aún más compleja cuando se contraponen las críticas procedentes de Podemos y de sectores a la izquierda del PSOE.

 

Desde ese espacio se acusa al Gobierno de haberse derechizado, de aumentar el gasto en defensa, de pactar con el PP en cuestiones clave y de traicionar políticas transformadoras.

 

Así, el PSOE se encuentra atrapado entre dos diagnósticos opuestos: demasiado a la izquierda para unos, demasiado al centro o a la derecha para otros.

 

Esta paradoja fue señalada con claridad por el politólogo Antón Losada, quien recordó que ambas cosas no pueden ser ciertas al mismo tiempo.

 

Los datos electorales, especialmente la abstención del votante progresista en determinadas regiones, no respaldan de forma clara la tesis de la “podemización”.

 

Más bien apuntan a una desafección más compleja, relacionada con el cansancio, la percepción de falta de resultados tangibles y la dificultad de movilizar ilusión en un clima político crispado.

 

 

El caso de Extremadura ilustra bien esta situación. Allí, como en otros territorios, no fue tanto un trasvase masivo de votos hacia la derecha como una retirada silenciosa de electores de izquierdas que optaron por quedarse en casa.

 

Interpretar ese fenómeno exclusivamente como consecuencia de un giro ideológico puede resultar simplista.

 

Factores como la gestión territorial, los liderazgos locales y el contexto socioeconómico también juegan un papel determinante.

 

 

En paralelo a este debate, resurgen propuestas como la de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, quien defendió una abstención del PSOE para permitir un gobierno del PP sin Vox en Extremadura.

 

 

Una idea que, aunque racional desde el punto de vista institucional, choca frontalmente con la estrategia nacional de confrontación y con el relato de bloques que domina la política española.

 

Para muchos, esa vía es hoy políticamente inviable, tanto para el PSOE como para el propio PP.

 

En este escenario, la figura de Pedro Sánchez aparece como eje central de todas las tensiones.

 

Su liderazgo, fuerte en el control interno del partido, es al mismo tiempo el principal blanco de las críticas.

 

Para sus defensores, ha logrado mantener al PSOE en el poder en circunstancias extremadamente difíciles, articulando mayorías complejas y aprobando reformas de calado.

 

Para sus detractores, ha personalizado en exceso el proyecto y ha diluido las señas clásicas del socialismo.

 

 

La palabra “podemización” funciona aquí más como un símbolo que como una descripción precisa.

 

Resume miedos, resistencias y nostalgias de un pasado en el que el PSOE ocupaba sin discusión el centro-izquierda del tablero político.

 

Pero también refleja la dificultad de adaptarse a un sistema multipartidista en el que las alianzas son imprescindibles y la pureza ideológica, un lujo.

 

El manifiesto que prepara Jordi Sevilla será, en este sentido, una prueba de realidad. No tanto por su contenido, que previsiblemente apelará a valores conocidos de la socialdemocracia europea, sino por el respaldo que consiga.

 

La política, al final, se mide en apoyos concretos, no solo en diagnósticos brillantes. Y ahí es donde muchos dudan de que esta iniciativa vaya más allá del ruido mediático.

 

Mientras tanto, el PSOE sigue enfrentando un desafío mayor: cómo reconstruir un vínculo sólido con su electorado tradicional sin renunciar a las alianzas que le permiten gobernar.

 

Cómo combinar pragmatismo y relato, gestión y emoción. Y cómo hacerlo en un contexto de polarización extrema, donde cada movimiento es interpretado como una traición por unos y como una claudicación por otros.

 

 

El debate abierto por Jordi Sevilla, más allá de su figura, pone de relieve una verdad incómoda: el socialismo español atraviesa una etapa de introspección forzada.

 

Las derrotas electorales, las críticas internas y la presión de los extremos obligan a replantear estrategias y discursos.

 

No está claro si la respuesta pasa por mirar atrás o por profundizar en un modelo nuevo, pero lo que sí parece evidente es que el silencio ya no es una opción.

 

 

En política, las palabras importan, pero los hechos aún más.

 

Y en los próximos meses, tanto el liderazgo de Pedro Sánchez como las voces críticas dentro del PSOE se enfrentarán a una misma prueba: demostrar, con datos y resultados, quién interpreta mejor el momento histórico y quién está realmente conectado con la sociedad a la que dice representar.