Pablo Motos arranca ‘El Hormiguero’ con este pronunciamiento ante la polémica con Sarah Santaolalla: “No volverá a suceder”.

 

 

Pablo Motos se ha pronunciado sobre la enorme polémica que ha sacudido a ‘El Hormiguero’ a raíz del ataque machista de Rosa Belmonte a Sarah Santaolalla desde el espacio de Antena 3.

 

 

 

Hay noches en televisión que empiezan con guion cerrado, invitado estrella y escaleta milimetrada… y, sin embargo, terminan girando alrededor de algo que nadie quería convertir en protagonista.

A veces no es la entrevista, ni el experimento, ni el dato político lo que marca la jornada. A veces es una frase. Una sola frase. Y el eco que provoca.

Este miércoles, antes siquiera de dar paso a su invitada, Pablo Motos hizo algo poco habitual en el arranque de El Hormiguero: parar. Mirar a cámara. Y pedir perdón.

El presentador interrumpió el inicio del programa para abordar de frente la polémica que ha sacudido al espacio de Antena 3 durante las últimas horas.

La controversia, como ya es sabido, nació en la tertulia política del martes, cuando Rosa Belmonte lanzó un comentario sobre la analista Sarah Santaolalla que fue ampliamente calificado como machista y que desató un aluvión de críticas en redes sociales.

 

La frase —que vinculaba de forma despectiva la supuesta capacidad intelectual de Santaolalla con su físico— provocó una reacción inmediata en plataformas digitales, generando un debate sobre machismo, límites del humor y responsabilidad en televisión en directo.

 

Y el ruido fue tal que el silencio ya no era una opción.

“Me vais a permitir que antes de empezar el programa pida perdón por un comentario desafortunado que hizo Rosa Belmonte durante la tertulia”, comenzó diciendo Pablo Motos, en un tono más sobrio de lo habitual.

No era el arranque festivo que caracteriza al formato. Era una declaración directa a la audiencia.

El presentador reconoció que, en la velocidad del directo, a veces uno es consciente de que no debería haber dicho algo mientras lo está diciendo. Pero añadió una frase clave: “Eso no quita que metimos la pata”.

La elección del plural no pasó desapercibida. No habló solo de un error individual, sino de una responsabilidad compartida como programa.

Ese matiz es importante.

En los últimos años, la televisión en directo ha vivido múltiples momentos polémicos. Pero no siempre se produce una rectificación explícita en la emisión siguiente.

En este caso, el revuelo fue lo suficientemente intenso como para obligar a una respuesta pública en el propio espacio.

Motos añadió que ni es el estilo de Rosa Belmonte ni el del programa hacer ese tipo de comentarios, y trasladó sus “más sinceras disculpas”. Cerró asegurando que se esforzarán para que no vuelva a suceder.

El público en plató aplaudió. Pero fuera del estudio, la conversación ya estaba en marcha desde hacía horas.

Porque antes de que el presentador pidiera perdón en antena, la propia Rosa Belmonte había roto su silencio en redes sociales.

En un comunicado difundido en sus perfiles, la periodista pidió disculpas por lo que calificó como un comentario “inconveniente”.

Subrayó que fue espontáneo, que nadie sabía lo que iba a decir —ni siquiera ella misma cinco segundos antes— y que su intención no era ofender.

“Pido perdón a quien haya ofendido, a quien haya molestado y a quien haya afectado”, escribió, destacando que no era su intención causar daño.

Las disculpas, tanto del programa como de la colaboradora, abrieron una nueva fase en la polémica: la evaluación pública de la rectificación.

En redes, las reacciones se dividieron.

Algunos usuarios valoraron positivamente que el programa afrontara el tema sin rodeos y pidiera perdón en antena. Otros consideraron que la disculpa llegó forzada por la presión social y que el daño ya estaba hecho.

El episodio ha puesto sobre la mesa varias cuestiones relevantes para el análisis mediático.

Primero, la velocidad del directo. La televisión en vivo tiene un componente imprevisible que forma parte de su esencia.

No hay edición que filtre, no hay margen para corregir antes de emitir. Pero esa espontaneidad también implica asumir las consecuencias de cada palabra.

Segundo, la responsabilidad colectiva. Cuando un comentario polémico se produce en un plató donde hay presentador y colaboradores, el silencio o la risa posterior también forman parte del mensaje.

La decisión de Motos de hablar en plural —“metimos la pata”— reconoce implícitamente ese contexto.

 

 

Tercero, la sensibilidad social actual. Hace una década, un comentario similar podría haber generado críticas, pero difícilmente habría provocado una ola tan intensa y transversal.

Hoy, la conversación pública sobre igualdad y machismo está mucho más presente. Y la audiencia responde con rapidez.

El nombre de Sarah Santaolalla se convirtió en tendencia. Compañeros de profesión, figuras políticas y espectadores anónimos expresaron apoyo a la analista.

El debate trascendió el caso concreto y se convirtió en una reflexión más amplia sobre cómo se retrata a las mujeres en espacios de análisis político.

No es un detalle menor.

Las tertulias políticas han evolucionado hacia formatos cada vez más confrontativos.

El intercambio de ideas suele ir acompañado de frases contundentes, ironías y ataques verbales. En ese entorno, cruzar la línea es más fácil de lo que parece.

Pero cuando el ataque se centra en el físico y no en el argumento, el terreno cambia.

Las disculpas de Belmonte insisten en la espontaneidad. Y es cierto que muchos errores en televisión nacen de impulsos inmediatos. Sin embargo, la espontaneidad no elimina el impacto.

En términos de comunicación de crisis, el programa optó por una estrategia clásica: reconocimiento del error, disculpa directa y compromiso de mejora.

No hubo justificación extensa ni confrontación con la crítica. Tampoco se minimizó el asunto.

 

Queda por ver si esa respuesta será suficiente para cerrar el capítulo o si el episodio seguirá apareciendo como referencia en debates futuros.

Lo que sí es evidente es que la cultura mediática está en transformación.

Las redes sociales funcionan como amplificador y como mecanismo de control ciudadano. Lo que ocurre en un plató ya no se queda en el plató.

 

Cada gesto, cada risa, cada silencio es analizado.

 

El caso de El Hormiguero también refleja otro fenómeno: la rapidez con la que una polémica puede escalar y obligar a una rectificación pública en menos de 24 horas.

 

Esa inmediatez redefine las reglas del juego.

 

Para el programa, el reto ahora es recuperar el foco habitual sin que el incidente marque su narrativa a largo plazo. Para la audiencia, la pregunta es si las disculpas bastan o si se esperan medidas adicionales.

 

En cualquier caso, el episodio deja una lección clara: en la televisión de 2026, las palabras pesan más que nunca.

 

Y cuando se cruzan ciertas líneas, el público no solo escucha. También responde.