Héctor de Miguel, ‘Quequé’, anuncia su retirada temporal, precipitada por la polémica sobre la parodia de Nacho Abad.
Héctor de Miguel, más conocido como Quequé, anuncia el fin de ‘Hora Veintipico’ en la SER por salud mental tras las críticas a su parodia de Nacho Abad.

Hay silencios que hacen más ruido que cualquier monólogo. Y hay anuncios que, aunque llegan envueltos en palabras serenas, esconden un terremoto emocional detrás.
El comunicado que Héctor de Miguel, conocido por todos como Quequé, ha publicado en su cuenta de Instagram pertenece a esa segunda categoría.
No es solo la confesión de un cómico agotado. Es el reflejo de una época, de una forma de hacer humor bajo presión constante y de un desgaste que ya no se puede disimular con ironía.
Durante años, Quequé ha sido sinónimo de irreverencia, de incomodidad bien entendida, de comedia afilada que no busca gustar a todo el mundo.
Precisamente por eso, su decisión de retirarse temporalmente por motivos de salud mental ha sacudido tanto a la audiencia.
No es una pausa cualquiera. Llega después de días de tensión extrema, de ataques coordinados en redes sociales y de una polémica que ha ido mucho más allá del humor.
Su anuncio, además, no llega en un contexto aislado. Se suma a un precedente muy reciente y muy significativo: el de Andreu Buenafuente.
A finales de 2025, el comunicador catalán sorprendía al anunciar que dejaba temporalmente tanto su programa en TVE, Futuro imperfecto, como su espacio en la Cadena SER.
Una decisión que obligó a RTVE a improvisar para las Campanadas, con Chenoa y Estopa ocupando un lugar que inicialmente iba a ser suyo.
Dos figuras clave del humor y la comunicación dando un paso atrás casi al mismo tiempo no es una casualidad. Es una señal.
El mensaje de Quequé es directo, honesto y, sobre todo, humano. “Ha llegado el momento de parar”, escribe.
Una frase sencilla que encierra una lucha interna larga. “El cuerpo me lo pedía y la mente disimulaba”, añade, reconociendo algo que muchas personas viven en silencio: el intento constante de seguir adelante cuando todo dentro pide freno.
Lo ocurrido en las últimas horas, explica, ha precipitado una decisión que llevaba tiempo rondándole la cabeza. No es un arrebato. Es una conclusión.
La referencia es clara. Su parodia de Nacho Abad, realizada en Hora Veintipico, se viralizó rápidamente y desató una reacción feroz por parte de sectores de la ultraderecha y de entornos cercanos a la derecha mediática.
El humor, una vez más, se convirtió en campo de batalla. Lo que para unos fue una sátira legítima, para otros se transformó en excusa para el acoso y la deshumanización.
Quequé no adopta el papel de víctima heroica. De hecho, se aleja explícitamente de él. “No tengo madera de héroe ni me apetece ser un mártir”, afirma con una lucidez poco habitual en comunicados públicos.
No busca aplausos ni victimismo. Busca parar. Y eso, en una industria que premia la resistencia hasta el agotamiento, ya es un acto radical.
Uno de los fragmentos más comentados de su texto es el momento en el que pide disculpas. No porque reniegue de su trabajo, sino porque entiende que el humor también puede doler.
“Si te ha molestado lo que hemos hecho en Hora Veintipico, mis más sinceras disculpas”, escribe.
No es una rectificación forzada ni una retirada del contenido. Es un gesto de empatía. Algo cada vez más escaso en el debate público.
En el comunicado también defiende con firmeza a su equipo y a su programa. Reconoce que ha sido especialmente difícil hacer radio esa semana.
El contexto era delicado: un accidente ferroviario reciente, dolor, víctimas y un clima emocional muy cargado.
Aun así, insiste en que el enfoque fue el respeto. “Quien diga que les faltamos al respeto a las víctimas simplemente miente”, sentencia.
Una frase dura, pero clara, que busca cortar de raíz una acusación que considera injusta.
Lejos de rebajar el tono, Quequé vuelve a señalar directamente a Nacho Abad. Lo hace sin rodeos, calificándolo de “inefable”.
Y explica por qué la parodia dolió. No fue casualidad ni provocación vacía. “Si escoció fue porque el dardo dio en la diana”, escribe.
Según él, el problema no es la sátira, sino el modelo de televisión que se alimenta del morbo, de las imágenes truculentas y del conflicto constante para rascar audiencia. Un modelo que, en su opinión, banaliza el dolor y fomenta la desinformación.
Este punto conecta con un debate mucho más amplio sobre el papel de los medios y los límites del entretenimiento.
¿Quién decide qué es ofensivo y qué no? ¿Por qué ciertas prácticas se normalizan mientras se señala con dureza a quienes las cuestionan desde el humor? Quequé no da lecciones, pero deja preguntas flotando en el aire.
El tramo final de su comunicado es, probablemente, el más emotivo. Mira hacia atrás y agradece.
A la Cadena SER, por haber confiado en él durante tantos años. Desde La vida moderna, junto a David Broncano y Nacho García, pasando por La lengua moderna hasta llegar a Hora Veintipico, que define sin dudar como “el mejor programa que he hecho nunca”. No hay rencor. Hay gratitud.
Agradece también a los directivos, a los equipos, a las personas que han estado a su lado cuando la presión apretaba.
Y, sobre todo, agradece al público. A quienes lo siguieron en bares, salas, teatros, televisión, radio y redes sociales.
A quienes rieron y a quienes criticaron. A todos los que formaron parte de una trayectoria tan caótica como auténtica.
Su despedida, aunque temporal, tiene un tono casi de balance vital. Recuerda sus orígenes en Salamanca, sin estudios ni padrinos, y cómo logró cumplir un sueño muy particular: trabajar poco y madrugar lo menos posible.
Una broma que, en realidad, es una declaración de principios. Vivir de lo que amas, aunque eso tenga un precio.
“Tengo que descansar un rato y luego ya veremos”, concluye. No hay promesas de regreso inmediato ni fechas marcadas en el calendario.
Solo una palabra final que lo resume todo: “Salud”. No como despedida solemne, sino como prioridad.
La retirada temporal de Quequé no es solo una noticia del mundo del espectáculo. Es un espejo en el que se reflejan muchas realidades actuales: la fragilidad mental, la violencia del debate público, la presión constante sobre quienes opinan en voz alta y la dificultad de sostener el humor cuando el clima social se vuelve irrespirable.
Su decisión invita a parar y pensar. A preguntarse qué tipo de conversación estamos construyendo y a qué coste.
También interpela a la audiencia: ¿qué exigimos a quienes nos entretienen? ¿Les permitimos ser humanos, equivocarse, cansarse?
En un momento en el que la inmediatez lo devora todo y el escándalo dura lo que tarda en llegar el siguiente, la pausa de Quequé es un gesto que merece ser escuchado.
No desde el ruido, sino desde el respeto. Porque a veces, el acto más valiente no es seguir hablando, sino saber cuándo callar para poder volver con fuerzas.
Y ahora, la pelota está en el tejado del público, de los medios y de una industria que tendrá que preguntarse si sabe cuidar a quienes la sostienen.
Porque sin voces libres, sin humor crítico y sin espacio para el descanso, lo que queda no es información ni entretenimiento. Es solo desgaste.
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