Pedro Piqueras ensalza el mensaje del rey en Nochebuena y pone el foco en algo insólito.

 

 

 

El periodista ha compartido su postura sobre el discurso del rey destacando el carácter “diplomático”.

 

 

 

 

 

Como cada Nochebuena, el mensaje del rey Felipe VI volvió a situarse en el centro del debate público, pero en esta ocasión no solo por su contenido, sino también por la forma y por el impacto real que tuvo en la audiencia y en la conversación social.

 

 

El discurso navideño de 2025 no pasó desapercibido y, de hecho, logró algo que no es menor en un contexto de fragmentación mediática y desafección institucional: firmar el mejor dato de audiencia de los últimos cinco años y generar reacciones transversales, desde políticos hasta ciudadanos anónimos y profesionales del periodismo.

 

 

Felipe VI habló de pie, desde el Salón de Columnas del Palacio Real, abandonando por un día la imagen más clásica asociada a La Zarzuela.

 

 

El gesto no fue casual. Formó parte de una estrategia clara de modernización del mensaje institucional, adaptándolo a una sociedad que consume contenidos cada vez más breves, directos y visuales.

 

 

Menos solemnidad escenográfica, más cercanía simbólica. Menos duración, más precisión.

 

El rey optó por un discurso más conciso, pero cargado de referencias a problemas reales, lo que ayudó a que su mensaje calara en una audiencia cansada de palabras vacías.

 

Ese enfoque fue precisamente uno de los aspectos más destacados por Pedro Piqueras, histórico presentador de Informativos Telecinco y una de las voces periodísticas más reconocibles del país.

 

 

En su intervención en el programa Mañaneros 360, conducido por Javier Ruiz, Piqueras confesó haber visto el discurso “de principio a fin”, algo que no siempre ocurre incluso entre profesionales de la información.

 

Su valoración fue clara: el mensaje le pareció “en la forma y en el fondo más o menos intachable”.

 

 

No es una afirmación menor viniendo de alguien que ha narrado durante décadas las tensiones políticas, sociales y territoriales de España.

 

Piqueras subrayó la dificultad de construir un mensaje integrador en un país tan complejo como el nuestro.

 

En sus palabras se percibía una mezcla de realismo y cierta melancolía: España atraviesa un momento en el que el consenso parece un bien escaso y el diálogo se ha vuelto frágil.

 

Aun así, el periodista consideró que el rey logró tocar asuntos clave sin caer en la confrontación.

 

 

Uno de esos asuntos fue la vivienda, un problema que afecta de forma directa y cotidiana a millones de ciudadanos.

 

El encarecimiento del alquiler, la dificultad de acceso a una vivienda digna para los jóvenes y la inseguridad residencial se han convertido en una de las principales preocupaciones sociales, según reflejan de forma constante los barómetros oficiales.

 

Que el rey mencionara este tema fue interpretado por muchos como un gesto de conexión con la realidad material de la ciudadanía, más allá de los grandes debates institucionales.

 

Piqueras insistió en ese punto, destacando que no se trató de una referencia retórica, sino de un reconocimiento explícito de un problema estructural.

 

En un discurso que, por definición, no puede entrar en soluciones concretas ni en confrontaciones partidistas, el simple hecho de señalar el problema ya tiene un valor simbólico importante.

 

Es una forma de decir: esto existe, esto importa y esto nos afecta como país.

 

 

Otro de los ejes del mensaje fue la tensión social y política que atraviesa España.

 

El rey aludió a ella de forma indirecta, sin señalar responsables concretos, pero dejando claro que existe un clima que dificulta la convivencia y el entendimiento.

 

Ese tono diplomático fue precisamente lo que Piqueras quiso poner en valor.

 

“¿Qué puede hacer el rey si no un discurso diplomático?”, se preguntaba el periodista, defendiendo que esa es, precisamente, la función constitucional del monarca.

 

 

Felipe VI habló de la tensión sin nombrarla con nombres propios, de los conflictos sin personalizarlos, de las fracturas sin alimentar bandos.

 

En un contexto de polarización extrema, esa elección no es ingenua. Es una apuesta consciente por no añadir más gasolina al fuego.

 

Para Piqueras, el rey consiguió señalar “todas esas cuestiones que nos hacen más infelices a los ciudadanos” sin caer en la tentación de simplificar o dividir.

 

 

 

 

El propio periodista aprovechó su intervención para lanzar una reflexión más amplia sobre el clima social.

 

“No se puede hablar con tranquilidad, ni en la calle, ni en la mesa, ni en el parlamento”, afirmó, describiendo una sensación compartida por muchos ciudadanos: la de vivir en un país donde la conversación pública está contaminada por el enfrentamiento permanente.

 

Piqueras habló incluso de una sociedad “inoculada de odio”, una expresión dura que refleja hasta qué punto la polarización se ha normalizado.

 

 

Ese contexto hace que el impacto del discurso navideño cobre aún más relevancia.

 

No se trató solo de palabras institucionales, sino de un intento de introducir una pausa, un espacio de reflexión en medio del ruido.

 

Y los datos de audiencia parecen indicar que, al menos en términos de atención, la estrategia funcionó.

 

 

El mensaje de Navidad de 2025 logró un 65,2% de cuota de pantalla, con una media de 5.876.000 espectadores en simulcast y más de 6,5 millones de usuarios únicos.

 

Supone un crecimiento de 2,8 puntos respecto al año anterior y el mejor dato de Felipe VI en los últimos cinco años.

 

En un panorama audiovisual cada vez más fragmentado, donde las grandes citas televisivas pierden fuerza año tras año, este resultado no es menor.

 

La comparación con ejercicios anteriores refuerza esa lectura. En 2023, el discurso del rey fue el menos visto de su reinado, con un 59,4% de share y unos 5,6 millones de espectadores.

 

En 2024 hubo una ligera recuperación, hasta el 62,4% y 5,9 millones, pero seguía siendo uno de los datos más bajos.

 

El salto registrado en 2025 rompe esa tendencia y sugiere que los cambios introducidos, tanto en la forma como en el contenido, conectaron mejor con la audiencia.

 

 

La elección del Salón de Columnas del Palacio Real, en lugar de La Zarzuela, también tuvo un peso simbólico importante.

 

El espacio evoca solemnidad histórica y continuidad institucional, pero al mismo tiempo ofrece una imagen menos doméstica y más abierta.

 

El hecho de que el rey pronunciara el discurso de pie, en lugar de sentado, reforzó esa sensación de dinamismo y presencia activa.

 

En cuanto al reparto de audiencias, La 1 de Televisión Española volvió a ser el canal de referencia para seguir el mensaje, con un 24,1% de cuota de pantalla y 2.171.000 espectadores.

 

Antena 3 ocupó el segundo lugar, con un 16,3% de share y 1.464.000 espectadores.

 

Telecinco quedó bastante más atrás, con un 5,9% y 534.000 espectadores, confirmando una tendencia ya habitual en este tipo de emisiones institucionales.

 

Más allá de los números, el discurso de Felipe VI también tuvo un fuerte componente simbólico al recordar los 50 años de la Transición, un periodo clave en la historia reciente de España que trajo consigo la restauración de la monarquía parlamentaria.

 

La referencia no fue nostálgica, sino contextual. Sirvió para recordar que la convivencia democrática es fruto de acuerdos difíciles y renuncias mutuas, y que no puede darse por garantizada.

 

En un momento en el que la memoria histórica y el relato del pasado son objeto de disputa política, esa mención adquiere una dimensión adicional.

 

El rey no reivindicó una versión cerrada de la historia, pero sí apeló al espíritu de entendimiento que permitió superar una etapa de confrontación profunda.

 

Un mensaje que, sin decirlo explícitamente, interpela al presente.

 

La clave del éxito del discurso, si se puede hablar así, está precisamente en ese equilibrio.

 

No fue un mensaje revolucionario ni rompedor, pero tampoco vacío o meramente ceremonial.

 

Fue un discurso consciente de sus límites constitucionales, pero atento a las preocupaciones reales de la ciudadanía.

 

Y eso, en un contexto de desgaste institucional generalizado, no es poco.

 

Las reacciones posteriores, como la de Pedro Piqueras, reflejan que el mensaje logró algo difícil: generar debate sin provocar rechazo frontal.

 

Hubo críticas, como siempre, pero también reconocimientos desde posiciones ideológicas diversas.

 

Esa transversalidad es, quizá, uno de los mayores logros del discurso.

 

En un país cansado del enfrentamiento constante, el mensaje de Nochebuena de Felipe VI funcionó como un recordatorio de que aún existe un espacio común desde el que hablar de problemas compartidos.

 

No resuelve la polarización ni sustituye al debate político, pero introduce una pausa necesaria.

 

Y en tiempos de ruido permanente, a veces, una pausa bien medida puede ser más eficaz que mil discursos grandilocuentes.