Cazado por Ser Español: La Increíble Historia del Capitán que Venció al Naufragio de 1588.

Descubre la historia real de Francisco de Cuéllar, capitán de los Tercios de Felipe II, que sobrevivió al naufragio de la Armada Invencible en 1588, escapó de la persecución inglesa en Irlanda y vivió para contarlo.
Este vídeo cuenta su increíble odisea: desde su llegada moribundo a las costas de Irlanda, hasta su encuentro con clanes irlandeses, su paso por Escocia y su regreso a Flandes. Una historia olvidada que jamás se enseña en las escuelas, pero que forma parte de la Historia de España.
Francisco de Cuéllar despertó cubierto de barro, con el cuerpo dolorido y la conciencia rota.
El agua fría le rozaba los pies y la marea subía sin prisa, como si el mar quisiera terminar el trabajo que había empezado horas antes. No sabía dónde estaba.
No recordaba cómo había llegado allí. Solo sabía una cosa: seguía vivo. Vivo, solo y rodeado de cadáveres.
A pocos metros distinguía el mástil partido de un galeón, más allá un cañón medio hundido, trozos de madera, sogas, barriles abiertos y cuerpos enredados entre algas.
Cuerpos sin cabeza, cuerpos con los ojos abiertos mirando al cielo como si todavía esperaran una respuesta. Aquella tierra era Irlanda, pero él aún no lo sabía.
Unos días antes había sido capitán de infantería de la Felicísima Armada, el mayor despliegue naval que había visto España.
Habían partido de Lisboa en nombre de Dios, del Rey y de la fe. Iban a castigar a Inglaterra por hereje, a vengar la muerte de María Estuardo, a restaurar el catolicismo en una isla rebelde.
No se veían como invasores ni piratas: eran soldados, tercios veteranos, marinos de guerra, nobles con armaduras relucientes y hombres que llevaban rosarios al cuello. Pero el mar no entiende de causas justas ni de banderas.
Primero llegaron los vientos, luego las corrientes traicioneras, después el hambre, el escorbuto, las velas desgarradas y, al final, la desbandada.
La Armada no fue derrotada por Inglaterra, fue devorada por el océano. Francisco viajaba en el San Juan de Sicilia, un galeón robusto, pesado, orgulloso, pero ni siquiera él pudo resistir la furia del Atlántico.
La tormenta lo empujó contra los arrecifes de la costa norte de Irlanda. La quilla se partió. El barco se abrió como una herida.
Cuéllar cayó al agua entre fuego, gritos y madera astillada, y luego nada.
Cuando recuperó la conciencia estaba tendido en la arena. A lo lejos escuchó ladridos, voces humanas.
Gente del lugar se acercaba. No sabía si eran amigos o enemigos. Se arrastró como pudo hasta una zanja y se cubrió con algas y barro.
Apenas podía respirar. Apenas podía pensar. Y pensar dolía. Había oído hablar de Irlanda: una tierra pobre, dividida por clanes, ocupada por los ingleses.
Algunos decían que era una tierra hermana y católica; otros advertían que no se podía confiar en nadie. Alguien lo vio aquel día, pero no lo delató. Quizá fue compasión, quizá indiferencia.
Pasaron las horas y los días. Cuéllar se movía como un animal herido por la costa. Dormía en ruinas, bebía de charcos, comía raíces.
El barro se le pegó a la piel, los pies se le agrietaron hasta sangrar. Una vez robó un pedazo de pan de un establo.
Otra, un niño le dejó leche junto a una piedra. No supo si aquello era un acto de fe o de pura humanidad. No preguntó. No hablaba. No tenía con quién.
Veía castillos derruidos, torres medio caídas, cruces quemadas, aldeas vacías. Caminaba de noche y se escondía de día. Si oía caballos, se tiraba al suelo.
Si escuchaba pasos, se enterraba bajo ramas y hojas. Ya no era capitán. Era un despojo, un fantasma cubierto de sal y miedo.
Un día vio un estandarte inglés clavado en un campo y, junto a él, una horca. Colgaban tres hombres. Uno aún se movía.
Entonces lo entendió: no lo buscaban por ser soldado, lo cazaban por ser español.
Pensó en rendirse, en gritar, en acabar rápido. Pero algo dentro de él se negó.
Había sobrevivido a batallas, había visto morir a compañeros por lanza, por arcabuz y por hambre. Aquello era distinto. No era guerra. Era huida. Era silencio. Era frío metido en los huesos.
Una noche soñó que estaba de nuevo en su camarote escribiendo cartas. Despertó cubierto de escarcha, con un ratón comiéndose las migas de su bolsillo.
La ropa ya era trapo. El alma ya no era alma, era puro instinto.
Aun así, no estaba del todo solo. En una aldea encontró a otro español, tan destrozado como él, con barba hasta el pecho y sin botas.
Se miraron. No se abrazaron. No dijeron nada. Compartieron el fuego y un silencio que valía más que cualquier rezo.
Irlanda no era un refugio, era otro campo de batalla sin estandartes ni clarines, solo barro, viento y cuchillos.
Algunos lo miraban con desconfianza, otros le escupían. Uno lo golpeó con un bastón gritándole palabras que no entendía.
Para ellos no era ni español ni inglés: era un hombre sucio, casi un espectro. Pero hubo quienes le ofrecieron pan duro, agua turbia, una manta.
Aprendió a no hacer ruido, a hablar poco, a callar mucho. El idioma era una cárcel. Todo parecía decirle lo mismo: sigue, no te quedes aquí.
Atravesó bosques enteros sin ver a nadie. Caminó por caminos que se deshacían bajo sus pies. Pisó campos donde aún olía a pólvora.
En una aldea presenció una escena que jamás olvidaría: una mujer llorando en medio de una calle vacía, sosteniendo a un niño muerto envuelto en un trapo.
Dos perros olisqueaban sus pies. Nadie salía a ayudarla. Cuéllar pasó de largo, no por falta de compasión, sino porque ya no tenía nada que ofrecer.
El invierno cayó sobre él con crueldad. No había comida ni fuego suficiente. Entonces encontró un castillo en ruinas con una bandera gaélica ondeando al viento.
Allí, por primera vez, alguien le habló en español, torpe y mezclado con latín: un fraile marcado por cicatrices. “Otro más”, dijo al verlo.
En aquel castillo se refugiaban otros españoles, acogidos por un clan irlandés enemigo de los ingleses. Cuéllar se quedó. No tenía otro lugar.
Los ingleses enviaron tropas para tomar el castillo. Colgaron a dos españoles como advertencia. Resistieron. Una tormenta obligó a levantar el asedio.
El señor del clan quiso recompensarlos, pero los españoles lo rechazaron todo. “Eres un perro flaco, pero muerdes como un lobo”, le dijeron a Cuéllar. Aquellas palabras se le quedaron grabadas.
Meses después logró cruzar a Escocia con ayuda del obispo de Derry. Vivía entre muros fríos, comiendo pan mohoso, rezando cuando podía.
Habían pasado ocho meses desde el naufragio. Ocho meses sin bandera ni órdenes, solo barro, hambre y muerte.
Cuando parecía que todo estaba perdido, apareció un hombre que hablaba español y traía noticias: había pasajes para Flandes. El viaje sería peligroso. Cuéllar no lo dudó.
El barco se hundió. Muchos murieron. Él volvió a salvarse. Llegó a Dunkerque con una sola camisa. Nadie lo esperaba. Nadie preguntó por él.
Entonces hizo lo único que podía hacer: escribió. No un informe frío, sino una carta larga y desesperada al rey Felipe II.
Contó el naufragio, la persecución, el hambre, la fe, la ayuda de algunos irlandeses y la crueldad de otros. No pidió gloria. Solo quiso que alguien supiera la verdad.
Gracias a esa carta hoy sabemos lo que vivió Francisco de Cuéllar. Su historia no suele aparecer en los libros de texto, pero explica mejor que muchas crónicas qué fue realmente la Armada: no solo una derrota, sino una travesía humana de resistencia extrema.
A veces no hace falta vencer para dejar huella. A veces, simplemente, sobrevivir ya es una forma de victoria.
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