Juan del Val debe pedir perdón en La Sexta por un “error lamentable” en su libro ganador del Premio Planeta

 

 

Hay errores que se quedan en un manuscrito y mueren ahí, en silencio, como una falta de ortografía corregida a última hora o un párrafo que el editor elimina sin que nadie se entere. Y luego están los otros: los errores que, por pequeños que parezcan, tocan una fibra tan concreta —un ritual, una costumbre, una ciudad entera— que se convierten en una alarma imposible de apagar.

 

A Juan del Val le ha pasado con algo que, dicho rápido, suena casi inofensivo. Tan inofensivo que uno podría pensar: “¿De verdad estamos hablando de esto?”. Y sin embargo, cuando lo escuchas de su propia boca, cuando lo ves admitirlo en televisión y pedir —casi suplicar— que le dejen de escribir por redes, entiendes que no va de un detalle de vestuario. Va de lo que ocurre cuando la literatura se mete en la vida real… y la vida real decide responder con 20 mensajes al día.

 

El escenario fue “La Roca”, el programa de La Sexta presentado por Nuria Roca. Un domingo cualquiera, una conversación aparentemente ligera, de esas que entran suaves: estaban hablando de trajes de flamenca. Nada hacía presagiar que en ese momento Juan del Val iba a abrir una puerta que llevaba tiempo chirriando en privado.

 

Porque sí, llevaba tiempo. Él mismo lo contó: no era un comentario aislado, ni una crítica ocasional. Era una insistencia constante que le caía al móvil como una gota china, día tras día. Hasta que un tema tan sevillano como los vestidos de flamenca le disparó el recuerdo exacto, la escena exacta, el fallo exacto.

 

En su novela “Vera, una historia de amor”, ganadora del Premio Planeta 2026 según se recoge en la información difundida, Juan del Val describe una escena que transcurre en la noche del famoso “pescaíto”, la noche del alumbrado de la Feria de Abril de Sevilla. Es decir: un momento cargado de significado. No es una tarde cualquiera en el Real. Es la puerta de entrada simbólica a una de las celebraciones más reconocibles del calendario español.

 

Y ahí, en esa escena, cometió lo que él mismo llamó un “error lamentable”: puso a dos protagonistas vestidas de flamenca.

 

Parece un detalle mínimo hasta que te lo explican desde dentro de la tradición. Según reconoció el propio Juan del Val en el programa, esa noche las mujeres “van vestidas casi siempre de negro, pero nunca de flamencas”. Lo dijo con precisión, con ese tono de quien ya conoce la corrección al milímetro porque se la han repetido tantas veces que podría recitarla dormido.

 

Y entonces se entiende la magnitud emocional del asunto. Para mucha gente en Sevilla —y por extensión para andaluces que sienten la Feria como un patrimonio íntimo— no es lo mismo “una noche de Feria” que “la noche del pescaíto”. No es lo mismo “ir arreglado” que “ir como manda la tradición”. No es lo mismo un vestido bonito que un código compartido que, cuando lo rompes en una novela, suena como si alguien describiera una Semana Santa con los pasos saliendo en chanclas.

 

El propio programa lo llevó con humor. Uno de sus compañeros, en tono de broma, soltó: “Qué ofensa para toda Andalucía”. Y esa frase, aunque naciera como chascarrillo, tiene un fondo real: la gente se lo tomó en serio. Tan en serio que Juan del Val aseguró que desde ese momento recibe alrededor de 20 mensajes al día recordándoselo.

 

Veinte mensajes diarios. No una semana. No al principio. No durante la promoción. Veinte. Al. Día.

 

Ese es el tipo de cifra que cambia la manera en la que un error se instala en la cabeza. Porque una cosa es detectar un fallo después de publicar y pensar “vaya, metí la pata”. Y otra muy distinta es convivir con una corriente constante de avisos que, en muchos casos, llegan incluso con cariño: “Me está encantando tu novela, pero…”. Esa coletilla es casi peor que una crítica feroz, porque viene envuelta en buena intención, pero no deja de ser una bofetada repetida.

 

Y aquí hay un matiz especialmente humano en lo que contó Juan del Val: dijo que “es una cosa que yo ya sabía”, pero que, de repente, construyó la escena y se le metió en la novela. Esa confesión, para cualquiera que haya escrito —aunque sea un texto largo, un guion, un reportaje— es dolorosamente reconocible. Puedes saber perfectamente un dato, puedes haberlo visto mil veces, puedes tenerlo “claro”… y aun así, en el momento de narrar, la mente completa el hueco con lo que parece lógico para el lector general.

 

Feria de Sevilla. Traje de flamenca. Noche señalada. En la imaginación de alguien que no esté anclado a ese código exacto, encaja. Y justo por eso falla.

 

El problema es que la Feria no perdona esas licencias si pretendes describirla como realidad. No porque la gente sea quisquillosa por deporte, sino porque hay tradiciones que funcionan como contraseña. Si aciertas, entras. Si te equivocas, te señalan el fallo con la misma energía con la que alguien corregiría a un turista que confunde una tapa con una ración.

 

Juan del Val no solo lo admitió en “La Roca”. También recordó que ya había pedido perdón públicamente antes. Dijo que presentó la novela en Sevilla y, ante un teatro de 300 personas, pidió perdón poniéndose de rodillas: “Ya lo sé, fue un error”.

 

La imagen es potente: un autor, en una presentación, arrodillándose por un detalle de vestuario en una escena. No por una polémica política, no por una frase ofensiva, no por un plagio. Por un traje.

 

Esa desproporción aparente es, precisamente, lo que hace que la historia sea tan pegajosa. Porque revela algo muy actual: hoy, los errores no se corrigen solo con una fe de erratas o con una entrevista. Los errores se convierten en conversación permanente en redes. Y aunque hayas pedido perdón, aunque lo hayas admitido, aunque lo tengas clarísimo… el algoritmo no tiene compasión ni memoria emocional. La gente llega tarde al asunto, lo descubre, y siente la necesidad inmediata de decirte “oye, que sepas que…”.

 

La escena en La Sexta terminó de cerrar el círculo. A petición de sus compañeros, Juan del Val miró a cámara y dejó un mensaje directo, casi como quien coloca un cartel en la puerta: “Sé perfectamente que en la noche del ‘pescaíto’ las mujeres no van vestidas de flamencas. Fue un error, lo cometí, pedí perdón y ahí está el error para toda mi vida. Por favor, no me enviéis más mensajes diciéndomelo porque yo ya lo sé”.

 

Si lo lees sin contexto, parece una simple aclaración. Si lo imaginas con todo lo que implica —la novela, el premio, la promoción, los mensajes diarios, la presentación en Sevilla, el humor del plató, la insistencia de la audiencia— suena a cansancio. Pero también a algo más: a ese tipo de rendición pública que solo ocurre cuando la gente te ha corregido tantas veces que ya no estás discutiendo el dato. Estás pidiendo tregua.

 

Y aquí, aunque no lo parezca, hay una historia mucho más grande que el vestido negro o el traje de flamenca.

 

Hay una historia sobre cómo se relacionan hoy los lectores con los autores. Antes, el lector cerraba el libro, lo comentaba con un amigo, quizás escribía una carta a un periódico o una reseña. Hoy, el lector abre el libro, se enfada, y en el mismo segundo tiene la posibilidad de escribirte directamente a ti. A tu cuenta. Con tu nombre. Con una notificación que vibra en tu bolsillo.

 

Ese puente directo tiene algo hermoso —acerca, democratiza, humaniza— pero también tiene algo agotador: elimina el filtro del tiempo. El enfado que antes se enfriaba en una semana, ahora se convierte en un recordatorio diario. Y, en casos así, transforma un error en identidad pública: “el autor que confundió la noche del pescaíto”.

 

No importa cuántas páginas tenga la novela. No importa cuántos capítulos emocionen. No importa si el resto de la ambientación está cuidada. A veces un detalle se come el conjunto porque es el detalle que una comunidad considera “sagrado”. Y Sevilla, con su Feria, tiene una relación muy seria con lo simbólico.

 

También hay otra capa: el contraste entre lo que la gente espera de un Premio Planeta y lo que la gente concede como margen de error. Cuando un libro lleva el sello de “ganador” y se coloca en el escaparate como gran novela del año, el lector siente —con razón o sin ella— que el listón debería estar más alto. Y entonces el fallo se interpreta no como un despiste humano, sino como una falta de cuidado.

 

Juan del Val, en su mea culpa, no se escondió tras excusas. No dijo “bueno, es ficción” como escudo. No dijo “hay distintas formas de vivir la Feria” para relativizar. Dijo: es un error, lo sé, pedí perdón. Ese tipo de aceptación suele desactivar polémicas… pero no desactiva el impulso humano de corregir.

 

Porque corregir también es una forma de pertenecer. Cuando alguien te escribe “en la noche del pescaíto no se va de flamenca”, no siempre está atacando. Muchas veces está diciendo: “esto es mío, esto lo vivo, esto lo conozco, esto me importa”. Y el acto de corregirte es, paradójicamente, una forma de tomarte en serio. Si no le importaras, no te escribirían. Si la Feria no les importara, tampoco.

 

El problema es que ese gesto, multiplicado por cientos o miles, deja de ser cariño y se convierte en ruido.

 

Por eso la petición de Juan del Val tiene un tono tan particular: no está pidiendo que la gente deje de saber. Está pidiendo que deje de recordárselo. Está intentando recuperar un poco de silencio. Y eso, dicho en un plató, mirando a cámara, tiene un efecto extraño: te hace sentir que lo estás viendo humano, no personaje.

 

En esa humanidad hay algo que engancha: un escritor que se equivoca en un detalle cultural, que lo reconoce, que lo paga en forma de mensajes diarios, que se arrodilla en una presentación para disculparse, y que acaba diciendo en televisión: basta, por favor.

 

Es fácil reírse, sí. Pero también es fácil imaginar lo que significa abrir Instagram o X y encontrarte el mismo comentario una y otra vez, incluso cuando ya has hecho lo que, en teoría, se pide para reparar un fallo: admitirlo y pedir perdón.

 

La parte más curiosa, además, es que el error tiene un magnetismo especial porque es muy visual. No es “confundió una fecha” o “citó mal una ley”. Es ver a dos protagonistas de flamenca en la noche en la que no toca. Es una imagen que la mente sevillana rechaza con reflejo automático. Y cuando un error es visual, se vuelve memeable, se vuelve contable en una frase, se vuelve fácil de compartir y de repetir.

 

De ahí que la corrección se convierta en estribillo social. Y de ahí que “20 mensajes al día” sea creíble: la gente repite lo que es fácil de repetir.

 

También es una lección silenciosa para cualquier creador: los detalles culturales no son decoración. Son estructura. Cuando escribes sobre un lugar, especialmente sobre un lugar con rituales tan fuertes, no estás describiendo un paisaje neutro. Estás entrando en una casa ajena. Y en las casas ajenas, aunque te inviten, hay normas que conviene respetar si no quieres acabar en la sobremesa con todos señalando tu metedura de pata.

 

Juan del Val lo ha vivido en carne propia. Y lo ha explicado con una mezcla de resignación y humor que, por cierto, es probablemente lo único que evita que el asunto escale. Porque si hubiera respondido con soberbia, la historia sería otra: no sería “autor reconoce fallo”, sería “autor desprecia tradición”. Y ahí sí que la cosa se le habría ido de las manos.

 

En cambio, eligió un camino más humano: sí, me equivoqué. Sí, lo sabía. Sí, se me coló. Sí, pedí perdón. Y sí, ahora me lo recordáis todos los días.

 

En el fondo, este episodio también refleja una verdad incómoda: hoy se exige perfección mientras se consume entretenimiento como quien cambia de canal. Y esa combinación es explosiva. La audiencia quiere autenticidad, pero castiga el fallo como si fuera un crimen. Quiere cercanía, pero usa esa cercanía para entrar en tu buzón sin tocar la puerta.

 

El resultado es lo que vimos en “La Roca”: un escritor pidiendo que lo dejen en paz… por una escena que no se puede borrar ya de la edición que está en la calle. “Ahí está el error para toda mi vida”, dijo. Y esa frase, más que melodrama, suena a aceptación de una condena moderna: lo impreso no cambia, pero lo comentado tampoco se olvida.

 

Lo irónico es que, probablemente, mucha gente que no tenía idea de qué era exactamente la noche del pescaíto ha terminado buscándolo, aprendiendo la diferencia y entendiendo un pedazo de la Feria por un error. Así funcionan estas historias: la metedura de pata ilumina una tradición. El enfado se convierte en explicación. La corrección se convierte en difusión cultural.

 

Y aun así, no deja de ser llamativo que un libro pueda ganar un premio, conquistar lectores, circular por todas partes… y que una de las conversaciones más ruidosas alrededor de él sea el color de un vestido en una escena.

 

Quizá porque, en tiempos de ruido, los detalles son el ancla. O porque, cuando la vida va acelerada, es más fácil indignarse por algo concreto que debatir una idea compleja. O porque Sevilla, cuando se reconoce en un espejo, no tolera que el espejo le cambie el traje.

 

Sea como sea, Juan del Val ya ha hecho lo único que podía hacer públicamente: reconocerlo otra vez, con todas las letras, frente a la cámara, y pedir que pare el goteo.

 

A partir de aquí, el balón está en el tejado de la audiencia. Y también, si se quiere mirar con calma, en el tejado de esa costumbre digital de confundir “tengo razón” con “tengo derecho a repetirlo infinitamente”.

 

La escena ya es parte del folclore televisivo reciente: un error “lamentable”, una noche emblemática, Sevilla al fondo como juez invisible, y un autor que, con una mezcla de cansancio y humor, dejó una frase final que vale como aviso para navegantes: “Por favor, no me enviéis más mensajes… porque yo ya lo sé”.