Así amenazó EEUU a ESPAÑA con arrebatarnos CANARIAS si no entrabamos en la OTAN.

 

 

Durante años, la historia oficial de la Transición española se ha contado como un proceso casi modélico, ordenado y pacífico.

 

Sin embargo, bajo esa superficie existieron tensiones geopolíticas, presiones internacionales y amenazas reales que condicionaron decisiones clave del nuevo Estado democrático.

 

Una de las más inquietantes, hoy recuperada por testimonios de protagonistas y documentos históricos, es la advertencia que recibió España a finales de los años setenta: o se integraba en la OTAN o se arriesgaba a perder las Islas Canarias, con el peligro añadido de una balcanización territorial alentada desde el exterior.

 

 

El contexto no podía ser más delicado. España acababa de salir de una dictadura de casi cuarenta años, Franco había muerto en noviembre de 1975 y el país se adentraba en una transición política llena de incertidumbres.

 

La economía sufría las consecuencias de la crisis del petróleo de 1973, el desempleo aumentaba y la estructura del Estado estaba aún por redefinir.

 

En ese escenario, Canarias se convirtió en un punto extremadamente vulnerable desde el punto de vista estratégico.

 

 

La advertencia inicial llegó de manera casi premonitoria. En 1975, Matías Vega Guerra, figura influyente del franquismo en Gran Canaria, alertó al entonces ministro de Gobernación, Manuel Fraga, de que Canarias podía convertirse para España, a finales del siglo XX, en lo que Cuba y Filipinas fueron a finales del XIX: territorios perdidos tras una guerra y una humillación internacional.

 

 

No era una exageración retórica. La descolonización del Sáhara Occidental, ejecutada de facto con los Acuerdos de Madrid, había eliminado el principal colchón de seguridad del archipiélago frente a un norte de África convertido en tablero de la Guerra Fría.

 

 

José Manuel Otero Novas, director general de Política Interior y posteriormente ministro de la Presidencia con Adolfo Suárez, fue enviado a las islas para evaluar la situación.

 

Lo que encontró fue una combinación explosiva: crisis económica, incertidumbre política, miedo al vacío de poder y una sensación de abandono tras la salida española del Sáhara. Desde Canarias, la distancia con Madrid se vivía no solo en kilómetros, sino en desconfianza.

 

 

En paralelo, las grandes potencias movían ficha. Estados Unidos apostaba decididamente por Marruecos como aliado estratégico para frenar la influencia de una Argelia prosoviética.

 

La Unión Soviética, por su parte, apoyaba movimientos de liberación y desestabilización en África.

 

En ese tablero, Canarias aparecía como una pieza codiciada por su posición estratégica en el Atlántico, clave para el control de rutas marítimas, aéreas y militares.

 

 

Es en este contexto donde emerge la figura de Antonio Cubillo. Abogado laboralista canario exiliado en Argel, Cubillo fundó el MPAIAC, un movimiento separatista africanista que defendía la independencia de Canarias.

 

 

Con el apoyo financiero y logístico de Argelia, el MPAIAC obtuvo una potente plataforma propagandística a través de Radio Argel y comenzó a realizar atentados con bombas caseras en Gran Canaria y Tenerife.

 

Aunque el apoyo social al independentismo era mínimo, el ruido mediático y la violencia generaron una sensación de inestabilidad que alarmó a Madrid.

 

 

Argelia fue un actor clave. Tras sentirse traicionada por España en el asunto del Sáhara, Argel interpretó la retirada española como un acto hostil y decidió utilizar Canarias como elemento de presión.

 

En 1977, durante una cumbre de la Organización para la Unidad Africana (OUA), Argelia reactivó el llamado “dossier Canarias”, calificando al archipiélago como una “colonia africana” y solicitando su descolonización ante Naciones Unidas.

 

La propuesta llegó a contar con apoyos dentro de la organización panafricanista, de clara orientación prosoviética.

 

 

Mientras tanto, Marruecos, aliado de Estados Unidos, se había retirado de la OUA y observaba con atención cualquier movimiento que afectara al equilibrio regional. Las tensiones se multiplicaban.

 

En Canarias, la mayoría de la población rechazaba abiertamente el separatismo, como quedó demostrado en las elecciones de 1977, donde la UCD obtuvo un respaldo abrumador. Sin embargo, la geopolítica no siempre atiende a la voluntad popular.

 

 

El clima se enrareció aún más con el accidente aéreo de Los Rodeos, en marzo de 1977.

 

Dos Boeing 747 colisionaron en la pista del aeropuerto de Tenerife Norte, causando 583 muertos, el peor accidente de la historia de la aviación.

 

La causa inmediata fue una cadena de errores humanos y técnicos, pero el detonante fue el cierre del aeropuerto de Gran Canaria tras una amenaza de bomba del MPAIAC.

 

Aquella tragedia colocó definitivamente a Canarias en el radar de los servicios de inteligencia internacionales.

 

 

Estados Unidos y la Unión Soviética intensificaron su actividad en las islas. Hubo detenciones discretas, expulsiones de personal soviético y desmantelamiento de sistemas de comunicación.

 

Canarias se convirtió, silenciosamente, en un escenario secundario pero crucial de la Guerra Fría.

 

En ese clima, surgió una oferta del Ministerio de Pesca soviético para invertir una suma millonaria en la reparación de su flota en Las Palmas.

 

El interés obsesivo que despertó ese acuerdo entre senadores estadounidenses dejó claro que Washington no estaba dispuesto a permitir una presencia soviética relevante en el archipiélago.

 

 

Es entonces cuando aparece la supuesta amenaza más grave. Según el testimonio de Otero Novas, a finales de marzo de 1978 llegaron a España mensajes informales procedentes de Estados Unidos con un significado inequívoco: o España entraba en la OTAN o corría el riesgo de perder Canarias.

 

 

No se trataba de una amenaza pública ni diplomática, sino de advertencias transmitidas por canales opacos, en un lenguaje propio del espionaje y la presión estratégica.

 

Incluso se insinuó la posibilidad de que el MPAIAC accediera a armamento de gran capacidad, lo que habría convertido el conflicto en algo mucho más peligroso.

 

 

Adolfo Suárez comprendió la gravedad del dilema. España estaba redactando su Constitución, con amplios sectores de la izquierda frontalmente opuestos a la OTAN.

 

Al mismo tiempo, la URSS presionaba en sentido contrario. El embajador soviético llegó a transmitir personalmente a Suárez un mensaje de Moscú pidiéndole que España no ingresara en la Alianza Atlántica para no alterar el equilibrio mundial.

 

La joven democracia española se encontraba atrapada entre dos superpotencias.

 

 

La respuesta de Suárez fue calculada. Comunicó a Estados Unidos que España entraría en la OTAN, pero en su momento.

 

Paralelamente, Marcelino Oreja, ministro de Exteriores y declarado atlantista, comenzó a posicionarse públicamente a favor del ingreso, rompiendo el consenso tácito de mantener el asunto fuera del debate constitucional. El mensaje había sido enviado.

 

 

Poco después, en abril de 1978, Antonio Cubillo fue brutalmente acuchillado en Argel por dos mercenarios. Sobrevivió, pero quedó gravemente incapacitado.

 

Años más tarde, la Audiencia Nacional determinó que el atentado había sido organizado por policías españoles, aunque la responsabilidad política nunca quedó plenamente esclarecida.

 

Cubillo acabaría recibiendo una indemnización como víctima del terrorismo. Su figura quedó políticamente neutralizada y el MPAIAC entró en declive.

 

 

En octubre de 1978, España adoptó oficialmente una posición de neutralidad sobre el Sáhara ante la ONU, iniciando una política africana más prudente.

 

La amenaza sobre Canarias se fue diluyendo, y el proceso constitucional siguió adelante hasta la aprobación de la Constitución en diciembre de ese mismo año.

 

El ingreso en la OTAN se produciría finalmente en 1982, ya con Felipe González en el poder, y sería refrendado en el referéndum de 1986.

 

 

Hoy, con la perspectiva del tiempo, estos hechos obligan a revisar el relato simplificado de la Transición.

 

Canarias no fue solo una región periférica, sino una pieza central en una partida global donde se cruzaron intereses militares, energéticos y estratégicos.

 

La supuesta amenaza de balcanización no fue un delirio conspirativo, sino una posibilidad contemplada en los cálculos de las grandes potencias.

 

 

Comprender este episodio permite entender mejor por qué España tomó determinadas decisiones clave en política exterior y por qué la cuestión territorial ha estado siempre ligada a factores internacionales.

 

Canarias, lejos de ser un escenario marginal, fue uno de los puntos donde la joven democracia española se jugó su integridad territorial y su alineamiento estratégico. Una historia incómoda, pero esencial para entender el presente.