Los PODEMITAS PIERDEN el RELATO de BADALONA y SE VUELVEN LOCOS.
En las últimas semanas, Badalona se ha convertido en uno de los principales escenarios donde se cruzan tres debates que hoy atraviesan la política española: la seguridad y la convivencia en los barrios populares, la gestión del fenómeno migratorio y la estrategia comunicativa de la izquierda ante el avance electoral de la derecha y la ultraderecha.
Lo ocurrido en programas de Televisión Española, en redes sociales y en los discursos de determinados portavoces políticos no es un episodio aislado, sino el síntoma de una fractura más profunda entre relato ideológico y percepción social.
Todo estalla a partir de un contexto concreto y verificable. Badalona es una de las ciudades del área metropolitana de Barcelona donde el Partido Popular, con Xavier García Albiol al frente, ha logrado mayor respaldo electoral en los últimos años.
Ese apoyo no surge en el vacío. Distintos estudios sociológicos y resultados electorales muestran que buena parte de la clase trabajadora del municipio, tradicionalmente vinculada al PSC o al PSOE, ha ido desplazando su voto hacia Albiol, fundamentalmente por cuestiones relacionadas con la seguridad, la ocupación ilegal de viviendas y el deterioro del espacio público en determinados barrios.
En paralelo, desde sectores de la izquierda política y mediática se ha instalado un discurso que interpreta ese giro electoral casi exclusivamente como el resultado del racismo, la xenofobia o la manipulación de la ultraderecha.
Esa interpretación, repetida de forma insistente, ha sido llevada recientemente a programas de RTVE y a espacios de debate donde se ha llegado a describir a una parte importante de los vecinos de Badalona no como ciudadanos preocupados por su entorno, sino como “criminales racistas” o como parte de un “grupúsculo fascista”.
Este lenguaje no surge de la nada. Se inscribe en una línea estratégica defendida abiertamente por dirigentes históricos de Podemos, como Pablo Iglesias, quien ha hablado en varias ocasiones de la necesidad de una “lucha ideológica sin cuartel” frente a la derecha y la ultraderecha.
En la práctica, esa lucha se traduce en una polarización extrema del lenguaje político, en la que los matices desaparecen y la realidad social se divide en bloques morales cerrados: de un lado, quienes representan el bien, la solidaridad y el progreso; del otro, quienes encarnan el mal, el odio y la reacción.
El problema, como señalan cada vez más analistas y expertos en comunicación política, es que ese marco discursivo no solo no convence a los sectores a los que pretende interpelar, sino que genera un efecto contrario.
Cuando una familia trabajadora que lleva años viviendo en un barrio afectado por ocupaciones conflictivas, por peleas, por delitos o por una sensación creciente de inseguridad escucha en la televisión pública que sus preocupaciones son “racistas” o “fascistas”, lo que percibe no es empatía, sino desprecio.
Este choque se hizo especialmente visible en un debate televisivo en RTVE donde, partiendo de una noticia aparentemente menor —la actuación de un grupo católico cantando villancicos en la Puerta del Sol— se acabó derivando hacia Badalona, Albiol y la supuesta connivencia entre vecinos, catolicismo conservador y extrema derecha.
El tono empleado, lejos de ser informativo o analítico, fue interpretado por muchos espectadores como moralizante y acusatorio.
Aquí aparece otro elemento clave: el papel de la televisión pública. RTVE no es un medio privado con una línea editorial explícita, sino un servicio financiado con dinero público que debería aspirar a representar la pluralidad social y política del país.
Cuando una parte significativa de la audiencia percibe que determinados programas actúan como altavoz de una visión ideológica concreta, el desgaste de la credibilidad institucional es inevitable.
No se trata de censurar opiniones, sino de preguntarse si el tono, los enfoques y la selección de tertulianos reflejan realmente la diversidad social existente.
En Badalona, la distancia entre el relato mediático y la experiencia cotidiana es especialmente evidente.
Datos oficiales del Ministerio del Interior y de los Mossos d’Esquadra muestran que en algunos barrios se han producido incrementos de determinados delitos en los últimos años.
A esto se suman conflictos derivados de ocupaciones ilegales, algunos de ellos judicializados, que afectan directamente a la convivencia vecinal. Ignorar estos hechos o reducirlos a una construcción “fascista” no los hace desaparecer.
Por el contrario, ese enfoque ha tenido consecuencias políticas claras.
Las elecciones municipales y autonómicas han demostrado que muchos votantes que antes se identificaban con la izquierda han optado por apoyar opciones conservadoras o directamente a Vox.
No porque hayan abrazado de repente una ideología extrema, sino porque sienten que nadie escucha sus problemas reales.
Cuando el debate público se centra más en etiquetar moralmente a los ciudadanos que en ofrecer soluciones concretas, el espacio queda libre para discursos más simples y contundentes.
Otro aspecto relevante es la personalización del discurso progresista en perfiles muy concretos, especialmente en redes sociales y en televisión.
Activistas, comunicadores y tertulianos que acumulan un fuerte capital simbólico dentro de determinados círculos ideológicos se convierten en referentes mediáticos, pero generan un rechazo notable fuera de esos entornos.
No es casual que estudios recientes sobre comunicación política digital señalen que los mensajes que buscan deliberadamente “molestar” o “provocar” pueden movilizar a una minoría muy activa, pero alienan a una mayoría silenciosa.
En este sentido, el debate no es solo político, sino también comunicativo.
El paso del consumo mediático tradicional al consumo a través del móvil y las redes ha cambiado las reglas del juego.
Un mensaje que en un periódico pasaría desapercibido, en un vídeo viral o en un clip televisivo puede generar rechazo inmediato.
La sensación de interpelación directa, de acusación personal, provoca una reacción emocional que condiciona la percepción política a largo plazo.
La izquierda española parece atrapada en una paradoja. Por un lado, denuncia el auge del conservadurismo y de la ultraderecha; por otro, mantiene estrategias discursivas que, según numerosos analistas, contribuyen a ese mismo auge.
Al convertir cualquier crítica a las políticas migratorias, a la ocupación o a la inseguridad en una prueba de “fascismo”, se empuja a muchos ciudadanos hacia opciones que prometen respuestas simples y directas, aunque sean problemáticas.
Badalona funciona así como un laboratorio político. Allí se observa cómo una narrativa construida desde despachos, platós y redes sociales choca frontalmente con la realidad de los barrios.
Mientras unos hablan de “tensión vecinal” como si fuera una invención ideológica, otros viven esa tensión en su día a día.
Mientras unos reducen el conflicto a una lucha entre buenos y malos, otros piden soluciones prácticas que no llegan.
Este desfase tiene también implicaciones institucionales. Cuando representantes políticos o mediáticos cuestionan abiertamente la legitimidad de una mayoría social, negándole incluso la condición de “vecinos”, se erosiona uno de los pilares básicos de la democracia: el reconocimiento del otro como ciudadano con derechos, incluso cuando piensa distinto.
La deshumanización del adversario, aunque se haga en nombre de valores progresistas, termina teniendo efectos profundamente regresivos.
En el trasfondo de todo esto aparece una cuestión incómoda para la izquierda: la dificultad para articular un proyecto que combine solidaridad, orden y bienestar material.
Durante años, el discurso progresista ha puesto el acento en los derechos, la diversidad y la inclusión, pero ha dejado en segundo plano problemas muy concretos que afectan de forma desproporcionada a las clases populares: el acceso a la vivienda, la seguridad en los barrios, la presión sobre los servicios públicos.
Cuando estos problemas no se abordan de manera eficaz, otros actores lo hacen, aunque sea desde enfoques simplistas o punitivos.
El éxito electoral de Albiol en Badalona no se explica solo por su retórica dura, sino por una estrategia de proximidad, de presencia constante en la calle y de identificación con las preocupaciones vecinales.
Esto no lo convierte automáticamente en un modelo ideal, pero sí obliga a preguntarse por qué ese mensaje conecta donde otros fracasan.
En definitiva, lo ocurrido en Badalona y su reflejo en RTVE no es una anécdota, sino un síntoma.
Un síntoma de una izquierda que, en lugar de revisar sus estrategias, redobla una “guerra cultural” que cada vez convence a menos gente.
Un síntoma de una televisión pública que camina por una línea cada vez más fina entre el debate legítimo y la percepción de militancia ideológica.
Y, sobre todo, un síntoma de una sociedad cansada de ser reducida a caricaturas morales.
Si algo muestran los datos electorales, las encuestas y el pulso social es que la mayoría de los ciudadanos no se reconocen en los extremos del relato.
No se ven a sí mismos como héroes antifascistas ni como villanos racistas. Son vecinos que quieren vivir tranquilos, llegar a fin de mes y sentir que las instituciones los protegen.
Ignorar esta realidad no solo es un error político: es una renuncia a comprender el país tal y como es, no como algunos querrían que fuera.
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