Óscar Puente se acuerda de Zapatero para reaccionar al vínculo de Aznar con Epstein y el enfado en el PP: “Ni que hubiéramos dicho”.

 

 

El ministro ha rescatado la polémica y ha denunciado lo que considera un doble rasero al comparar las informaciones sobre ambos casos.

 

 

 

El ministro de transportes, Óscar Puente, se ha pronunciado en su perfil oficial de X tras las amenazas legales de José María Aznar.

 

Hay polémicas que se apagan en cuestión de horas. Y hay otras que, aunque parezcan enterradas bajo capas de comunicados oficiales y aclaraciones formales, regresan con más fuerza cuando alguien decide reavivarlas con una frase afilada.

 

Esta vez no fue una rueda de prensa solemne ni una declaración institucional. Fue un mensaje en X. Un comentario cargado de ironía que volvió a colocar en el centro del debate a tres expresidentes, una fundación política, unos documentos desclasificados en Estados Unidos y una amenaza de acciones judiciales.

 

La política española, una vez más, convertida en campo de batalla simbólico.

 

El detonante fue un comunicado de la fundación FAES, vinculada al expresidente del Gobierno José María Aznar. En esa nota, la entidad advertía de que Aznar no tendría “ningún problema” en acudir a los tribunales si desde el Ejecutivo se le seguía relacionando con el financiero estadounidense Jeffrey Epstein, condenado por delitos sexuales y cuyo caso desató uno de los mayores escándalos internacionales de la última década.

 

La respuesta no tardó en llegar. Y fue Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, quien decidió contestar públicamente.

 

“¡¡¡Ni que hubiéramos dicho que pertenece al cartel de los soles!!! Ah no, que eso es lo que dicen ellos de ZP”, escribió en su perfil oficial.

 

Una frase breve, pero explosiva.

 

El contexto importa. Días antes, durante una sesión de control en el Congreso, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, mencionó que el nombre de Aznar figuraba en los llamados “papeles de Epstein”, aunque matizó que no acudía a la Cámara “a traer acusaciones”.

La referencia fue suficiente para que desde el entorno del expresidente se considerara inaceptable cualquier insinuación de implicación en actividades ilícitas.

¿De qué documentos estamos hablando?

Los archivos en cuestión fueron publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos dentro del proceso judicial vinculado a Jeffrey Epstein.

En esos documentos aparecen numerosos nombres de empresarios, políticos, académicos y personalidades internacionales mencionados en correos electrónicos, registros de contacto o anotaciones administrativas.

En el caso de Aznar, su nombre figura en un correo electrónico de 2015 en el que un interlocutor hacía referencia a una reunión con una fundación vinculada al expresidente. También aparece en registros administrativos y envíos.

Es importante subrayar un hecho clave: figurar en esos documentos no implica automáticamente responsabilidad penal ni participación en actividades ilícitas. De hecho, el entorno de Aznar aseguró desde el primer momento que el expresidente no conocía a Epstein y que desconocían el origen concreto de esas menciones.

Sin embargo, en el terreno político, la mera aparición de un nombre en un archivo de alto impacto mediático puede convertirse en munición.

Y ahí es donde entra la ironía de Puente.

La comparación con el “Cártel de los Soles”

La frase del ministro no fue casual. Al aludir al llamado “Cártel de los Soles”, Puente evocó las acusaciones que durante años determinados sectores de la derecha han lanzado contra el también expresidente José Luis Rodríguez Zapatero.

En concreto, algunas organizaciones y dirigentes han tratado de vincular a Zapatero con el régimen venezolano y con supuestas tramas de narcotráfico asociadas a esa estructura, cuya existencia y funcionamiento han sido objeto de fuerte controversia en el ámbito internacional.

Una de las iniciativas más sonadas fue la querella presentada por la asociación HazteOir ante la Audiencia Nacional, en la que se atribuían a Zapatero delitos como tráfico de drogas, blanqueo de capitales y pertenencia a organización criminal. Esas acusaciones no prosperaron judicialmente, pero alimentaron el debate público y la confrontación política.

Con su mensaje, Puente buscó evidenciar lo que considera una doble vara de medir: la indignación ante menciones documentales que no implican delito frente a la difusión reiterada de acusaciones graves sin respaldo judicial contra otro expresidente.

La política del espejo

Lo que subyace en este cruce no es solo una disputa puntual. Es una dinámica más profunda que atraviesa la política española: la utilización estratégica de insinuaciones, documentos parciales y titulares internacionales como armas arrojadizas.

En un contexto de polarización creciente, cada bloque acusa al otro de cruzar líneas éticas. La derecha denuncia insinuaciones que, a su juicio, buscan dañar reputaciones sin pruebas. La izquierda responde señalando campañas de descrédito basadas en teorías o denuncias que no han sido avaladas por tribunales.

El resultado es un clima donde la amenaza de acciones legales se convierte en herramienta habitual de defensa política.

FAES fue contundente en su comunicado: si se seguía sugiriendo cualquier implicación ilícita, acudirían a la vía judicial. El mensaje buscaba marcar un límite claro.

Puente, por su parte, eligió no rebajar el tono. Optó por el sarcasmo. Y en la era digital, el sarcasmo viaja más rápido que cualquier nota oficial.

Epstein, un nombre que sigue pesando

El caso Jeffrey Epstein continúa siendo una sombra internacional. El financiero fue detenido en 2019 acusado de tráfico sexual de menores y murió en prisión en circunstancias que generaron teorías y controversias. Su red de contactos incluía figuras influyentes de múltiples países, lo que dio lugar a años de especulaciones y revelaciones documentales.

Los archivos publicados por la justicia estadounidense han ido saliendo a la luz de forma progresiva, alimentando titulares en distintos lugares del mundo. En muchos casos, la aparición de un nombre ha generado ruido político sin que necesariamente exista imputación formal.

En España, el impacto ha sido desigual. Pero cada vez que el asunto reaparece en el Congreso o en redes sociales, vuelve a abrir un frente.

El factor reputacional

Para un expresidente del Gobierno, la reputación internacional es un activo central. Cualquier insinuación que lo vincule —aunque sea indirectamente— con un escándalo global de explotación sexual resulta especialmente sensible.

De ahí la reacción rápida y la advertencia de acciones legales.

En el otro lado, el Ejecutivo sostiene que recordar la existencia de documentos oficiales no equivale a formular acusaciones. La línea entre información y insinuación es fina, y precisamente por eso el debate se vuelve tan intenso.

La guerra narrativa continúa

Más allá del episodio concreto, lo ocurrido refleja el estado actual de la conversación política en España. No se discuten únicamente políticas públicas o cifras económicas. Se disputan relatos. Se confrontan marcos morales.

Cada bloque busca mostrar al otro como incoherente: unos denuncian campañas de desprestigio; otros señalan hipocresías y dobles estándares.

En este escenario, las redes sociales funcionan como amplificador. Un mensaje de pocas palabras puede eclipsar páginas enteras de argumentación jurídica.

¿Habrá consecuencias legales? Está por ver. Las advertencias están sobre la mesa. Pero, mientras tanto, el intercambio ya ha cumplido su función política: movilizar a los propios, incomodar al adversario y dominar la agenda informativa durante varios días.

Lo que queda claro es que el nombre de Epstein sigue siendo dinamita mediática. Y que, en la política española actual, cualquier chispa puede reactivar un incendio latente.

La pregunta de fondo no es solo si alguien acudirá a los tribunales. Es otra más amplia: ¿hasta qué punto la confrontación permanente está sustituyendo al debate sustantivo?

Porque cuando la política se convierte en una sucesión de ironías, amenazas y acusaciones cruzadas, el riesgo es que el ciudadano pierda de vista lo esencial.

Y, sin embargo, el espectáculo continúa.