Ramón Espinar va más lejos que nadie con su reacción al comentado tuit de Sánchez sobre Venezuela.
Acumula miles de respuestas.

En medio del ruido ensordecedor que rodea a la crisis venezolana tras la intervención militar de Estados Unidos y la detención de Nicolás Maduro, una frase breve publicada desde Madrid ha logrado atravesar fronteras, idiomas y trincheras ideológicas.
No ha sido un comunicado solemne ni una comparecencia institucional, sino un tuit del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que ha colocado a España en el centro de un debate internacional incómodo, complejo y profundamente polarizado.
“España no reconoció al régimen de Maduro. Pero tampoco reconocerá una intervención que viola el derecho internacional y empuja a la región a un horizonte de incertidumbre y belicismo”.
Con esas dos frases, Sánchez dejó clara una posición que muchos consideraban casi imposible de sostener en el actual contexto geopolítico: condenar la dictadura chavista sin avalar una acción militar extranjera que rompe las reglas básicas del orden internacional.
El mensaje no se quedó en la crítica. El presidente español añadió un llamamiento directo “a todos los actores” para que piensen en la población civil, respeten la Carta de Naciones Unidas y articulen “una transición justa y dialogada”.
En un escenario dominado por discursos de fuerza, vencedores y derrotados, la apelación al derecho internacional y a la diplomacia sonó, para algunos, a ingenuidad; para otros, a una rara muestra de coherencia política.
La intervención de Espinar no se entiende sin el contexto previo. Durante años, el debate sobre Venezuela en España ha estado contaminado por la política interna.
Cualquier posicionamiento era utilizado como arma arrojadiza entre partidos. Reconocer o no a Juan Guaidó, condenar o no a Maduro, hablar o no de sanciones… todo se convertía en un campo de batalla doméstico.
El mensaje de Sánchez, sin embargo, rompía esa dinámica al situarse en un plano estrictamente internacional y jurídico.
Ese giro explica por qué la reacción más llamativa no vino solo de dentro de España, sino de fuera. Analistas, periodistas y expertos en relaciones internacionales de distintos países comenzaron a citar el tuit del presidente español como referencia.
No por su tono, sino por su contenido. En un momento en el que muchos líderes europeos optaban por el silencio, la ambigüedad o el alineamiento automático con Washington, España se desmarcaba con un mensaje incómodo pero claro.
La reacción fue inmediata y masiva. En pocas horas, el tuit superó los 84.000 “me gusta” y acumuló más de 12.000 respuestas.
Un termómetro perfecto de hasta qué punto Venezuela sigue siendo una herida abierta no solo en América Latina, sino también en Europa.
Entre ese aluvión de comentarios, destacó uno que empezó a circular con fuerza propia: el del exsenador de Podemos y exdiputado en la Asamblea de Madrid, Ramón Espinar.
“España, una vez más, haciéndolo bien en un contexto internacional imposible. Tenemos el mejor Gobierno de Europa”. Dos frases, sin matices ni rodeos, que condensaban una lectura clara del momento.
Espinar no hablaba solo como exdirigente político, sino como analista habitual en programas de debate, acostumbrado a medir el impacto de cada gesto.
Su reacción fue compartida miles de veces y generó cientos de comentarios, tanto de apoyo como de crítica, pero logró algo clave: reforzar la idea de que la postura del Gobierno español no era una anomalía, sino una decisión consciente.
Uno de los nombres que más resonó fue el de Bruno Maçães, geopolítico portugués, escritor y exsecretario de Estado para Asuntos Europeos.
En su respuesta pública, destacó que Pedro Sánchez era “el único político europeo que no está paralizado por el miedo”.
La frase no pasó desapercibida. Venía de alguien que conoce desde dentro los equilibrios de poder en Bruselas y que sabe hasta qué punto la presión estadounidense condiciona muchas decisiones europeas.
Aún más impacto tuvo la valoración de Nathalie Tocci, politóloga italiana de referencia, directora del Istituto Affari Internazionali y profesora en la Universidad Johns Hopkins.
Tocci fue directa y contundente al definir a Sánchez como “la brújula moral de Europa”.
Cinco palabras que, en el contexto actual, pesan como una losa para otros líderes del continente. No se trataba de un elogio personal, sino de una constatación política: alguien estaba recordando que el derecho internacional no es opcional.
El eco del mensaje español llegó incluso a convertirse en munición política en otros países.
Un ejemplo revelador fue la reacción de usuarios franceses al comunicado de Emmanuel Macron.
El presidente de la República Francesa había condenado a Maduro y expresado su deseo de una transición democrática liderada por Edmundo González Urrutia, pero sin cuestionar de forma clara la intervención militar estadounidense.
Para muchos, ese matiz marcaba una diferencia esencial.
Un usuario respondió directamente a Macron citando el tuit de Pedro Sánchez y calificando el mensaje del líder francés de “vergonzoso”.
“Esto es lo que dice un verdadero líder”, escribió, en referencia al presidente español.
No era un comentario aislado. Reflejaba un malestar creciente en sectores de la opinión pública europea que perciben una falta de autonomía moral en sus gobiernos cuando se trata de política exterior.
La reacción de Ramón Espinar, en ese contexto, cobra un significado más profundo.
No es solo un respaldo partidista. Es la expresión de una corriente que defiende que la coherencia democrática no puede depender de quién ejerza la fuerza, sino de cómo se ejerce.
Espinar, que ha sido crítico con muchas decisiones del Ejecutivo en el pasado, eligió este momento para subrayar que, frente a la lógica del “todo vale”, España estaba marcando una línea roja.
Ese posicionamiento no está exento de riesgos. Defender el derecho internacional cuando se trata de Venezuela implica enfrentarse a acusaciones de tibieza, de complicidad o incluso de hipocresía.
Las respuestas al tuit de Sánchez lo demostraron: miles de usuarios le reprocharon no celebrar la caída de Maduro sin matices, otros le exigieron condenar con más dureza a Estados Unidos. La polarización fue total.
Sin embargo, precisamente en esa incomodidad reside el valor político del mensaje. Sánchez no intentó contentar a todos.
Eligió una posición que incomoda tanto a los defensores acríticos de la intervención militar como a quienes durante años miraron hacia otro lado ante los abusos del chavismo. Esa equidistancia no es neutralidad, es una apuesta por reglas claras.
Para España, además, hay un componente histórico y humano que no se puede ignorar. Miles de venezolanos residen en el país, muchos de ellos exiliados por razones políticas o económicas.
La estabilidad de Venezuela no es un asunto lejano, sino una cuestión que afecta directamente a la sociedad española. De ahí que el llamamiento a pensar en la población civil no sea una fórmula vacía, sino una necesidad urgente.
El debate abierto por el tuit de Sánchez y amplificado por reacciones como la de Ramón Espinar pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué tipo de orden internacional queremos defender? Uno basado en la fuerza del más poderoso o uno sustentado, aunque sea de forma imperfecta, en normas compartidas. La respuesta no es sencilla, pero el mensaje español ha obligado a muchos a posicionarse.
En un momento en el que la política internacional parece avanzar a golpe de ultimátum y operaciones militares, la defensa del derecho internacional suena casi contracultural.
Por eso ha generado tanto ruido. Porque recuerda algo que muchos preferirían olvidar: que la legitimidad no se construye solo con la caída de un dictador, sino con el respeto a principios que valen incluso cuando resultan incómodos.
Ramón Espinar resumió esa idea en dos frases que, más allá de simpatías partidistas, captaron el sentir de una parte importante de la opinión pública progresista europea.
España, por una vez, no seguía la corriente dominante. Y en un “contexto internacional imposible”, como él mismo lo definió, eso puede ser tanto una debilidad como una fortaleza.
Lo que está claro es que el mensaje de Pedro Sánchez ha trascendido el marco nacional y ha colocado a España en una conversación global sobre legalidad, soberanía y democracia.
Que esa conversación sea incómoda no la hace menos necesaria. Al contrario: quizá sea precisamente lo que faltaba en un debate dominado por consignas simples y soluciones rápidas para problemas profundamente complejos.
La crisis venezolana continúa abierta y su desenlace es incierto. Pero, en medio de la tormenta, una cosa ha quedado clara: las palabras importan.
Y cuando un tuit es capaz de generar elogios internacionales, críticas feroces y debates cruzados en varios países, es señal de que ha tocado una fibra sensible.
España, con todas sus contradicciones, ha decidido hablar. Y esa decisión, para muchos, ya es en sí misma un acto político de primer orden.

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